sábado, 20 de febrero de 2021

"IDEOLOGÍA DE GÉNERO" Y DISCURSO DEL ODIO

 


En los últimos días, la Policía de Investigaciones dió cuenta que había identificado al autor de un video juego que incitaba a asesinar a Daniela Vega, Rafael Cavada, el colectivo Las Tesis, integrantes de la “primera línea”, el perro “negro matapacos”, entre otros.

 

Según cita la prensa “El autor reconoció estar en contra de la “ideología de género” (las comillas son nuestras) y de la postura política del comunicador”.

 

Crímenes bestiales por la postura política tuvimos durante los 17 años de dictadura, sin perjuicio que antes ya habíamos tenido experiencias horrorosas, como las masacres de la Escuela Santa María o Ranquil, por recordar sólo las más masivas. En los últimos años hemos tomado conciencia del asesinato de numerosas personas por su condición sexual, siendo el de Daniel Zamudio probablemente el más conocido, y sin lugar a dudas uno de los más deleznables cometidos en por esa razón en nuestro país.

 

Es precisamente esta realidad la que nos obliga a preguntarnos ¿Qué puede hacer que desconocidos torturen y asesinen a alguien por su condición política o sexual?

 

Por supuesto que para cada caso en particular pueden ser múltiples los factores significativos que se asocian a la preparación y desencadenamiento de cada delito, pero como fenómeno social hay un elemento común, la existencia de un “discurso del odio”, esto es, un contenido que manifiesta hostilidad, repugnancia, desprecio hacia un determinado colectivo, a cuyos integrantes no les reconoce igual condición humana, igual dignidad, frente a los cuales se siente claramente superior. El discurso del odio estigmatiza y denigra. Sus víctimas no lo son por ser determinadas personas, sino simplemente por pertenecer a un colectivo determinado (transexuales, homosexuales, inmigrantes, judíos, comunistas, etc….). En ese discurso la víctima es absolutamente intercambiable, basta que pertenezca al colectivo agredido.

Dicho discurso puede poseer motivaciones diversas.

 

Defendiendo los intereses del imperialismo norteamericano y de la oligarquía nacional, el principal discurso del odio difundido por la dictadura cívico militar encabezada por Pinochet fue el anticomunismo, que en esa época tomaba la forma de Doctrina de la Seguridad Nacional. Elaborada -¡cómo no!- en los Estados Unidos, como consecuencia del exitoso movimiento guerrillero que llevó a Fidel Castro al poder, su principal postulado señalaba que las democracias occidentales estaban amenazadas no sólo por los enemigos externos, sino también por un “enemigo interno”, al que los militares debían exterminar.

 

Contra las personas transgéneros, -el caso de Daniela Vega-, homosexuales –el caso emblemático de Daniel Zamudio, y en general, contra todos quienes participan de la diversidad sexual, y/o manifiesten postulados feministas, el principal discurso del odio es la “ideología de género”.

 

Y aclaremos de inmediato lo señalado.

 

Durante siglos, sexo y género se entendieron prácticamente como sinónimos. Durante la segunda mitad del siglo XX sin embargo, y desde diferentes disciplinas científicas, especialmente historia, antropología, sociología y psicología, se fue poniendo de manifiesto la existencia de una realidad social que se manifestaba en todos los ámbitos, laboral, político, económico, educacional, familiar, sexual, entre otros y que constituía una desigualdad brutal contra las mujeres. A partir de esta realidad, y de diferentes discursos filosóficos y políticos que la denuncian, se van perfilando conceptos que permiten, desde una perspectiva científica, comprender mejor esa situación, y sobre todo, luchar por cambiarla por una sociedad igualitaria. Esta es precisamente la idea central de todo “feminismo”.

 

Es así, como sexo y género van diferenciándose, refiriéndose el primero en lo esencial a las características y diferencias biológicas, anatómicas y fisiológicas que distinguen a un hombre de una mujer, y el género, también en lo esencial, al conjunto de ideas, creencias y atribuciones que una cultura determinada y en momento histórico preciso posee sobre los roles propios de hombres y mujeres. Así por ejemplo, es un tema de género –y no de sexo- el menor sueldo que en nuestro país reciben las mujeres frente a los hombres, aun cuando realicen el mismo trabajo, o el muy diferente rol que se les exige en relación con el cuidado de los niños o las labores domésticas. Por su parte, el enfoque o perspectiva de género es aquel punto de vista, que al analizar una situación determinada, considera precisamente los diferentes roles y las diversas oportunidades que tienen hombres o mujeres.

 

Por supuesto que esta toma de conciencia de la brutal discriminación en perjuicio de la mujer con que opera nuestra sociedad – y en general todo el mundo occidental- ha ido acompañado de una verdadera lucha social, política e ideológica por lograr un reconocimiento a sus derechos y de una mayor igualdad.

 

Esta mejor comprensión de una realidad mucho más compleja de lo que aparecía en un primer momento, se fue cruzando también con una mejor comprensión de la diversidad sexual existente, minoría aún más explotada que las propias mujeres, y así, ha resultado que, con frecuencia, luchas feministas por el reconocimiento y respeto a las mujeres, vayan de la mano con luchas por el reconocimiento y respeto a la diversidad sexual.

                         Te puede interesar El bus de la libertad y el discurso del odio

Producto de estas luchas, en nuestro país se eliminó –al menos parcialmente- el delito de sodomía, se promulgaron las leyes como las de divorcio, de Acuerdo de Unión Civil, de aborto en tres causales, la que establece medidas contra la discriminación. Y la verdadera “insurgencia feminista”, producida a partir de mayo del 2018 en nuestro país, ha generado cambios significativos en la mentalidad de muchos chilenos, y es así como temas como el aborto libre, o la adopción homo parental, que hasta un tiempo atrás habrían sido impensables siquiera de proponer, hoy están en el debate público y ganan adeptos.

 

Pero así como el triunfo del proyecto político de la Unidad Popular recibió el activo rechazo del imperialismo norteamericano y la oligarquía nacional, el triunfo de ideas feministas y de respeto a la diversidad sexual también ha sido rechazado activamente por quienes ven desvanecerse sus antiguas ideas, y sienten la pérdida de poder que eso va significando.

 

La principal reacción contra el feminismo, y lo que ha venido junto a él, se dio luego de la Cuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer, que tuvo lugar en Beijing en 1995. Aquella reunión constituyó un hito relevante en la búsqueda de la igualdad hombre – mujer, produciéndose un verdadero punto de inflexión en las propuestas de políticas públicas sobre el tema.

 

Ante esta nueva realidad, quienes más afectados se consideran, los defensores de la moral conservadora tradicional, elaboran una nueva estrategia, para continuar defendiendo la penalización de aborto, la condena a la homosexualidad y en general la diversidad sexual, el matrimonio sólo entre un hombre y una mujer, el rechazo a la adopción homo parental, y esta es,… la creación de la supuesta “ideología de género”.

 

Por ello, a diferencia de lo que suelen afirmar los llamados grupos “pro vida”, y otras agrupaciones anti derechos de las mujeres y de la diversidad sexual, la expresión “ideología de género”, con clara connotación despectiva, no surge desde el feminismo, sino desde el Vaticano, como una estrategia discursiva para enfrentar precisamente los logros alcanzados en la Cuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer en Beijing. Tal como lo ha señalado Karina Bárcenas, investigadora del Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), la llamada “ideología de género” es una construcción ideológica de origen religioso, diseñada desde el Vaticano, como una estrategia de desinformación, que se emplea especialmente en redes sociales, pero también en artículos y libros, y entre grupos de la sociedad civil, para popularizar un discurso que va en contra de derechos de mujeres y de la comunidad LGBTI+.

