miércoles, 5 de diciembre de 2018

MARIHUANA, RAZONES PARA CAMBIAR EL MODELO PROHIBICIONISTA




Cada cierto tiempo y por diferentes razones, se abre el debate sobre la eventual legalización del consumo de marihuana, especialmente aquel que sólo tiene una finalidad recreativa. Y cada vez son más quienes se pronuncian contra el modelo prohibicionista que hoy la enfrenta. En verdad todo hace pensar que, más temprano que tarde, y como ha ido ocurriendo ya en otros países, su consumo se liberalice, o al menos cambie sustancialmente el modelo actual. Pero antes que ello ocurra, podremos seguir pagando un precio altísimo por mantener la prohibición.

El modelo prohibicionista se sostiene, en el discurso, sobre la base de la defensa de la salud de la población. Pero basta pensar en el tratamiento legal que se le da al alcohol o el tabaco, cuyo consumo es, de todas maneras más pernicioso que el de la marihuana, para comprender rápidamente que la protección de la salud no es suficiente para entender la saña con que se persigue esta sustancia. En verdad ni siquiera es fácil entender esta situación, pues se conjugaron para ello consideraciones racistas, moralizantes, políticas y por cierto económicas.

De partida, recordemos que lo que está en discusión es el uso del recurso penal para impedir el consumo de una sustancia, y que dicho recurso, lejos de ser una herramienta común de salud pública, es (o debiera ser) el último instrumento al que debe acudir el estado para afectar los derechos de las personas (principio de necesidad y mínima intervención, también llamado de “ultima ratio”).


Pero aún más, tratándose de un tema de política criminal (o criminológica como habría dicho el profesor Quiroz Cuaron), en donde parecen colisionar derechos individuales y sociales, las verdaderas cuestiones a discutir son claramente otras:


a)    ¿Tiene el estado derecho a impedir, a una persona adulta, y desde el punto de vista jurídico plenamente capaz, el consumo voluntario de una sustancia, sobre la base del daño a la salud que ella puede ocasionarle?


b)    ¿La política que bajo la amenaza de la sanción penal busca impedir dicho consumo, genera efectivamente más beneficios que su despenalización?


Y en aquellos países, como el nuestro y muchos más, en donde la prohibición penal de la marihuana se ha sustentado en principios de dudosa legitimidad, es necesario también formularse una tercera pregunta:


a)    ¿Son legítimos los mecanismos penales que actualmente se utilizan en la persecución de consumidores y proveedores de marihuana?


Respecto de esta última, nos hemos pronunciado latamente en este mismo blog “Marihuana: Derecho Penal del Enemigo”, haciendo presente, que en nuestra opinión, el modelo prohibicionista aplicado viola de manera flagrante principios como el de lesividad, culpabilidad, proporcionalidad de las penas y otros, y remitimos a los lectores de este artículo al ya mencionado.

      

 https://fernandogarciadiaz2015.blogspot.com/2015/10/marihuana-derecho-penal-del-enemigo.html

      La primera es una cuestión jurídico política, ¿hasta dónde alcanza la potestad punitiva del Estado en una sociedad democrática?, y sus consideraciones principales son de naturaleza filosófico jurídicas. La segunda en cambio, ¿la política prohibicionista aplicada genera efectivamente más beneficios que su despenalización? es una cuestión de hecho, que exige sustentarse empíricamente.

Por cierto podemos discutir latamente sobre estos temas, pero al menos parece necesario tener presente lo siguiente.


1.    Por un lado, el derecho a la libertad personal y el respeto y protección a la vida privada, se encuentran garantizados debidamente en nuestra Constitución. Por otro, el derecho a la salud, en la perspectiva de su protección penal, se ha entendido siempre frente a atentados de terceros, (vg. homicidios y lesiones) no propios (no se sancionan ni las autolesiones ni el suicidio). De este modo, y desde una primera lectura, centrada en los derechos de las personas, no queda claro que el Estado democrático tenga facultades para intervenir penalmente limitando la libertad personal y la vida privada, al impedir conductas que, en el peor de los casos, pudieran estimarse autoatentados.


2.    Las políticas públicas, de cualquier tipo que sean, debieran sustentarse como mínimo sobre la base de la racionalidad y la universalidad de las normas (donde existe la misma razón, debe existir la misma disposición, dice el principio jurídico). De lo contrario, más que normas legales preocupadas de defender un bien jurídico determinado, son meras discriminaciones irracionales o con ocultos propósitos. Y en el caso que analizamos no encontramos racionalidad ni coherencia ¿O es que quienes son partidarios de la prohibición de la marihuana, también piden la prohibición del alcohol y del tabaco? Después de todo, y de esto no hay duda, por un lado cada una de esas sustancias posee una toxicidad mayor que la marihuana y por otro, en Chile al menos, el consumo de cada una de ellas es un problema de salud pública muchísimo más grave que el del consumo de marihuana. Y si de impedir el consumo de sustancias por el daño que hacen se trata, ¿debiéramos sancionar penalmente a quien ofrece dulces o pasteles a un adulto diabético, sabiendo que lo es? ¿o a quien siendo hipertenso mantiene un significativo aprovisionamiento de charqui para los próximos meses?


3.    Por otro lado, de manera análoga a lo planteado por quienes insisten en que quienes nos manifestamos en contra de la prohibición desconocemos el daño que el consumo de marihuana provoca en las personas, podemos señalar que quienes son partidarios de mantener la prohibición, desconocen el tremendo daño que produce la penalización de su distribución. Este daño presenta múltiples alcances, entre los cuales es posible destacar:


a.    A la vida y la seguridad de los habitantes, al aumentar la violencia, como consecuencia de los ajustes de cuentas, los enfrentamientos entre narcotraficantes, o de estos con la policía, al generar degradación urbana  y pérdida de espacios públicos, al hacer colapsar el sistema penal, y al generar mayor control y represión sobre poblaciones vulnerables.
b.    A la salud, al potenciar la venta de sustancias adulteradas, (incluso con solventes en algunos casos), con dosis de THC desconocidas y variables, o al dificultar que se recurra oportunamente al terapeuta, como consecuencia de la estigmatización que significa reconocerse “drogadicto”.
c.    Al erario nacional, que debe destinar cientos de millones de dólares, en policías, fiscales, defensores, armas, vehículos, tribunales, gendarmes, cárceles, comida, alojamiento, etc., para mantener un modelo penal cuya ineficiencia hoy muy pocos discuten.
d.    Al ámbito político y público, al aumentar la corrupción, la deslegitimación institucional y la violación de los derechos humanos.


4.    Por último, recordemos que el modelo prohibicionista no ha tenido éxito en ningún país del mundo y por el contrario, su fracaso estrepitoso se escucha en todo el planeta cada vez con más fuerza.