 

Este verdadero discurso del odio, como por lo demás lo refleja claramente el caso que comentamos, en el que se descalifica, menosprecia, desvaloriza al otro, y que puede incluso llegara a incitar al asesinato, se construye esencialmente sobre la base de mentiras y verdades a medias. Por un lado identifican la moral conservadora tradicional, la de ellos, como propia del orden “natural”, y las propuestas feministas y de reconocimiento y dignificación de la diversidad sexual, como “anti natural” y con objetivos propias de perversión, especialmente de los niños, pedofilia, destrucción de la familia, entre otros antivalores. En el paroxismo de la irracionalidad, frente a un fenómeno prácticamente universal, no faltan los que manifiestan que todo esto es obra del “neo marxismo”.

 

Como en todo discurso del odio, esta campaña publicitaria, que por lo demás lo que hace es combatir la igualdad que significa valorar a la mujer y a la diversidad sexual, no es sólo una afrenta, un insulto a todos a todos los seres humanos, sino además una postura canallesca. Condenar ese discurso criminal, promover su retiro de las redes sociales y generar acciones que impidan su circulación, son verdaderos actos de defensa de la dignidad humana que es preciso promover.

 


domingo, 31 de enero de 2021

SOBRE LA “CULTURA DE LA VIDA” Y EL DERECHO

 

SOBRE LA “CULTURA DE LA VIDA” Y EL DERECHO

Brevísimas reflexiones

 

En la edición de El Mercurio del jueves 28 de enero de 2021, pág. 2, los Decanos de las Facultades de Derecho de las Pontificias Universidades Católicas de Chile y Argentina, y bajo el título de “El Derecho frente a la “cultura de la muerte”, sostienen, entre otras cosas, que en la actualidad, y al legislarse legalizando el aborto y la eutanasia, que ellos identifican con la “cultura de la muerte”, el ser humano se ha extraviado “… en relación con su naturaleza y fin trascendente” y que “Sólo una separación del tronco valórico de nuestra civilización cristiana puede explicar que se introdujera la legalización de estas prácticas”, que ellos identifican con la “cultura de la vida”.

Sobre la “cultura de la vida”

Por lo menos desde fines del siglo XX que la jerarquía eclesiástica y sus seguidores y especialmente frente al tema del aborto, han intentado identificarse como partidarios de la “vida”, (grupos “pro vida”, bus de la vida, cultura de la vida), intentando estigmatizar a quienes no comparten sus apreciaciones como “cultura de la muerte”.

Por supuesto que “cultura de la muerte” es un intento de estigmatizar a quienes no comparten esa moral conservadora que es lo que verdaderamente defienden quienes se autodefinen partidarios de la vida.

La realidad supuestamente “pro vida” sin embargo parece mucho más compleja, y en algunos casos, como el de los grupos “pro vida”, absolutamente alejada de la realidad. Recordemos que no sólo no realizan acción alguna por la defensa del medio ambiente o de las especies en peligro de extinción, (como debiera ocurrir si efectivamente fueran pro-vida), sino tampoco en contra de la guerra, de la desaparición forzada de personas, de la desnutrición y el hambre, de la falta de medicamentos básicos para millones de seres humanos en el planeta, (como debiera ocurrir si fueran al menos pro vida humana), y que frecuentemente son incluso partidarios de la pena de muerte.

Y en la práctica, tampoco son contrarios al aborto. Su principal bandera de lucha es la oposición a la despenalización del aborto en donde todavía es delito, o la petición de que vuelva a considerarse como tal, en aquellos países en donde ya no lo es, o sólo lo es parcialmente. Sabido es sin embargo que todas las pruebas recogidas en el mundo muestran la ineficacia de esa prohibición en reducir la incidencia del aborto”, y que lo que efectivamente disminuye el número de abortos, es la reducción de los embarazos no deseados. De este modo, el primer objetivo a tener en cuenta en una política contraria al aborto debiera ser la disminución de dichos embarazos, y ello significaría, entre otros cosas, educación sexual desde temprana edad, planificación familiar, servicios anticonceptivos al alcance de quienes tienen una vida sexual activa, aumento del poder de las mujeres en la capacidad para tomar decisiones sobre aspectos sexuales y reproductivos, nada de lo cual aceptan los movimientos supuestamente contrarios al aborto.

                    Con más detalle "¿Son antiaborto los grupos pro - vida?"

En verdad ellos mantienen una posición fundada en dogmas religiosos que tampoco tienen un sustento real. Recordemos que ni en el Pentateuco, ni en los Libros de los Profetas, ni en los cuatro Evangelios, ni en Los Hechos de los Apóstoles, ni en ninguna de las 19 epístolas, es decir, ni en el Antiguo Testamento, ni en el Nuevo Testamento, hay un solo versículo que sostenga la posición antiabortista que hoy sustenta la Iglesia Católica. Recordemos también que tampoco condenaban el aborta dentro de las primeras semana, entre otros, personajes tan importantes como San Agustín, Santo Tomás, San Buenaventura, San Alberto Magno, por considerar que el ser humano comenzaba con la unión de cuerpo y alma, y el alma llegaba al cuerpo tardíamente.

                        Con más detalle "Aborto e Iglesia Católica. Otro mundo es posible"

Y en cuanto al derecho

Digamos de partida que la propia Iglesia se ha ido apartando de la “cultura de la vida” que la tradición jurídica mantenía. Así lo hizo cuando eliminó la tortura en los procesos, dejó de perseguir a las brujas, etc.

También nuestro derecho se ha ido apartando de la tradición jurídica católica -y ejemplificaremos sólo con el chileno, que es el que conocemos con algún detalle-, pero no ahora, sino desde los tiempos de nuestra independencia de España. A esa fecha, era precisamente la legislación de la metrópoli la que expresaba el sentir jurídico católico.

Y en buena hora nos hemos ido apartando.

Probablemente la primera separación y una de las más significativas ocurrió cuando en los comienzos de nuestra era republicana, 1811 se dictó la ley de libertad de vientre que otorgaba libertad a los hijos de las mujeres esclavas y con mayor razón en 1823 cuando  se abolió de manera absoluta la esclavitud en Chile, institución que la muy católica España mantenía, que sólo abolió en 1837 para la península, en buena medida además por la presión inglesa,  y que mantuvo para sus colonias de Puerto Rico hasta 1873 y Cuba hasta 1886.

También nos apartamos del derecho católico, que impedía enterrar a los muertos no católicos en los cementerios, cuando O´higgins, en 1821 inaugura el Cementerio General.

Algo similar ocurrió cuando en 1865 se interpretó la Constitución de 1833, otorgando una cierta libertad de culto, que hasta ese momento no había, y en 1870 cuando una nueva ley permite a los no católicos practicar su culto en recintos particulares y en las escuelas privadas. Dicha separación se profundizó en 1871 al establecer la sepultura sin distinción de credos religiosos y se permite la creación de cementerios fiscales o municipales.