Como escribimos hace ya casi veinte años, “…legalizar la droga puede ser una alternativa real para enfrentar los problemas que la prohibición genera…” y en definitiva, establecer sistemas efectivos, humanitarios y de salud pública, para la regulación de las sustancias psicoactivas.




Santiago, diciembre de 2018


martes, 27 de noviembre de 2018

ROBO DE ESCULTURAS, ROBO DE PATRIMONIO CULTURAL


Sr. Director

En nuestro país el patrimonio cultural es noticia muy pocas veces al año. El Día del Patrimonio o cuando algo se roban, (como ocurrió con la espada del General Bulnes) y en estos últimos meses por los intentos de repatriación del Moais del Museo Británico y recientemente por la recuperación de 10 esculturas robadas, y encontradas en una hacienda en la Región de O´Higgins. Pero ni el Patrimonio Cultural se puede reducir a un día al año, ni su destrucción y saqueo a los robos de unas esculturas.

Durante más de 25 años hemos denunciado como el empobrecimiento de nuestro patrimonio cultural, en esta época, es esencialmente obra del ser humano (ayer pudo haber sido la naturaleza, con sus terremotos, inundaciones o el simple paso del tiempo).  Destrucción y daño, saqueo de sitios arqueológicos y paleontológicos, robos de museos, iglesias y colecciones particulares, tráfico ilícito, son las principales conductas que lo disminuyen, falsificaciones, las principales que lo empobrecen. Y si bien hemos avanzado algo, desde aquel inoperante Consejo de Monumentos Nacionales que a principios de los años 90 ni siquiera poseía la lista de aquellos bienes que había declarado tales, hasta el reciente Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio Cultural, seguimos en deuda con el tema, pues carecemos de la conciencia básica sobre su importancia. (La realización del rally Dakar en nuestro país, con sus más de cien sitios arqueológicos destruidos en las dos primeras versiones, fue una clara muestra de ello).

Sigue pendiente un  reconocimiento constitucional a las funciones del Estado en esta materia (el constitucionalismo patrimonial viene de los tiempos de la Constitución de Weimar en Alemania, (1919), y en España incluye la obligación de sancionar penalmente los atentados contra el patrimonio), la estructuración de una institucionalidad más sólida, la definición de obligaciones más precisas (cuando todos tienen la misma y general obligación, nadie la tiene), una integración ciudadana más relevante, la formación de profesionales especializados (en materia jurídica ni siquiera existe el ramo “derecho del patrimonio cultural”, menos la especialización), entre otras, y por cierto más recursos.

En materia de investigación y recuperación de especies robadas es altamente loable la función de la PDI, que con su Brigada especializada y su página web con “Obras de Arte Robadas”, ha contribuido eficientemente a la recuperación de decenas de obras. Pero su labor, prácticamente aislada, sigue siendo insuficiente. El “mercado del arte robado” es extremadamente rentable, tiene características internacionales (el ejemplo del “Pelargonis Chilensis”, recuperado desde Alemania gracias a la buena voluntad deMuseo Senckenberg de Frankfurt, es un buen ejemplo de ello), y puede llegar a ser muy complejo. Se hace imprescindible al menos la integración permanente de un equipo especializado que comprenda investigadores (policías y fiscales), expertos en arte y periodistas que difundan las noticias especialmente de los robos, (mientras más conocida es la pieza, mayores son las probabilidades de recuperarlas).

La desaparición de nuestro patrimonio cultural es en buena parte la desaparición de nuestra identidad.

Atte.

Fernando García Díaz
Abogado
Profesor Universidad de Chile, Facultad de Arte
Postítulo Restauración de Patrimonio Cultural Mueble

miércoles, 7 de noviembre de 2018

PALMA SALAMANCA, LAS (POSIBLES) RAZONES DE UN ASILO POLÍTICO




La decisión de Francia de conceder asilo político a Ricardo Palma Salamanca, y la consiguiente improbabilidad que paralelamente otorgue la extradición solicitada para cumplir la pena impuesta por el asesinato de Jaime Guzmán, ha removido especialmente (aunque no exclusivamente) a la derecha chilena, que desde el gobierno y los partidos políticos que la integran, ha salido, con toda su fuerza mediática, en contra de dicha decisión.

Un resumen de los principales argumentos esgrimidos para cuestionar el otorgamiento de asilo político, encontramos en la respuesta de la Cancillería a las palabras del canciller francés: “El Gobierno de Chile manifiesta enérgicamente que en Chile existe, y existía al producirse los acontecimientos que se describen, un régimen plenamente democrático y un Estado de Derecho plenamente vigente”.

Algunos discursos han insistido también en la condición de “senador” de Guzmán y por cierto todos han condenado el asesinato.

Un importante grupo de personas se siente sorprendida por los hechos. No les resulta clara la situación. Intentaremos explicar algunas cosas.

Más allá de esos argumentos, lo primero que queda claro, es ese doble estándar que sobre estos temas se presenta. Todos podemos recordar que cuando alguien insiste en la necesidad de verdad y justicia en los casos de los detenidos desaparecidos, muchos de los que hoy abogan por la extradición, piden olvidarse del pasado y “mirar hacia adelante”, cosa que hoy por cierto no hacen luego de 27 años del homicidio de Guzmán. También podemos recordar que la mayoría nada han dicho sobre la no extradición de Pedro Barrientos, ex militar, criminal de lesa humanidad, y asesino de Víctor Jara, y sin embargo ahora, el Presidente Piñera incluso ha enviado una carta personal al Presidente de Francia para que intervenga a favor de la extradición (lo que en nuestra opinión puede entenderse incluso como una muestra de una ignorancia supina, o una clara afrenta a la democracia francesa, en cuanto solicita al titular del ejecutivo que desconozca la independencia que tienen en ese país las instituciones que conceden asilo o la extradición).

Pero más allá de nuestra legítima discusión política al interior del país, resulta necesario que nos preguntemos por qué, en el resto del mundo, y en especial en Francia, no se acogen nuestras peticiones de extradición cuando se trata de personas que lucharon contra la dictadura, incluso si las acciones que se juzgan son posteriores a ella. No olvidemos que ya Suiza, en 1997, negó la extradición de Patricio Ortiz Montenegro, el año 2010 Argentina negó la extradición y dio asilo a Galvarino Apablaza Guerra, el 2014 Francia niega la extradición de Francisco Peña Riveros, y ahora concede asilo a Ricardo Palma Salamanca.
Lo primero que tenemos que considerar es que el otorgamiento de asilo formalmente no cuestiona la reprochabilidad del delito, ni legitima su comisión, cuestiona la respuesta del Estado frente a esos hechos, pero sin duda se da en un espacio político.

El otorgamiento de asilo político a Ricardo Palma Salamanca se da en el contexto de una petición de extradición pendiente, y que, en caso de otorgarse, podría significar la entrega de Palma Salamanca al gobierno de Chile, para que cumpla las diferentes penas a que los tribunales de nuestro país lo condenaron. Ahora bien, cuando de por medio está una petición de extradición, y por tanto el candidato a asilado político puede ser entregado, por la fuerza, al país que solicita su extradición para, en este caso hacer que cumpla una condena, quienes deciden la concesión o no de asilo político, deben considerar elementos políticos y jurídicos referidos en lo esencial, al momento del juicio y al momento de ser eventualmente entregado para cumplir la condena. Se trata de saber por un lado si tuvo un juicio legítimo, básicamente “justo”, o si, por el contrario, el proceso careció de las garantías mínimas que un proceso penal de esta naturaleza exige, para asegurar el respeto a los derechos humanos del inculpado y por sobre todo el derecho a una auténtica defensa. Por otro lado, debe considerarse también si al enviarle a cumplir la condena, el gobierno que solicita la extradición garantiza la vida y el no sometimiento a torturas y tratos crueles, inhumanos o degradantes del extraditado, pues de lo contrario el gobierno que entrega al extraditado aparece, nacional e internacionalmente al menos, como corresponsable de la situación del extraditado.

Suponer que en una decisión de “asilo político” no hay consideraciones “políticas” y sólo “técnicas” o “jurídicas”, parece al menos una ingenuidad. Por el contrario, es lógico pensar que éstas, las consideraciones políticas, informan todo el proceso de asilo. Más aún nos parece indispensable que precisamente para conceder asilo “político”, las personas que deciden sobre la materia no sólo están plenamente informadas de la historia y los protagonistas respecto de quienes se deben pronunciar, sino que aún es su obligación profesional hacerlo. Y si ello es así, lo primero que empieza a cuestionarse son los criterios que se han esgrimido para justificar la extradición.

El asesinato de Guzmán se cometió el 1 de abril de 1991, el proceso en contra de sus autores se inició de inmediato. Ricardo Palma Salamanca fue detenido el 25 de marzo de 1992 y condenado tiempo después. Todo ello, en “pleno sistema democrático”, como dice el gobierno. ¿O no?

¿Qué opinarán los franceses sobre eso? Es cierto que ya formalmente no podía actuar la Dina o la CNI, pero ¿Alguien cree seriamente que en Francia se estime “plenamente democrático” un gobierno en que el dictador, genocida y ladrón que gobernó durante 17 años es el Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas? Y más aún, cuando poco antes, en noviembre de 1990, había dirigido una operación de presión política consistente en un acuartelamiento militar, eufemísticamente llamado “ejercicio de enlace”, porque se intentaba investigar un pago de 3 millones de dólares por parte del ejército a uno de sus hijos? ¿Es “plenamente democrático” un gobierno qué tiene un “Consejo de Seguridad Nacional”, integrado, entre otros por los Comandantes en Jefe de las distintas ramas de las fuerzas armadas, que puede autoconvocarse por dos de sus miembros, y tiene atribuciones para “representar” su opinión ante las más altas autoridades del país, frente a hechos que, a su juicio, atentan gravemente en contra las bases de esa institucionalidad que la misma dictadura ha dejado amarrada? ¿Considerarán los franceses “plenamente democrático” un gobierno con un poder legislativo enclaustrado por senadores designados, cuórum inalcanzables y un sistema de elección binominal en que vale lo mismo el 34% que el 66%? Y si hablamos de los protagonistas principales ¿será lo mismo en el mundo europeo, y especialmente en Francia, haber sido parte importante de una dictadura genocida, que torturó, violó, asesinó e hizo desaparecer a miles de personas -incluyendo más de una decena de francesas- condenada sistemáticamente por Naciones Unidas, que haber luchado contra esa dictadura?  ¿Qué valor tendrá para un francés la condición de “senador”, de alguien elegido mediante un procedimiento binominal, diseñado por el mismo para que las mayorías valgan lo mismo que las minorías?

Y si respecto del proceso se trata, no podemos olvidar que éste, para cualquier europeo con conocimientos sobre la materia, se encuentra deslegitimado desde su origen. El procedimiento aplicado, y único vigente a esa fecha, es el regulado especialmente en nuestro Código de Procedimiento Penal, escrito, inquisitivo, con la principal etapa investigativa de carácter secreta y en que el mismo juez que investiga es el que acusa y condena, que, desde su origen, en 1894, cuando se presenta el proyecto al Congreso, se reconoce en el Mensaje, como incapaz de responder a los estándares que ya, en esa fecha se estimaban necesarios para que un procedimiento penal tuviera plena legitimidad.

A esto hay que añadir un poder judicial que no había variado sustancialmente desde los tiempos de la dictadura, y que ante la humanidad toda, había sido servil hasta los niveles más increíbles con esa dictadura, que a la fecha del juicio de Palma Salamanca seguía sin variaciones sustanciales, y que no había mostrado el más mínimo interés en hacer justicia -salvo casos personales, aislados, como los de jueces inolvidables y valientes, como José Cánovas Robles y Carlos Cerda- respecto de los crímenes de lesa humanidad cometidos por el gobierno defendido por Guzmán, y que aún 10 años después fue incapaz de juzgar a Pinochet, no obstante el compromiso de hacerlo, contraído con el gobierno inglés para obtener que lo dejara en libertad.

Y si a eso agregamos la investigación y detención por una policía que aún mantenía entre sus funcionarios a elementos que habían pertenecía a las instituciones que más torturaron y asesinaron durante la dictadura, y que aún operaba con procedimientos absolutamente reñidos con los derechos humanos, resulta difícil que un francés legitime plenamente el proceso de Palma Salamanca, estimando que este se dio en un “régimen plenamente democrático y un Estado de Derecho plenamente vigente”.

Suponiendo que el análisis de la situación referida al juicio de quien se solicita la extradición hubiera pasado el rasero de la legitimidad, corresponde al gobierno que analiza el otorgamiento de un posible asilo, asegurarse que la persona entregada en extradición tenga garantizada su vida, y que no serán sometidas, por el Estado, a torturas, y tratos crueles, inhumanos o degradantes.  Y es que en una sociedad democrática y de derecho, nadie, por muy criminal que sea, puede estar condenado a situaciones degradantes que atentan contra su indignidad.