También nos hemos separado de la tradición jurídica católica en materia de matrimonio, pero no desde ahora. Ya lo empezamos a hacer cuando con la entrada en vigencia del Código Penal (1874), cuando junto con suprimir el fuero eclesiástico, derogamos las Siete Partidas, que sancionaba el matrimonio “mixto” entre judío y cristiana. (Demás está decir que al mismo tiempo también nos apartamos de esa “cultura de la vida cuando eliminamos el delito de herejía (quemar en fuego si predicaba la herejía), el que comete el Cristiano que torna Moro, o se torna judío, etc.)

Ahondamos esa separación cuando permitimos que cualquier ciudadano, sin importar su religión pudiera contraer matrimonio (ley de matrimonio civil de 1884), cosa que hasta ese momento no podían hacer ni los judíos, ni los protestantes, ni los libre pensadores, que ya había en número significativo en nuestro país, y dicha disposición se complementa al entregar al estado la función de registrar nacimientos, matrimonios y defunciones, creándose el Registro Civil.

Por supuesto que nos separamos de la tradición jurídica católica cuando en 1925 separamos la Iglesia del Estado, (separación que quedó a medio camino en todo caso) cuestión que había sido condenada ferozmente por el Papa Pio IX en 1884, en su muy famoso “Listado de recopilación de errores moderno”, el Syllabus.

En las últimas décadas nos hemos separado profundamente de la tradición jurídica católica, cuando decidimos que los hijos nacidos en nuestro país eran todos iguales, abandonando la muy católica distinción entre legítimos e ilegítimos (y ya habíamos abandonado la categoría de “hijos de dañado ayuntamiento”) que defendieron hasta el último minuto destacados católicos, incluyendo algún obispo, y que significaba una odiosa discriminación jurídica en función de la conducta de sus padres.

Por supuesto que nos hemos separado de esa tradición jurídica cuando reconocimos la realidad de la separación entre los cónyuges y legalizamos el divorcio, reconocemos la existencia de familias diferentes, legislamos sobre la unión civil, otorgamos mayor igualdad a la mujer, ….

En fin, así debemos seguir, pues aún nos queda un largo camino.

 

También te puede interesar

            Aborto e Iglesia Católica: corrientes discrepantes del presente.

            Iglesia y sexualidad, claves para entender el tema del aborto

miércoles, 20 de enero de 2021

¿QUÉ TIPO DE CONSTITUYENTES NECESITAMOS?

 

 

Ya están en campaña los candidatos a ser elegidos para redactar una nueva constitución. Se trata sin lugar a dudas de uno de los episodios más importantes de la política de las últimas décadas.

De todos los autopropuestos y los verdaderamente propuestos, algunos quedaron en el camino por diferentes razones. Una mirada general nos muestra que entre las y los candidatos que llegaron a la papeleta hay, junto a valiosas individualidades, como la machi Francisca Linconao, representante de pueblos indígenas, o Bárbara Sepúlveda, del movimiento feminista, o Bárbara Figueroa y Eric Campos, del mundo de los y las trabajadoras, rancios y oportunistas políticos tradicionales, despreciables personeros de la farándula, como la doctora Cordero, o reconocidos fascistas, repudiados hasta por integrantes de la derecha, como Teresa Marinovic, o simplemente desconocidos personajes, con gran “disposición” a ser constituyentes. Algo así como “…si el pueblo me lo pide…”. Y la verdad es que el pueblo está pidiendo, pero ¿Qué está pidiendo?

En mi opinión, lo primero, es recordar que lo que verdaderamente necesitamos son ideas, proyectos, propuestas, en definitiva, contenidos. La nueva constitución debiera llegar a ser un texto con contenidos definidos, claros, y sencillamente expuestos. Lo segundo, que dichas ideas, dichos contenidos no pueden ser cualesquiera. Ellos debieran ser capaces de plasmar las peticiones centrales que los chilenos hemos demandado desde hace años, y particularmente a partir del 18 de octubre de 2019, entre otras un estado solidario, multicultural, descentralizado, que efectivamente garantice derechos sociales, etc.

Por último, en todo momento debemos recordar que este es un proceso político, que debe ser profundamente democrático, por lo que quienes sean elegidos deben ser legítimos representantes de la ciudadanía. Por ello, nuestro rol de participantes activos en la determinación de los contenidos de la nueva constitución no se ha de limitar a elegir un grupo de redactores y al cabo de un tiempo preguntarles en qué va su trabajo. Hemos sido demasiadas veces engañados por quienes hemos elegido para una determinada actuación y en definitiva terminan haciendo una diferente o aún incluso la contraria. Y el más claro ejemplo es que una nueva constitución fue una de las demandas por las que se luchó contra la dictadura, que los políticos elegidos prometieron llevar adelante y que no lo hicieron. De este modo, la participación popular en cabildos, reuniones, asambleas, movilizaciones en general, debe ser uno de nuestros objetivos. Será imprescindible estar alerta y llegado el momento, exigir que el texto que se vaya plasmando contenga lo que deseamos.


                                Te puede interesar Democracia, libertad y Violencia


Pero de todas maneras queda pendiente el tema de los constituyentes. Alguien tiene que redactar ese texto, y nosotros debemos elegirles. ¿Qué características debieran tener nuestros constituyentes? A nuestro entender, al menos las siguientes:

1.    Representar las ideas por las que luchamos y que se busca plasmar. Esto significa varias cosas. En primer lugar un fuerte “Rechazo” a quienes votaron rechazo, pues ellos querían mantener la constitución del dictador y hacerle un burdo maquillaje, y ahora de lo que se trata es precisamente de lo contrario, de cambiarla por otra diferente.

2.    Representantes de un proyecto colectivo. En los últimos tiempos se ha insistido mucho en la “independencia” de los candidatos. La verdad es que dicha independencia no asegura nada, ni para un lado ni para otro. Pero cuales sean las condiciones del candidato, lo ideal es que provenga desde un proyecto colectivo, desde una instancia social, de modo que las ideas que lleva representen el sentir de cientos o miles de personas.

3.    Diversidad. Hasta ahora, las constituciones que nos han regido han sido redactadas por hombres, y pertenecientes a un sector político determinando, la derecha. Así ocurrió con las Constitución de 1833, la de 1925, y el engendro de 1980, elaborada esta última por civiles que participaban de la dictadura. Hoy necesitamos “diversidad”. La legislación ya contempla la paridad de género y la presencia de representantes de pueblos indígenas. Sobre paridad de género estamos bastante bien; sobre representación de pueblos indígenas quedamos al debe, pues allí tenemos deficiencias que probablemente se van a notar a la hora de tener elegidos al conjunto de constituyentes. Tampoco tenemos asegurada representación de los afrodescendientes, a quienes por lo demás hemos negado su existencia como sector social y cultural desde hace ya dos siglos. Es ideal además que tengamos diversidad sexual.

4.    Ser una especie de entendido-generalista. Entendidos, en cuanto debieran manejar algunos de los múltiples temas que la constitución debe abordar (medio ambiente, salud, educación, mujeres, diversidad sexual, pensiones, cultura, etc.). Por supuesto que no es necesario ser profesional, o un especialista en la constitución, ni mucho menos un “abogado constitucionalista”, pero sí alguien que sabe en profundidad de algo que importa. Generalista, pues una constitución no es la sumatoria de una serie de temas separados. No basta con ser experto en un determinado tema, es necesario además tener una visión “general” del modelo de sociedad que queremos, de modo que, por un lado pueda abordar y aportar también en los otros temas en cuya discusión le tocará participar, y por otro, velar por obtener un texto coherente y armónico. 