Y aquí, nuestro país tampoco tiene mucho que ofrecer. Nuestras cárceles, lugares al que el Estado ha enviado de manera obligada a determinadas personas, y por tanto es plenamente responsable de las condiciones que allí se dan, y de lo allí sucede, como lo reconoce todo el mundo, constituyen espacios de violación sistemática, permanente de los derechos humanos más básicos. Hacinamiento extremo, falta de higiene básica, violencia diaria, son algunas de las características de nuestras cárceles. Más aún, ni siquiera la vida de quienes en ella están se encuentra mínimamente garantizada. Hace unos meses, y en respuesta a la solicitud de un diputado, Gendarmería informaba que había habido, entre 2011 y 2016, 886 muertes registradas por personas privadas de libertad, en 59 centros penitenciarios del país, y que un tercio de ellas era por peleas o ataques. Probablemente los franceses supieron que en 1992, Pedro Ortiz Montenegro, hermano de Patricio Ortiz Montenegro, a quien Suiza se negó a extraditar a Chile, había sido asesinado por gendarmes encargados de su vigilancia cuando intentaba fugarse de la ex Penitenciaría de Santiago. Con toda seguridad sabían que el 8 de diciembre del 2010 un incendio en la cárcel de San Miguel dejó 81 muertos, y al menos 17 heridos. Con toda seguridad sabrán que en los mismos momentos en que ellos otorgaban el asilo a Palma Salamanca, el viernes 2 de noviembre en que la Oficina Francesa de Protección a los Refugiados y Apátridas (Ofpra) anu nciaba la concesión de asilo a Ricardo Palma Salamanca, en el centro penitenciario Santiago 1, era asesinado Kevin Garrido Fernández, de 21 años, condenado el pasado 5 de septiembre por la colocación de artefactos explosivos.

¿Te parece que hay razones para entender la decisión francesa de otorgar asilo político a quien cometió un delito hace 27 años, prescrito ya según la legislación de ese país?


viernes, 12 de octubre de 2018


DESTRUCCIÓN DE LAS IDEAS Y LOS OBJETOS CULTURALES
(Sobre el saqueo y destrucción cultural de nuestra América)