5.    Capacidad de diálogo. La elaboración de un texto legal de la importancia de una constitución requiere personas con capacidad de diálogo, ello implica que es necesario, por un lado tener capacidad para exponer y defender ideas con claridad, y capacidad de escuchar y si es preciso modificar la propia opinión. Es altamente probable que el debate sea fuerte y profundo, por lo que claramente no basta entonces con conocer, es necesario también saber exponer con convicción, y tener la fuerza suficiente para defender las propias convicciones. Al mismo tiempo, es preciso tener capacidad para escuchar las opiniones del otro, y tener claro qué es lo fundamental respecto de lo cual no podemos transar y lo secundario, respecto de lo cual podemos conversar y llegar a acuerdos, entendiendo que ello implica ceder por ambas partes.

6.    Ni militantes ni no militantes. La redacción de una constitución es un proceso profundamente político. En verdad uno de los más políticos en un sistema democrático, y todos quienes participen en su redacción, por ese sólo hecho, serán “importantes políticos”. Pero ello no quiere decir que para participar activamente en él hay que ser un antiguo político o militante de un partido político. Tampoco significa lo contrario. La condición de militante o no militante por sí misma no aporta ni quita. Pero ojo, si se trata de un “independiente”, éste debiera  ser algo más que un exponente de sus propias ideas, y si se trata de un militante, importa el partido en el que se milita. No es lo mismo ser militante de un partido que estuvo por el cambio a la constitución que uno que estuvo por el rechazo, no es lo mismo ser parte de un partido con decenas de militantes imputados por delitos de corrupción, que serlo de un partido que no tiene ninguno.

 

Fernando García Díaz


También te puede interesar "La lucha por el Derecho"

 

domingo, 20 de diciembre de 2020

DEMOCRACIA, LIBERTAD Y VIOLENCIA

 

DEMOCRACIA, LIBERTAD Y VIOLENCIA

(A modo de respuesta a “Ira y Democracia” de Carlos Peña)

En un reciente artículo publicado en El Mercurio, (A2, 18.12.2020) bajo el título “Ira y Democracia”, Carlos Peña se manifiesta en contra del indulto a los presos con motivo del estallido social. Y lo hace desde su particular concepción de la democracia, la libertad y la violencia.

En lo esencial su argumentación se fundamenta en que “…la democracia admite la prosecución de todos los fines, pero excluye el empleo de un medio para alcanzarlos: la violencia”. Y reforzando la idea agrega más adelante “…en Chile hay democracia y entonces no es posible esgrimir la injusticia para excusar la violencia”. El autor también parece valorar profundamente la razón, como fundamento de la libertad, y por ello señala ”El paso del estado de naturaleza al estado civil se produjo cuando entre la mera pulsión y la conducta se introdujo un momento reflexivo. Fue entonces que nació la libertad”.

Compartimos con Carlos Peña cuando pone el centro del debate en lo político y no en los aspectos jurídico penales, que también los hay pero claramente son secundarios, como lo ha intentado hacer el gobierno, el Ministerio Público y políticos del más amplio espectro. La liberación de un grupo masivo de personas, cuya elemento común es un acto político, en este caso, la protesta contra un sistema social, económico y político que los tiene marginados por décadas, es un problema esencialmente político.

Pero si en eso estamos de acuerdo, discrepamos en casi todo lo demás y, particularmente, en su visión de la democracia, la libertad y la violencia.

Para situarnos en el contexto general, digamos de partida que en esta oportunidad, como en muchas otras, Peña, como los conservadores de todos los tiempos, pone la paz social al comienzo de la historia (N. Bobbio) y no como quienes creemos en el progreso mediante la lucha, que la ponemos al final y como consecuencia de la justicia alcanzada. Por supuesto tiene todo el derecho del mundo a hacerlo, sólo queremos destacar la perspectiva desde la que se ubica, “conservador”, en una sociedad como la nuestra en este momento, en que la inmensa mayoría exige cambios.

Y agreguemos de inmediato que no es efectivo que la democracia deba aceptar la prosecución de todos los fines, salvo que él estime que no se puede prohibir la prosecución del racismo, el nazismo, el exterminio de los judíos, los comunistas, la supremacía blanca, etc.

También parece claramente insuficiente su reflexión sobre el “momento reflexivo” y libertad. En verdad cualquiera sea el concepto de “momento reflexivo” que se tenga, y cualquiera sea el de “libertad”, ponerlos como causa y efecto más parece el deseo de un idealismo de orden hegeliano, -razón- que una reflexión basada en la historia o la realidad. Sabido es que el “momento reflexivo” se manifiesta como fundamental en la “primera explosión del saber” (Ch. Van Doren) con los filósofos de la antigua Grecia, en el siglo V A.C. y la esclavitud se mantiene no sólo allí, sino en la sociedad que de ella deriva por 2.400 años más. Sólo ese dato echaría por tierra su apreciación. Por lo demás la “segunda explosión del saber”, iniciada en el Renacimiento, tampoco llevó a la libertad. Lo que sí lo hizo, fue la lucha antiesclavista, violenta y a menudo con las armas en la mano, en la que compartieron esclavos y hombres libres, y que duró varios siglos.

Por otro lado, referirse a secas a “la libertad”, para aludir, probablemente, a un reducido espacio de libertad política, nos parece a estas alturas del siglo XXI como extraordinariamente limitado. Recordemos que es en los años sesenta y setenta del siglo pasado, “Segunda Ilustración” sobre la pobreza (A. Cortina), es decir hace más de cincuenta años, cuando se generaliza la convicción que la pobreza es coacción. Y tiene todo el sentido del mundo, entendida la libertad como posibilidad real de elegir, y no mera ficción, la pobreza constituye la más absoluta falta de libertad, cualquiera sea el “momento reflexivo” que se tenga.


        Te pude interesar "La lucha por la libertad"


Y en cuanto a la violencia, lo primero es recordar que la democracia, que Peña tanto valora, es fruto de la lucha y la violencia. La historia en esto es universal, ni la revolución francesa, ni la independencia de Estados Unidos, ni nuestra propia independencia, por poner ejemplos emblemáticos para nosotros, son frutos de la generosidad de reyes y monarcas. Por el contrario, todos esos procesos, que van a desembocar en sistemas democráticos, son frutos precisamente de la lucha y la violencia. Por supuesto que esto no es un llamado a la guerra ni a la revolución, sino simplemente poner en el contexto histórico el sistema político que hoy tenemos.

Agreguemos a continuación que la democracia es siempre un proyecto político inacabado, que va evolucionando con el tiempo, y que sus actuales manifestaciones varían significativamente con lo que existía con anterioridad. En nuestra historia nacional por ejemplo, todos coincidirán, incluyendo a C. Peña, que los gobiernos de Aguirre Cerda y Juan A. Ríos, en la década de los años 40 del siglo XIX, fueron gobiernos democráticos. Y sin embargo, en esa época ni las mujeres ni los analfabetos tenían derecho a voto, es decir, más de la mitad de la población de los que actualmente tienen derecho a participar de los procesos electorales. Y este derecho al sufragio, como todos los derechos, se ganó en la “lucha por el derecho”, (R. von Ihering), en este caso, en la lucha social y política de las mujeres “sufragistas”, de los obreros del campo y la ciudad, en las luchas sociales, en las manifestaciones en las calles, en las protestas contra quienes lo negaban.

La violencia social no es una entidad abstracta, ajena a las razones de la historia, a menudo es respuesta a décadas de violencia institucional y sostenida, a falta de educación, de salud, de vivienda, a abandono, marginalización, desprecio, en definitiva a violación sistemática de la dignidad humana a millones de personas.


        También te puede interesar ¿Tu condenas la violencia venga de donde venga? Yo no...


La libertad de los presos políticos detenidos con motivo del estallido social, debe ser consecuencia de un país que entiende su historia, que valora los logros que producto de ese estallido se alcanzaron, y que tiene conciencia que mantenerlos privados de libertad sin un juicio hasta ahora, (presos sin condena, en el lenguaje de los derechos humanos), sin pruebas, por ello no se les ha juzgado aún, con pruebas falsas

o aportadas por una institución no creíble que se ha especializado en montajes, y ante un sistema judicial que a algunos los priva de libertad y a otros los manda a clases de ética, es simplemente una venganza.

 

Santiago, 20 de diciembre de 2020

 

 

 

 

 

 

 

miércoles, 25 de noviembre de 2020

DIEGO ARMANDO MARADONA, UN "PELUSA" EXCEPCIONAL

 


Hoy el “planeta fútbol”, Argentina entera y millones de personas más repartidas en todos los continentes, lloramos la muerte de Diego A. Maradona, reconocido por varios especialistas como el “mejor futbolista de la historia”, catalogado como el “mejor jugador en la historia de la Copa del Mundo” por El Times (2010), descrito como el “mejor futbolista popular del siglo XX”, entre otros de sus mucho títulos. Futbolista, entrenador, conductor de televisión en Argentina y en Italia, cantante, protagonista en documentales y películas de ficción, inspirador de canciones, Maradona fue todo eso y mucho más.

Su muerte me hizo recordar una conversación sostenida con Javiera, mi hija menor hace un par de meses. Le comentaba yo que desde hacía probablemente un siglo ya, la música, el arte, las ciencias, en general la cultura, eran en nuestro país, territorio del mundo progresista y en particular de la izquierda. Juntos hacíamos una larga enumeración de destacados hombre del mundo de la cultura, cuyo compromiso con el prójimo había sido una de las características relevantes de su vida. Javiera, fanática colo colina (el gato de la casa se llama Barti Paredes) me hacía la salvedad que eso no pasaba en el mundo del deporte. Aquí, me decía ella, la regla general es una buena dosis de analfabetismo político, así como un número menor, pero destacado, de deportistas claramente de derecha. Desde luego, en algunos casos como en del Chino Ríos, provenientes de familias muy adineradas, eso no llama la atención; pero hay otros, como el de Érika Olivera, de origen muy humilde, y hoy diputada por la derecha, en uno de los partidos que acompañó y defendió al dictador que asesinó a miles de personas (la mayoría humildes), que llevó a la miseria a millones, que destrozó la salud, la educación y las pensiones para los sectores populares, Renovación Nacional. 

En el fútbol pasa algo parecido, con altísimos porcentajes de jugadores de extracciones muy humildes, aquellos con sensibilidad social, capaces de ponerse al lado de su clase social, apoyar sus reivindicaciones, jugarse por ellas, son poquísimos, y Diego Armando Maradona en América, como Cristiano Lucarelli en Italia, fue uno de ellos.

Maradona fue en todo momento un rebelde, pero un rebelde con causa.

Maradona nació en un humilde barrio al sur del Gran Buenos Aires, en el seno de una familia muy modesta, y no sólo nunca olvidó ese origen, sino que tuvo la capacidad de universalizar el problema de la pobreza, y entender que su solución no es individual, sino colectiva, que para lograrlo es necesario la unidad de los trabajadores, y la lucha. A diferencia de muchos de sus compañeros del fútbol, Maradona no se quedó en la caridad hacia los vecinos de su antiguo barrio o hacia sus compañeros de su antiguo club, como suelen hacerlo muchos jugadores que al hacerse famosos destinan a ellos unos pocos miles de pesos. Él entendió que la lucha era política y siempre estuvo al lado de los pobres, de los débiles, de los trabajadores, de los que luchan por la libertad y por la paz, y lo hizo saber a quién quisiera escuchárselo. Sus opciones políticas, que manifestó de muy variadas maneras, fueron claras, trasparentes, siempre al lado de la izquierda y contra el imperialismo, y no sólo sin ambigüedades, sino radicales. Maradona lucía con orgullo una imagen del Che en un brazo y una de Fidel en una pierna.

En el mundo del fútbol, como pocos, trascendió claramente lo deportivo, y sin tener necesidad alguna, luchó por la construcción de sindicatos de futbolistas, que permitieran a otros futbolistas conseguir un mayor respeto por sus derechos. Fundó incluso la Asociación Internacional de Futbolistas profesionales. Y como si esto fuera poco, Maradona también se enfrentó a la FIFA, organismo al que denunció por la corrupción que en ella había, lo que terminó comprobándose y con el encarcelamiento de varios de sus dirigentes, incluido nuestro conocido Sergio Jadue.

En su Argentina natal, destacó por manifestar siempre una opinión política, estar siempre al lado de la izquierda.

Como pocos futbolistas, Maradona se jugó también políticamente en el campo internacional, criticando fuertemente el bloqueo a Cuba y apoyando en todos sus aspectos al gobierno de Fidel, de quien por lo demás fue gran amigo. Apoyó también a Lula en Brasil, a Correa en Ecuador, y a Maduro en Venezuela, aún en tiempos en que hacerlo era lo más “incorrecto políticamente”.  En Colombia, jugando un partido amistoso organizado por “Bogotá Humana” sentenció ““Basta de violencia en Colombia, queremos La Paz y yo la quiero con todo mi corazón”.

En definitiva, Maradona, el Pelusa, como le decían en su tierra natal, fue siempre excepcional, ya como jugador dentro de la cancha, ya como un hombre comprometido con los destinos de su pueblo y el de toda América Latina. Un jugador excepcional, pero también un luchador excepcional contra el modelo, un rebelde contra el sistema del libre mercado, un hombre que usó todo su poder mediático para luchar contra las injusticias, contra la discriminación.

Maradona fue, por todo esto y más, un verdadero D10s, pero no un dios del panteón abrahámico, único, perfecto, omnipotente. Maradona fue más bien un dios del panteón griego, con poderes enormes en algunas áreas, pero no en todas, y en otros aspectos, con todos los vicios y problemas de un mortal común y corriente.

 

 

25 de noviembre de 2020

 

lunes, 23 de noviembre de 2020

EL BUS DE LA LIBERTAD Y EL DISCURSO DEL ODIO

 


 

Carla González Aranda es una muchacha transexual, lo que la identifica de inmediato como parte de una de las poblaciones más vulnerables en nuestro país. Aquella en la que, según un estudio reciente, el 93% ha sido discriminada en razón de su identidad de género, el 74% ha recibido violencia verbal y psicológica, violencia física un 34,9% y sexual un 25,6. Una población en la que el 51,1% de ella se dañó a sí misma como consecuencia de la discriminación sufrida, el 39% intentó suicidarse y el 43,6% se ha visto afectada por el consumo de drogas. Pero para Carla González Aranda su situación es aún peor, pues su madre biológica, Marcela Aranda, no sólo niega su identidad de género, la rechaza y humilla, sino que además es una de las activistas más visibles del discurso homofóbico y transfóbico.