Desde la perspectiva directa de lo que puede ser el patrimonio cultural, esta vez entendido como conjunto de bienes materiales de naturaleza cultural, la colonización constituye también una tragedia. El robo de los bienes sirvió dos finalidades diferentes. La primera, y más obvia, llenar las alforjas de los conquistadores, que veían así la posibilidad de enriquecerse rápidamente. La segunda, de naturaleza ideológico política, fortalecer el discurso cultural hegemónico que el poder precisaba para dar sostenibilidad y permanencia al esfuerzo conquistador, que exigía mostrar la superioridad del europeo sobre el aborigen. Por ello, un esfuerzo especial se hizo para destruir sus ideas, así como sus creencias y prácticas religiosas, para lo cual se utilizaron todos los mecanismos, incluyendo el robo de imágenes, objetos, artefactos, para su posterior destrucción.
“Desde la época de Juan de Zumárraga, primer Obispo de México y gran destructor de antigüedades religiosas, se realizó un intento sistemático de borrar todo rastro de los cultos precristianos. En 1531, afirmó en sus escritos que personalmente había arrasado 500 templos y destruido 20.000 ídolos”([34]), según dice Paul Johnson en la obra ya citada. Se trata, como señala Fernando Baez, de borrar la memoria del adversario, para insertar la propia, para reconfigurar una identidad sumisa([35]).(¡Y pensar que faltaban siglos para que naciera Gramsci, y más todavía para que la UDI (Chile), descubriera su perfil siniestro!)
En esta misma línea debe entenderse una situación especial ocurrida con el pueblo inca. Configurado ya el imperio, la alta productividad alcanzada por su tecnología alimentaria permitió que miles de personas dedicaran su capacidad laboral a otras actividades, como construir caminos, desviar ríos, vaciar pantanos, allanar colinas, y en algunas oportunidades, construir verdaderos palacios para el rey, con parques, campos, jardines, palomares, cotos de caza, etc. Dentro de estos últimos Quispiguanca, propiedad de Huayna Capac, fue uno de los más destacados. Lo más curioso quizás es que Huayna Capac siguió siendo dueño de ese palacio y sus tierras circundantes, incluso muchos años después de su muerte, en Ecuador, hacia 1527. Y es que los reyes, momificados, perduraban con gran poder detrás del trono. El culto a los antepasados es una práctica generalizada en todo el continente americano a la llegada del invasor europeo, y en el Imperio Inca, respecto de sus reyes, que después de todo eran hijos del Sol, adquiría una dimensión excepcional. De hecho, el Inca reinante visitaba con cierta frecuencia las momias de los reyes anteriores, a quienes pedía consejos sobre decisiones trascendentales que debía tomar. Las momias, que permanentemente estaban acompañadas de varios servidores que las atendían, respondían a través de oráculos que hablaban por ellas.
A medida que el Imperio iba desapareciendo, los incas realizaron ingentes esfuerzos por mantener los símbolos de la autoridad, entre los cuales las momias, como hemos señalado, tenían una especial significancia. “Grupos de siervos recogieron los sagrados cuerpos de sus reyes para ocultarlos en las inmediaciones de Cuzco, donde los veneraban en secreto desafiando a los sacerdotes españoles” ([36]). Los españoles por su parte, hicieron todo tipo de esfuerzos destinados a hacer desaparecer las religiones ancestrales de indígenas, y una de ellas fue precisamente, eliminar la adoración que a los restos de los hijos del sol practicaban los incas. En esa línea, en 1559,  Juan Polo de Ondegardo, recién nombrado corregidor del Cuzco y decidido a poner término a la “idolatría” que manifestaban los aborígenes, descubrió y confiscó probablemente todas las momias de reyes existentes. Al sur del Cuzco, en una casa en la aldea Wimpillay, incautó las momias de los reyes del Bajo Cuzco, y en distintos lugares, las momias de los reyes del Alto Cuzco, hasta completar 11 momias. Según señalan algunas fuentes, varias de esas momias fueron enviadas a Lima, en donde se exhibieron, como curiosidades, en el Hospital de San Andrés, lugar al que por cierto, sólo llegaban pacientes de origen europeo. Allí estuvieron las momias varias décadas, para la curiosidad y el morbo de quienes las querían ver, hasta que el clima, más cálido y más húmedo que el del Cuzco, las empezó a deteriorar. Atendido esto, fueron enterradas ocultamente, para evitar las manifestaciones de amor y reverencia que el pueblo les brindaba. En 1876, José Toribio Polo, (1841- ) uno de los más destacados historiadores y hombre público del Perú, en la segunda mitad del siglo XIX, abrió una cripta en el Hospital de San Andrés buscando precisamente las momias de los reyes incas; en 1937, José de la Riva Agüero (1885-1944), escritor, político e historiador peruano que desde las filas del nacionalismo terminara incorporándose a las corrientes fascistas de la época, efectuó excavaciones dentro del Hospital con la misma finalidad. El 2001, más de 400 años después que Polo de Ondegarlo privara al pueblo inca de las momias de sus antepasados, Brian Bauer, arqueólogo, Teodoro Hampe Martínez, historiador, y Antonio Coello Rodriguez, también arqueólogo, intentaron una vez más recuperar esas momias, reparar en parte el agravio que se había infligido y devolver al pueblo peruano parte importante de su herencia, sin conseguirlo. Hasta hoy, nadie sabe donde reposan los restos de los más grandes reyes que tuvo el imperio Inca.
Uno de los crímenes culturales más relevantes ocurridos durante este período corresponde a la destrucción masiva de los textos aztecas. Fueron probablemente miles los textos existentes en el imperio, a la llegada de los españoles, que daban cuenta de las más variadas actividades y creencias de los aborígenes. Motolinía, en un texto conocido como “Epístola Proemial”, publicado al comienzo de su conocida Historia nos aproxima a esta realidad. “Había entre estos naturales cinco libros, como dije, de figuras y caracteres. El primero habla de los años y tiempos. El segundo de los días y fiestas que tenían todo el año. El tercero de los sueños, embaimientos, vanidades y agüeros en que creían. El cuarto era el del bautismo y nombres que daban a los niños. El quinto de los ritos y ceremonias y agüeros que tenían en los matrimonios”([37]). Pero el autor no se queda ahí, y no obstante estimar que dichos textos contienen los errores propios de pueblos paganos, reconoce el manejo que esta cultura tiene del calendario, por lo demás bastante superior al utilizado en Europa en esa época. Y así señala “De todos estos, al uno, que es el primero, se puede dar crédito, porque habla la verdad, que aunque bárbaros y sin letras, mucha orden tenían en contar los tiempos, días semanas, meses y años y fiestas como adelante parecerá. Y así mismo contaban las hazañas y historias de vencimientos y guerras y el suceso de los señores principales; los temporales y notables señales del cielo y pestilencias generales; en qué tiempo y de que señor acontecían y todos los señores que principalmente sujetaron esta Nueva España hasta que los españoles vinieron a ella”( ([38]).) Sobre el destino de dichos textos, Fray Diego Landa, de quien ya hemos hecho referencia, lo describe así: “Usaba también esta gente ciertos caracteres o letras con las cuales escribían en sus libros sus cosas antiguas y sus ciencias, y con estas figuras y algunas señales de las mismas entendían sus cosas y las daban a entender y enseñaban. Hallámosle gran número de libros de estas sus letras, y porque no tenían cosas en que no hubiese superstición y falsedades del demonio, se los quemamos todos, lo cual sintieron a maravilla y les dio mucha pena”([39]).
En una conducta similar, casi en los confines del mundo, en aquellos lugares donde ejercía sus dominios el imperio inca, fueron destruidos miles de “quipus”, sistema de cuerdas integrado por una cuerda principal de la que dependen otras, de diferentes colores y anudadas de diferentes maneras, que en un principio se creyó eran sistemas memotécnicos para recordar cantidades, y hoy, se cree, al menos por algunos científicos, que se trata de un complejo sistema tridimensional de escritura.
La gran motivación del conquistador es obtener riquezas, y en aquella época eso es sinónimo de oro y plata. Ese oro y esa plata que a unos enloquece y a otros hace esclavos.  Por ello, en un primer momento, todo el oro y la plata posible de robar fue robado. Todo el oro y la plata posible de fundir fue fundido. Sólo se salvaron aquellos bienes que no tenían en ese momento valor económico para los europeos, no parecían constituir una manifestación de paganismo o no estaban al alcance de los conquistadores. La descripción que hace un historiador indígena de los españoles de Pizarro, entrando al templo del sol luego de haber recibido el rescate por Atahualpa, muestra claramente esa realidad: "Forcejeando, luchando entre ellos, cada cual procurando llevarse del tesoro la parte del león, los soldados, con cota de malla, pisoteaban joyas e imágenes, golpeaban los utensilios de oro o les daban martillazos para reducirlos a un formato más fácil y manuable... Arrojaban al crisol, para convertir el metal en barras, todo el tesoro del templo cobrado..."
En esta primera etapa el valor patrimonial de la obra no es en absoluto considerado. Más aún, su desprecio constituye un elemento necesario del proyecto explotador. Los "indios" son racialmente inferiores, sus religiones simples herejías, su idioma un dialecto y, en definitiva, su cultura es barbarie e incivilización. En esta perspectiva, su destrucción entonces no constituye pérdida alguna, y por el contrario, puede entenderse como requisito indispensable precisamente para civilizarlos, o para convertirlos a la religión verdadera, y con frecuencia, para ambas cosas, que son inseparables. Se trata por lo demás de una práctica que ya viene milenaria de los cristianos contra el paganismo, y que se asumió nada más llegar al poder. “… hay que recordar que los edictos del emperador Teodosio-con quien el cristianismo se convirtió en religión estatal- además de ordenar la destrucción de los templos paganos y de prohibir en el año 393 los Juegos Olímpicos, puesto que celebraban una festividad de esa religión, arrasaron también el bosquecillo sagrado de Dafne, donde estaba la fuente Castalia, catada por diversos poetas de la antigüedad grecolatina. Se debe también al “celo” de Teodosio a favor del cristianismo, entonces en expansión, la destrucción de la estatua de Zeus, obra celebérrima de Fidias…”([41])([42]).                    
Como contrapartida, el simple desprecio por algún símbolo cristiano trae los peores castigos. Entre las tradiciones y leyendas ecuatorianas hay una que da cuenta de esta situación. En el centro de Quito, restaurada con posterioridad al terremoto de 1987, se levanta la llamada “Iglesia del robo”. Según cuenta la leyenda, la noche del 19 de enero de 1649, varios sacerdotes subían por la quebrada de Jerusalén, en la misma ciudad de Quito, cuando encontraron, esparcidas en suelo, un conjunto de hostias, y el respectivo copón en donde ellas se guardaban. Ante tamaño sacrilegio, se iniciaron procesiones para calmar la furia de Dios, hasta encontrar a los ladrones. Tiempo más tarde fueron acusados unos indígenas, que habían  robado el copón, creyendo que era de plata y poseía valiosas joyas en su interior. Al no encontrar nada de eso, simplemente los botaron a la quebrada y huyeron a Conocoto. Y si hemos de creer en la leyenda, ésta, según testimonio entregado en una página web denominada “Quito, Historia y leyenda”, continúa:
-       ¿Qué castigo recibieron los ladrones?
-        El morir ahorcados, arrastrados y descuartizados.
-        ¿Se cumplió esa orden?
-        Al pie de la letra. En el lugar donde los religiosos encontraron los objetos sagrados se levanta hoy la Iglesia del robo([43]).
Y en lo que a nosotros nos interesa, lo más probable es que de ser cierta la historia, ese haya sido el final. Después de todo se trata del pecado de “sacrilegio”, o más precisamente, de la “profanación de la eucaristía”, que merece las peores penas.
Sólo si algún valor poseen sus elementos (oro, plata, piedras preciosas, etcétera), éstos son considerados como tales. Consecuencia de este criterio es que los primeros años que siguieron a la llegada del europeo significaron el robo y la destrucción de millones de piezas de las culturas aborígenes. Si ellas eran de oro, las posibilidades del robo eran totales, si alcanzaban a ser descubiertas por los españoles. Sólo para pagar el rescate de Atahualpa se juntaron objetos por más 6.080 Kg de oro y 11.872 Kg de plata. Como se sabe, además, y no obstante haber recibido el rescate, Pizarro y sus hombres igualmente asesinaron al heredero del imperio inca.
Considerados como signos de ignorancia o paganismo, los bienes culturales de los pueblos precolombinos carecen absolutamente de valor y perfectamente pueden ser destruidos sin consideración alguna. Y esta percepción es compartida incluso por las vanguardias artísticas de la época, para quienes el arte aborigen americano carece tan absolutamente de significación, que no ejerce ninguna influencia en el arte europeo, a diferencia por ejemplo de lo que va suceder con el arte negro africano, cientos de años más tarde, en pleno siglo XX.
Durante este período, la mayor parte de los sitios monumentales de América fueron destruidos. Y en esta búsqueda de perfección del discurso hegemónico, se utilizó una modalidad ya probada con y por los musulmanes, la construcción de nuevos templos, sobre lo que fueron lugares de adoración y/o admiración de antiguos dioses y reyes. La Catedral Metropolitana de la Ciudad de México, no sólo está construida sobre lo que fue posiblemente un templo dedicado a Quetzalcóatl , y otras edificaciones menores, sino que incluso aprovechando el mismo material de dichos templos aztecas. La mítica “piedra de los doce ángulos”, sorprendente testimonio arqueológico y arquitectónico de la destacadísima tecnología inca, y del grado de perfección alcanzado en sus murallas, ubicada en el Cusco, formaba parte del muro exterior del palacio atribuido a Inca Roca (Sexto soberano de los incas - siglos XIII-XIV), hoy lo hace del Palacio Arzobispal. La iglesia de San Juan Bautista, en el departamento de Huancavelica, actual Perú, fue construida sobre los cimientos del antiguo Intiwasi incásico y en Bolivia, la Iglesia de Tiwanaku, la Basílica de Nuestra Señora de Copacabana, y la monumental Iglesia de San Francisco en el centro de la ciudad de La Paz, utilizan piedra labrada extraída del antiguo templo de Tiwanaku.
De esta época muy pocos objetos culturales que llegaron a manos de los europeos se salvaron. Curiosidad y una buena dosis de desprecio y racismo permitieron que se conservara uno de los más refinados objetos del arte plumario azteca, (expresión artística por lo demás hecha desaparecer por el europeo, y a hasta hace muy poco ridiculizada como símbolo del “indio americano”)  tocado con más de 580 plumas verdes de quetzal, trabajado y adornado en su parte inferior con plumas de colibrí en azul, rosa, verde y marrón. Según la tradición, perteneció a Moctezuma, quien se lo envió a Cortés en 1519, creyendo que se trataba de Quetzlacoatl. Fue enviado a Europa poco después de la conquista, y hoy, lejos de la cultura que le dio origen, se exhibe en el Museo Etnológico de Viena. Una situación similar ocurre con un manto de plumas, que hoy se exhibe en el Museo Pigorini de Roma.
La justificación de todo esto, el asesinato, el robo, el saqueo, la destrucción, la mayor parte de las veces no es necesaria. Por regla general nadie hay a quien rendir cuentas. Y en las pocas oportunidades que ello parece tener alguna importancia, la conversión al cristianismo puede resultar una buena excusa.
Es importante destacar además que este modelo económico que destruyó a la América indígena, también contribuyó generosamente a la destrucción del África negra. Desde los primeros años del siglo XVI y hasta avanzado el siglo XIX millones de personas de color negro salieron del continente africano, en calidad de esclavos, para ser traslados con cadenas, hasta las minas, los ingenios azucareros, las plantaciones de algodón, el simple interior de las mansiones, y en general en donde se necesitara mano de obra. El tráfico de esclavos constituyó un próspero negocio para ingleses, holandés y una tragedia de dimensiones inimaginables no sólo para los 40 millones de esclavos robados desde sus tierras, sino también para la población africana que permaneció en el continente, que vio como secuestraban a su gente,  y sufrió la permanente angustia de verse prisionero de los traficantes.
El primer período de destrucción acelerada del patrimonio cultural americano se caracteriza entonces por su particular brutalidad, por dirigirse contra hombres y cosas, y particularmente por desconocer total y absolutamente la condición de patrimonio cultural a aquellos elementos que se destruyen.  En cuanto a sus alcances, al igual como ocurre con los dos períodos siguientes, y a diferencia del actual, él se referirá exclusivamente contra el patrimonio cultural aborigen.
A título de ejemplo, que jamás podría constituir una enumeración exhaustiva, este significó:
En primer lugar la muerte masiva de los constructores y destinatarios de ese patrimonio cultural, y como consecuencia de ello, y de la prohibición de ejercer las actividades culturales prohibidas, la pérdida del conocimiento para elaborar dichas obras, como ocurrió con el arte plumario, o para interpretar su contenido, como pasó con los códices mayas.
En el ámbito de la cultura inmaterial, la desaparición de cientos de lenguas autóctonas, la casi extinción de otras y la imposición del monolingüismo, en gran parte del continente; la desaparición de los sistemas políticos y organizativos de los pueblos americanos, que en sus múltiples manifestaciones democráticas no sólo habían dado origen al federalismo, con la “Liga Iroquesa”, sino que fue precisamente un jefe iroqués, Canassatego, quien primero se lo propusiera en 1744, en Pensilvania, a los británicos([44]), la imposición de la religión cristiana occidental, a millones de personas politeístas, y probablemente también a algunos monoteístas, como lo eran las tribus… al sur de Chile, la desaparición de la farmacopedia indígena, muy superior también a la Europea([45]), o el calendario azteca, también superior al europeo de la época.
Desde la perspectiva del patrimonio cultural material, y teniendo claro que no se trata sino de aspectos preferentemente inmateriales o materiales, debemos señalar la destrucción de estructuras urbanas completas, desde pequeños poblados de pocas residencias o habitaciones, a ciudades enormes como Tenochtitlan, de mayor tamaño que París o Londres en aquella época, y desde pequeños senderos, a rutas de miles de kilómetros, como el “camino del Inca”, en Los Andes de sud América. Así mismo, la desaparición de miles de edificios públicos, o privados, como palacios, mercados, centros astronómicos, religiosos, templos, cementerios, enterratorios, pertenecientes a miles de culturas diferentes.  Por último, también es digno de destacar la destrucción de millones de objetos artísticos, pinturas, esculturas, tallados, muestras de orfebrería, de uso militar, religioso, científico o simplemente cotidiano.
La suerte del imperio azteca es similar a la de todos los pueblos americanos. Y C.W. Ceram la describe así “el emperador Cuitlahuac murió de viruela a los cuatro meses y le sucedió Cuauhtémoc, de veinticinco años de edad. Este defendió la capital del país con tal tenacidad que, a pesar de los nuevos refuerzos con que Cortés contaba, le causó mayores pérdidas que cualquiera de los jefes aztecas anteriores. Pero el inevitable final era la destrucción de Méjico; se incendiaron las casas, se derrumbaron las estatuas de los dioses, se cubrieron los canales -Méjico hoy día ya no es una Venecia- y, por último, Cuauhtémoc cayó prisionero y fue torturado y ejecutado por los invasores”([46]).
El resto de América tuvo un destino similar.