Marcela Aranda, la madre de Carla, se hizo públicamente famosa el año 2017 como vocera del llamado “bus de la libertad”, que ese año recorrió las calles de Valparaíso y Santiago con mensajes contrarios a la diversidad sexual. Expresiones como “Si naces hombre eres hombre”, “Los niños tienen pene”. “Las niñas tienen vulva”, “Que no te engañen”, son algunas de las frases que se podían leer en dicho bus. Probablemente la frase más destacada sin embargo, y a la que su vocera recurre frecuentemente es “Con mis hijos no se metan”. Así por lo demás lo destaca en Facebook precisamente la página de Marcela, en la que más abajo se lee “el verdadero garante del bien superior de un niño son sus padres y su familia” (sic). Y sin embargo Carla González no sólo no la tuvo a ella, su madre biológica como garante, sino que al contrario, Marcela fue una de las personas que más daño le hizo. Tanto, que el 2017, con sólo 19 años, hacía ya tres años que no se comunicaba con ella. Marcela había discriminado y abandonado a su hija desde el momento mismo que supo de su transexualidad, y hoy nuevamente vuelve a difundir un discurso de odio, a través del bus mal llamado de la libertad.

¿Qué puede hacer que madres o padres rechacen y abandonen a sus hijos, por su condición sexual? ¿Qué puede hacer que desconocidos torturen y asesinen a alguien por su condición sexual, como ocurrió con Daniel Zamudio y muchos otros? En definitiva, ¿Qué hace que la condición de LGBT sea tan terrible de vivirse, que quienes la posean tengan una mayor probabilidad de abandonar los estudios, tengan una mayor tasa de suicidios, de problemas mentales o que hayan sido agredidos físicamente mucho más que el resto? ¿En definitiva qué hace que el horror sea la cotidianeidad de una persona transexual?

Para cada caso en particular puede haber múltiples variables, pero como fenómeno social hay uno sólo, la existencia de un “discurso del odio”, esto es, básicamente una argumentación que aparentando racionalidad va construyendo realidad colectiva a partir de la acumulación de información (verdadera o falsa) que se va integrando de forma más o menos coherente en la conciencia social, a través de diferentes procesos, que terminan por legitimarla. Un discurso que directa o indirectamente puede repetirse en la enseñanza familiar, escolar, religiosa, universitaria incluso, pero no sólo en ellas, también en los medios de comunicación masivos, en la prensa, en las revistas, en la conversación cotidiana, en el chiste escuchado a un cercano o a un profesional de hacer reír en la radio o la televisión. Un discurso que manifiesta hostilidad, repugnancia, desprecio hacia un determinado colectivo, a cuyos integrantes no les reconoce igual condición humana, igual dignidad, y frente a los cuales se siente claramente superior. Un discurso que para muchos puede transformarse en verdad no cuestionada, en realidad indiscutible, y llevarlos a ser protagonistas del horror.

Wolf Lepenies, probablemente uno de los sociólogos que más ha estudiado el influjo de la cultura en la vida política y en la vida cotidiana, da cuenta con claridad meridiana de un aspecto muy poco destacado, el rol fundamental de un sustrato ideológico que justifica las peores atrocidades contra el “otro”, cualquiera que éste sea. Como dice este autor, “Antes de que haya habido muertos en las batallas y torturados en los campos de prisioneros, se había destruido al enemigo en libros, panfletos, y numerosas reuniones en las universidades y academias”.


El discurso del odio estigmatiza y denigra. Sus víctimas no lo son por ser determinadas personas, sino simplemente por pertenecer a un colectivo determinado (transexuales, homosexuales, inmigrantes, judíos, comunistas, etc….). En ese discurso la víctima es absolutamente intercambiable, basta que pertenezca al colectivo agredido.

Los diversos discursos del odio tienen su origen en situaciones variadas, sin embargo hay un sustrato común a todos ellos, que ayuda a entender la conducta de quienes han dado lugar al horror, la desvalorización, el desprecio, en definitiva, la deshumanización del otro. (En este sentido el discurso de la dictadura es ejemplar, se proponía exterminar al “cáncer marxista”, y un alcohólico almirante hablaba de los “humanoides”, logrando la absoluta deshumanización de los opositores).

El discurso homofóbico y transfóbico que la campaña publicitaria de la cual forma parte el llamado “bus de la libertad”, lleno de falsedades, verdades a medias, prejuicios y alejado de los más básicos conocimientos actuales referidos a la sexualidad humana, que un sector del mundo evangélico ha traído, (después de todo Marcela Aranda es simplemente un peón de intereses superiores), no sólo desconoce la diversidad sexual, sino que estigmatiza y humilla a quienes forman parte de ella. Sin perjuicio que muchos de sus divulgadores verdaderamente crean el conjunto de falsedades que trasmiten y crean en ese modelo moral que promueven, el verdadero objetivo de las jerarquías parece ser otro, la defensa del poder que desde la Iglesia evangélica se maneja, el que se mantiene en la medida en que se logra el control de las conciencias, y se pone en riesgo cuando la hegemonía intelectual empieza a decaer. En una sociedad en las iglesias han perdido de manera silenciosa, pero total y absolutamente su batalla para que las mujeres no utilicen la píldora anticonceptiva, por seguir discriminando a los hijos según si nacían dentro o fuera del matrimonio (hijos legítimos o ilegítimos) y también la referida a la indisolubilidad del matrimonio, un cierto sector evangélico ve imprescindible mantener espacios de control de conciencias que le permitan conservar o incluso aumentar el poder político que ya ostenta. Hoy le queda muy poco espacio ideológico dentro del cual hacerse notar con alternativas de victoria (al menos en el corto plazo), y ese es, el rechazo a una diversidad sexual que cuestiona su poder. La ideología anti diversidad sexual es simplemente uno de los últimos esfuerzos de una ideología religiosa, que desde el poder lucha por seguir controlando las conciencias, y mantener un poder político y social que de lo contrario se le puede esfumar a pasos agigantados.

Como en todo discurso del odio, esta campaña publicitaria, que por lo demás precisamente lo que hace es combatir la libertad que significa el respeto a la diversidad sexual, no es sólo una afrenta, un insulto a todos quienes forman parte de la diversidad sexual, sino a todos los seres humanos en general, que compartimos igual dignidad. Pero aún más que un insulto, es el prejuicio, es el bullying, es la discriminación que han vivido y siguen viviendo miles de personas de la diversidad sexual.  Denunciar su postura criminal, promover su retiro de las calles, generar acciones que impidan su circulación, son verdaderos actos de defensa de la dignidad humana que es preciso promover.

 

 

 

lunes, 9 de noviembre de 2020

ESTADOS UNIDOS, NI EJEMPLO DE LIBERTAD NI EJEMPLO DE DEMOCRACIA

 


 

En las últimas décadas y especialmente terminada la Segunda Guerra Mundial, con Estados Unidos convertido en superpotencia, e iniciada la llamada “Guerra Fría”, los políticos norteamericanos de uno u otro partido, han presentado a su país como el guardián  de la democracia y de la libertad. Desde esa posición, la de ejemplos para el resto del mundo, no sólo se han permitido criticar otros gobiernos, sino además invadir países, iniciar guerras y promover golpes de estado para, según ellos, llevar precisamente libertad y democracia. Cualquiera que analice con un mínimo de objetividad la historia de las últimas décadas (Viet Nam, Chile, Afganistán, Irán, Irak, Libia, y por supuesto toda América latina), tiene claro que más que la libertad o la democracia lo que importaba era el petróleo, el cobre, el estaño o simplemente el impedir que se desarrollara un régimen político contrario a sus propios intereses. Pero si fuera de su propio territorio impusieron dictaduras sangrientas, (y los chilenos conocemos por experiencia esa realidad), masacraron a millones de personas, quemaron con Napalm a decenas de miles de personas, para muchos puede haber quedado la imagen que al menos desde el interior de su propio territorio efectivamente si podían ser ejemplo de libertad y democracia. Los últimos años, y particularmente la última elección, han echado por tierra esta mirada ingenua y nos permiten ver, con total claridad, algo absolutamente diferente.