[34] JOHNSON, PAUL “La Historia del Cristianismo”, ediciones B.S.A., 1° edición, Barcelona septiembre de 2010, pag. 536.
35] BAEZ, FERNANDO “El saqueo Cultural de América Latina. De la Conquista a la globalización. Editorial debate. Primera edición en la Argentina bajo este sello, julio 2009, pag. 271
[36] PRINGLE, HEATHER, “Las encumbradas ambiciones de los incas”, en National Geographic en Español, abril 2011, vol. 28, Num. 4, pág. 24
[37] MOTOLINÍA, TORIBIO DE BENAVENTE “Historia de los Indios de la Nueva España”, disponible en http://www.fundacionaquae.org/sites/default/files/motolinia_indios_de_nueva_espana.pdf
[38] MOTOLINÍA, TORIBIO DE BENAVENTE, op. Cit.
[39] DE LANDA, DIEGO. “Relación de las cosas de Yucatán”,  capítulo XLI Siglo de los Mayas – Escritura de ellos, en  http://www.wayeb.org/download/resources/landa.pdf
[41] BAUZA, HUGO FRANCISCO “Qué es un mito. Una aproximación a la mitología clásica”, Fondo de Cultura Económica, primera edición Buenos Aires 2005, pág. 155
[42] La estatua de Zeus a la que se refiere es una de las Siete Maravillas del Mundo Antiguo, de aproximadamente unos 12 metros de altura, que había sido trasladada desde Olimpo hasta Constantinopla, en donde fue destruida.
[43]  Quito, Historia y leyenda, en  http://library.thinkquest.org/C005463F/robo.html
[44] Véase WEATHERFORD, JACK “El Legado Indígena. De cómo los indios americanos transformaron el mundo”, Traducción de Roberto Palet, Editorial Andrés Bello de España, primera edición, Barcelona,  2000,  especialmente el capitulo 8°, “Los Padres Fundadores Indios”.
[45] Véase WEATHERFORD, JACK, op. cit,  especialmente el capitulo 10°, “El Indio Sanador”. En el mismo sentido, referido al uso de sustancias psicoactivas, GARCÍA DÍAZ, FERNANDO “El consumo de Drogas en los Pueblos Precolombinos. Elementos para una política criminal alternativa”, en Revista Electrónica de Ciencia Penal y Criminología, Universidad de Granada, RECPC 04, r3, 2002, http://criminet.ugr.es/recpc/recpc_04-r3.pdf
[46] CERAM, C. W. “Dioses, tumbas y sabios”, ediciones Destino, colección Destino libro, Volumen 12, primera edición en este formato: mayo 2003, pág. 333, Barcelona, España.