Como lo hemos reiterado desde esta tribuna, la libertad es entendida hoy y con justa razón, no sólo como la ausencia de prohibiciones, sino por sobre todo, como la efectiva posibilidad de elegir un determinado curso de acción, en materias e interés personal o colectivo.

En Estados Unidos, y nos lo han mostrado las noticias en los últimos tiempos con inusitada frecuencia, la libertad siquiera de circular por la calle sin ser asesinado por la policía no existe para los negros; los inmigrantes, (y particularmente los mexicanos), pueden ser expulsados mediante medidas meramente administrativas, aun cuando lleven décadas viviendo allí, y sus hijos y sus nietos, aunque hayan nacido en territorio de USA, también. Más de de 2 millones cien mil personas encarceladas, (la mayor población encarcelada en el mundo) y más de 4,5 millones sometidas al control del sistema penal, libertad vigilada (probation) o libertad condicional (parole), (la mayor población sometida al control del sistema penal en el mundo), muestran otra de las caras de la ausencia real de libertad para millones de personas. Pero sin duda, como lo hemos dicho, la pobreza, que es muchísimo más que la mera falta de recursos económicos, y que en definitiva es la manifestación más brutal de la falta de libertad, pues es la imposibilidad absoluta de elegir sobre los aspectos más básicos de la vida cotidiana (comida, alojamiento, vestuario, educación, salud,…), en Estados Unidos se ha enseñoreado con decenas de millones de habitantes. Más de 6.300 personas muertas por desnutrición en 2018, según la OMS, un índice de personas sin hogar que aumenta cada año, superando el medio millón, más de 40 millones de  personas que viven bajo la línea de la pobreza, lo que en definitiva significa que carecen de la libertad más básica, 97 millones de personas sin seguro de salud o infra asegurados, etc.

Es cierto que la pobreza no es exclusividad de los Estados Unidos, sino que existe en decenas de países del mundo, pero por un lado desde los otros países no andan dictando cátedra sobre la libertad, y por otro, aquí existen los recursos suficientes para ponerle término de manera muy rápida, cosa que no ocurre en otras latitudes.

Por supuesto no todos quieren ver esto y uno de ellos es nuestro propio presidente, cuyas luces políticas también en el ámbito internacional han sido desastrosas. No olvidemos que para sus pretensiones de líder internacional, que naufragaron el 18 de octubre del año pasado y murieron definitivamente cuando no pudo ser anfitrión del Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico APEC, ni de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, buscó apoyo en personajes como Trump, Bolsonaro, Duque, Guaidó, Fernández, todos hoy verdaderos cadáveres políticos. Piñera, que hasta ayer era perro fiel de Trump, que llegó incluso a mostrarle la bandera chilena dentro de la bandera de Estados Unidos, ahora envía un mensaje de saludo a Biden señalándole que “Chile y Estados Unidos compartimos valores como la libertad, la defensa de los derechos humanos y desafíos como la paz y la protección del medio ambiente".

Si de democracia se trata, y hay dos elementos esenciales que la definen, el respeto a los derechos humanos, y la elección regular de sus autoridades políticas en procesos informados y trasparentes, tampoco tenemos buenos ejemplos en Estados Unidos. Y ya parece innecesario recordar las violaciones a los derechos humanos por parte de la policía, al interior de las cárceles, etc. Y es que, en los últimos días hemos podido apreciar el espectáculo más grotesco posible, un verdadero circo en torno a uno de los actos más importantes del sistema democrático, la elección de un presidente de la república. Un sistema en el que no importa quien obtiene más votos, esto es, qué deciden las mayorías, sino quien obtiene más delegados, (de hecho Trump el 2016 obtuvo menos votos que Hillary Clinton), como si los ciudadanos norteamericanos estuvieran en una especie de interdicción y necesitaran que otros votaran por ellos. Un sistema en que el duopolio político reinante por décadas tiene asegurada el millonario aporte político de las empresas y en definitiva la elección, un recuento de votos peor que el de la aldea más alejada en nuestro país, en el que transcurrido una semana desde que finalizó, aún no se entrega un resultado definitivo, un presidente, que como payaso de circo se niega a salir del escenario y debe ser retirado a la rastra por terceros, que no sólo no reconoce su derrota, sino que denuncia fraude en todos los estados donde hubiera querido ganar, y no lo logró, sin aportar prueba alguna.

Pero más aún, hay también un problema serio con la población norteamericana, a quien parece importarle poco o nada su propio sistema democrático. Así, en una de las elecciones más importantes de las últimas décadas, donde en lo interno está en juego el control de la pandemia del Covid 19, el modo de desarrollo de la economía, la manera de enfrentar los problemas de seguridad y la evolución del conflicto racial, y en el ámbito externo la política a seguir sobre el cambio climático en el planeta, el tipo de relaciones con los tradicionales aliados, especialmente europeos, el  modo de abordar la creciente influencia China, casi la mitad de los estadounidenses que aún votan lo hacen por un presidente racista, misógino, ignorante, que en lo internacional ha generado una tensión con sus aliados europeos de la Otan, iniciado una guerra comercial con China, y que, en el ámbito nacional, bajo su mandato, en pocos meses, han muerto más de 230 mil personas, más de cuatro veces los muertos en los 13 años de la intervención norteamericana en la guerra de Viet Nam, víctimas de una enfermedad, que el mismo presidente había calificado como una farsa.

En verdad hace muchos años que Estados Unidos ya no es ejemplo de libertad ni de democracia (si es que alguna vez lo fue), lo actualmente novedoso parece ser que esa realidad hoy resulta imposible de esconder.

 

viernes, 30 de octubre de 2020

LA LUCHA POR EL DERECHO

 


Hace casi 150 años, Rudolf von Ihering, uno de los filósofos del derecho más importantes del siglo XIX, publicaba un ensayo que rápidamente se haría famoso, (al menos 23 ediciones antes de la muerte de su autor) y cuyo título, “La Lucha por el Derecho”, (1872), da cuenta de un fenómeno que con frecuencia se quiere negar. En él, nada más comenzar, expone lo que es la idea principal de todo el ensayo, “Todo derecho en el mundo debió ser adquirido por la lucha”.

Y nuestro pueblo y su historia, dan cuenta de la veracidad de esa afirmación. Ni la jornada de 8 horas, ni el derecho a vacaciones, ni la protección contra la enfermedad, ni el derecho a sindicalizarse, ni el derecho a voto femenino, ni nada, ha sido regalo desde la oligarquía dominante. Todos esos derechos y múltiples más, son resultado de la heroica lucha del pueblo, a menudo en las calles, y decenas de veces con muertos, por conseguir una vida más digna. Y hoy la situación no es distinta. Como es sabido, el plebiscito fue la consecuencia directa de la lucha iniciada por los estudiantes secundarios en octubre del 2019, a las que se unieron rápidamente millones de personas de todas las edades y condiciones. Como todos los logros de nuestro pueblo, este no ha sido ni fácil ni gratuito. Decenas de muertos, cientos de mutilados, miles de torturados (solo el Instituto Nacional de Derechos Humanos ha presentado más de 2.520 querellas por violaciones de los derechos humanos, referidas a 3.203 víctimas) son algunas de las cifras que esas jornadas nos han dejado.

Chile está en deuda con todos ellos, con las familias de los asesinados, con quienes perdieron la vista, con los cientos que sufrieron mutilaciones, con quienes sufrieron vejaciones, golpes y torturas. A ellos les debemos gran parte de lo que hemos avanzado en este último año, desde el retiro del 10% de las AFP, hasta el proceso de elaboración de una nueva constitución, desde el límite a la reelección de los políticos, hasta la reducción de su suelto.  La historia les reconocerá el lugar destacado que se merecen. Pero no basta con ello. Es preciso que hoy, no mañana, las sistemáticas violaciones a los DDHH realizadas por la policía se investiguen y sancionen, que las víctimas de la violencia estatal conozcan la verdad, se haga justicia y el Estado las repare por dichas violaciones. Pero aún no basta con ello, es preciso que a la brevedad se ponga término a ese encarcelamiento injusto en que hoy se mantiene a quienes fueron encerrados por luchar.

En verdad existen múltiples razones para pedir, en verdad exigir esa libertad. Y sin duda no es la menor el saber que gracias a la acción valiente y decidida de muchos de ellos hemos ido cambiando nuestra realidad y abriendo el camino a un Chile más digno. Hoy cuatro de cada cinco chilenos han dado fe que queremos y necesitamos una nueva constitución. Pero ésta posibilidad de exigir esa nueva carta magna sólo fue posible gracias a las movilizaciones sociales.

¿Qué los encarcelados actuaron con violencia en algún caso? Puede ser. Desde luego algunos son dignos representantes de la “primera línea”, esa heterogénea multitud de jóvenes, adultos, estudiantes, trabajadores, profesionales, cesantes, que unidos por el único afán de contener la represión, y permitir a otros que se manifestaran libremente, en el más ejemplar ejercicio del derecho a la legítima defensa de terceros, se enfrentaron directamente con los esbirros del sistema que querían impedirla. Pero ni siquiera eso es seguro. Con una policía para la cual la mentira y el montaje están en su ADN, como nos lo recuerdan los casos de Rodrigo Avilés, Camilo Catrillanca, Operación Huracán, por mencionar algunos pasados, el reciente caso del muchacho arrojado al río Mapocho, en que en cuestión de horas Carabineros dio tres versiones diferentes (Hasta El Mercurio hacía hincapié en ello, y el domingo 04.10.2020, en la primera página del cuerpo C, publicaba un recuadro bajo el título “Las Versiones de la Policía”), o simplemente la ridícula cifra de 25 mil personas que dio la institución para la concentración del 25 de octubre celebrando el triunfo del Apruebo), no podemos asegurar que las personas hoy presas por luchar efectivamente hubieren cometido algún acto de violencia. Si a ello le agregamos un Poder Judicial que envía a la cárcel a quien rompe un torniquete del Metro, y libera a quien totalmente borracho atropella a una persona por ser hijo de un senador, o manda a clases de ética a quienes se coluden para robaron cientos de millones de dólares a toda la población, con una jueza que en opinión de otro juez “… fundamentó su resolución “…en prejuicios, estereotipos, odio, sesgo (u) … otra consideración espuria…”, y no en los hechos de la causa que se le acababan de exponer, tampoco podemos confiar en ellos.

Hay también otra razón para exigir su libertad. Desde una perspectiva doctrinaria, debemos recordar que el derecho penal es la última ratio, es decir el último recurso a utilizar por el Estado, cuando no puede, por otros medios, conseguir sus legítimos objetivos. Pero aquí los objetivos perseguidos, impedir las manifestaciones populares, negar el poder constituyente a la ciudadanía, seguir lucrando con la educación, la salud o las pensiones, mantener los altísimos niveles de explotación a los trabajadores, etc., lejos de ser legítimos, son espurios. Pero además, teóricamente, si efectivamente hubiera actuado con las otras ramas del derecho, accediendo a las legítimas peticiones del pueblo, no habría sido necesario el recurso penal, (aunque sabemos, y von Ihering lo ratifica, que los derechos se consiguen luchando).

(Por otro lado, si alguien cree que con simples movilizaciones “pacíficas” se habrían obtenido estos resultados, debemos recordarles que esas movilizaciones multitudinarias y pacíficas ya se habían realizado (marchas por el derecho a la educación, por No más AFP, por los derechos de la mujer, …) y nada, absolutamente nada se había logrado).


             También te puede interesar: ¿Tú condenas la violencia venga de donde venga? Yo No, porque    lo estimo inmoral


No podemos olvidar tampoco que las personas privadas de libertad han sido sometidas a violaciones sistemáticas de sus derechos humanos. Desde luego han sido privadas de libertad sin que exista razón jurídica alguna, pues todas las investigaciones se podrían haber realizado sin necesidad de mantenerlos encarcelados. Pero además, en algunos casos, especialmente en quienes fueron detenidos durante las manifestaciones, porque el mismo hecho de la detención fue violento, y en todos, porque las condiciones de vida en todas las cárceles del país (a excepción de Punta Peuco, a donde por cierto no enviaron a nadie detenido en las manifestaciones), constituyen una permanente violación a los más básicos derechos humanos, como por lo demás lo señalan cada años los informes del propio Poder Judicial.

Von Ihering, de quien por supuesto nadie puede sospechar que era marxista, violentista o cualquier otro apelativo de los que se suelen utilizar para deslegitimar las manifestaciones populares, nos ilustró, hace casi 150 años, que luchar por el derecho no puede ser ilegal, sino más aún, que a menudo es en verdad un imperativo ético.  Plantea este autor, en el texto referido, que las personas tienen una especie de obligación moral de luchar contra la injusticia. De este modo, se parte luchando por una norma moral y se termina consagrándola como norma jurídica. Los actuales presos políticos han luchado contra la injusticia, nos corresponderá ir avanzando en transformarlas en normas jurídicas. Pero mientras tanto, debemos de luchar por la libertad de ellos.

En nuestro sistema existen mecanismos jurídicos que permiten, sin que nadie pueda cuestionar su legalidad, dejar en libertad a quienes millones de chilenos les deben parte de su tranquilidad económica en los últimos meses y sus esperanzas políticas. Instituciones como el indulto y la amnistía precisamente están para situaciones como éstas, pero por cierto ni el gobierno, ni la derecha jamás las utilizarán para liberar a quienes han ayudado a poner en riesgo sus múltiples privilegios. Tampoco podemos confiar en todos los políticos de oposición, aunque muchos de ellos se hayan subido al carro de la victoria iniciada con las movilizaciones, y pretendan profitar de ellas, cuando precisamente estuvieron por paralizarlas con ese acuerdo espurio que firmaron, pero que en definitiva, y por la presión del pueblo ha ido dando frutos.

El mantener encarcelados, a más de un año de las movilizaciones, a cientos de personas que participaron en ellas, es por sobre todo, un acto de venganza de un sistema político y económico que se resiste a dar paso a uno nuevo, en donde verdaderamente podamos tener una vida más digna. Luchar por la liberación de los presos por luchar no es sólo un acto de agradecimiento, es por sobre todo un acto de justicia.

 

Octubre de 2020