miércoles, 10 de octubre de 2018

DESTRUCCIÓN DE LOS SUJETOS DE CULTURA AMERICANOS (Sobre el saqueo y destrucción cultural de nuestra América)





"Si alguna vez se ha aplicado con precisión a un caso la palabra genocidio, es a éste. Me parece que es un record, no sólo en términos relativos (una destrucción del orden de 90% y más), sino también absolutos, puesto que hablamos de una disminución de la población estimada en 70 millones de seres humanos. Ninguna de las grandes matanzas del siglo XX puede compararse con esa hecatombe”

Tzvetan Todorov



El primer período de destrucción y saqueo acelerado del patrimonio cultural americano se dio con el descubrimiento europeo del continente, y los siguientes inicios de la conquista de él. Manifestado en su forma más brutal, se expresó en toda la extensión que su contenido avasallador lo permitió, que puede, sólo para efectos de análisis, clasificarse en tres grandes categorías, la destrucción de los hombres, la destrucción de las ideas, la destrucción de los objetos.


La llegada del hombre europeo, significó en primer lugar el exterminio, la eliminación física de millones de sujetos de cultura, ya en su condición de creadores de ella, de sus destinatarios, o de ambos. En segundo, se eliminaron millones de textos, pintura, escultura, viviendas, centros religiosos, millones de expresiones materiales, artísticas, religiosas, educativas, políticas o simplemente pertenecientes a la vida cotidiana de miles de pueblos. Además, se hizo desaparecer de la faz de la tierra cientos de idiomas, miles de canciones, poesías, cuentos, leyendas, elementos constitutivos todos ellos de un riquísimo patrimonio cultural inmaterial. En definitiva, los procesos de descubrimiento y conquista en sus primeras décadas, hicieron desaparecer, de manera acelerada, tal cantidad de expresiones del patrimonio cultural material e inmaterial de los pueblos americanos, que el patrimonio cultural de la humanidad se empobreció considerablemente para siempre. En verdad es de tal envergadura este fenómeno, el exterminio de los pueblos americanos, que aun cuando puede parecer sólo un mecanismo indirecto de destrucción del patrimonio cultural, nos parece imposible soslayar. Y ello adquiere más relevancia, en nuestra perspectiva, cuando fenómenos similares, que también mencionaremos, se dieron con posterioridad.


Por supuesto que no hay cifras precisas sobre la población indígena existente en América, a la llegada del hombre europeo, a fines del siglo XV. El antropólogo H.F Dobyns señaló, en sus primeros trabajos que serían entre 90 y 112 millones. S.F Cook y W.W. Borah refiriéndose sólo a la población de la meseta central de Nuevo México fijaron la cantidad en más de 25 millones. Tzvetan Todorov, señala textualmente “Sin entrar en detalles y para dar sólo una idea general… diremos que en el año 1500 la población global debía ser de unos 400 millones, de los cuales 80 estaban en las Américas. A mediados del siglo XVI, de esos 80 millones quedan 10. O si nos limitamos a México: en víspera de la conquista, su población es de unos 25 millones; en el año 1600, es de un millón”([5]). Otros autores han dado cifras mucho menores, indicando que a lo más se trataría de unos 30 millones en todo el continente. Ahora bien, ya sea que a la llegada de los europeos la población americana sumara más de 100 millones, o sólo fuera una población de entre 25 a 30 millones, lo cierto es que un siglo y medio después se encuentra reducida en total a unos 3 millones y medio de habitantes.


Hablamos de una situación en que la población es “diezmada” para describir el horror que significó la muerte de un gran porcentaje de personas. Matar al 10%, 1 de 10, es el sentido literal, y la expresión histórica proviene del castigo que aplicaban los romanos contra las poblaciones que se sublevaban. La peste negra, que asoló a Europa a mediados del siglo XIV y que aún se recuerda por el brutal exterminio que produjo, mató a aproximadamente al 30% de la población. Si consideramos como cierta la cifra de menor población estimada para América, sobrevivió el 10% de la población. Si por el contrario, como cree la mayoría de los expertos, la población era de entre 70 y 100 millones, se trata de la mayor matanza ocurrida jamás en la historia de la humanidad. Ya no es sólo un porcentaje brutal el exterminado, el 90 o 95 por ciento de la población, es también la muerte del mayor número de personas habida jamás en el planeta. ¡Más de 70 millones de muertos! Ni siquiera la suma de víctimas de las dos guerras mundiales es capaz de compararse con el exterminio en América. Steven Katz, autor de la principal historia del fenómeno del holocausto en la historia de la humanidad([6]) ha dicho, en un lenguaje más conciliador que la despoblación del Nuevo Mundo, con todo su terror y su muerte, muy probablemente se trata del mayor desastre demográfico de la historia. Tzvetan Todorov, en ese extraordinario estudio del problema del otro en la conquista de América, es más drástico. Allí señala textualmente “Si alguna vez se ha aplicado con precisión a un caso la palabra genocidio, es a éste. Me parece que es un record, no sólo en términos relativos (una destrucción del orden de 90% y más), sino también absolutos, puesto que hablamos de una disminución de la población estimada en 70 millones de seres humanos. Ninguna de las grandes matanzas del siglo XX puede compararse con esa hecatombe”([7])
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Tres son las principales causas de la muerte.


La primera, la muerte ocasionada por la violencia del conquistador. Aquí están por cierto los muertos en combate, aquellos miles que murieron en muy desiguales batallas contra el invasor. Pero no sólo ellos. Aquí también están los cientos de miles de aborígenes indefensos que son asesinados impunemente por cualquier razón, las miles de víctimas de esa brutalidad humana incomprensible, inimaginable casi, las más de las veces con una crueldad repugnante incluso, de la que dan cuenta centenares de textos. Diego de Landa,  por ejemplo, cuyo texto, descubierto recién en 1863,  posibilitó en parte el descifrar los jeroglíficos mayas, en el capitulo XV de la “Relación de las cosas de Yucatan” señala textualmente “Quemaron vivos a algunos principales de la provincia de Cupul y ahorcaron a otros. Hízose información contra los de Yobain, pueblo de los cheles, y prendieron a la gente principal y, en cepos la metieron en una casa a la que prendieron fuego abrasándola viva con la mayor inhumanidad del mundo, y dice este Diego de Landa que él vio un gran árbol cerca del pueblo en el cual un capitán ahorcó muchas mujeres indias de las ramas y de los pies de ellas a los niños, sus hijos”([8]).  Y más adelante agrega “Que se alteraron los indios de la provincia de Cochua y Chectemal y los españoles los apaciguaron de tal manera que, siendo esas dos provincias las más pobladas y llenas de gente, quedaron las mas desventuradas de toda aquella tierra. Hicieron (en los indios) crueldades inauditas cortando narices, brazos y piernas, y a las mujeres los pechos y las echaban en lagunas hondas con calabazas atadas a los pies; daban estocadas a los niños porque no andaban tanto como las madres, y si los llevaban en colleras y enfermaban, o no andaban tanto como los otros, cortábanles las cabezas por no pararse a soltarlos. Y trajeron gran número de mujeres y hombres cautivos para su servicio con semejantes tratamientos.”([9]). Por su parte, el Padre Las Casas, que como es sabido dedica una serie de textos a denunciar el mal trato, entre las decenas de casos que describe, refiriéndose a la isla de Cuba señala “Después que todos los indios de la tierra desta isla fueron puestos en servidumbre e calamidad de los de la Española, viéndose morir y perecer sin remedio, todos comenzaron a huir a los montes; otros, a ahorcarse de desesperados, y ahorcábanse maridos e mujeres, e consigo ahorcaban los hijos; y por las crueldades de un español muy tirano (que yo conocí) se ahorcaron más de doscientos indios”([10]) y concluye “Pereció desta manera infinita gente”([11]).


En nuestro país la violencia y la crueldad, poco narrada, se vive desde los comienzos de la llegada del europeo. Diego de Almagro, nada más cruzar la cordillera, hizo morir en la hoguera a algunos jefes indígenas, Alonso de Reinoso hizo morir en la pica a Caupolicán y García Hurtado de Mendoza torturó a Galvarino, cortándole las manos.


El segundo grupo muere como causa de la esclavitud y la explotación sistemática que se hizo de ellos. El conquistador vino a buscar riquezas, a hacerse de una fortuna, y para lograrlo sólo tiene el poco tiempo que la breve vida de aquellos años le otorgaba. Es urgente reunir, en el más breve plazo, la mayor cantidad de oro y riquezas posible, sin importar la salud o la vida de quienes trabajan para ello. La primera y mayor explotación se da en las minas, que son la segunda fuente de riqueza que se explota (la primera son los tesoros acumulados por los aborígenes); pero más adelante se extiende a todo tipo de trabajos. Jornadas extenuantes de 18 a 20 horas, falta de alimentación adecuada, y condiciones de trabajo miserables deterioran rápidamente la salud de los aborígenes y rápidamente cobran la vida de millones de ellos. Toribio de Benavente, religioso franciscano conocido como “Motolinía”([12]) llegó a México en mayo de 1524([13]), y años después escribió un texto dando a conocer la historia de la conquista, como las costumbres, modos de vivir, ritos y cultura de los indios. Publicado recién fragmentariamente en 1848 y completo en 1858, constituye una de las fuentes históricas más importantes de la época. Conocido como “Historia de los Indios de la Nueva España”, al inicio describe las supuestas diez plagas que Dios ha enviado a los aborígenes. Refiriéndose a la novena plaga señala “… o los ocupaban en hacer casas y servirse de ellos, adonde acababa la comida, o se morían allá en las minas o por el camino porque dineros no los tenían para comprarla, ni había quien se las diese. Otros volvían tales, que luego morían y de estos y de los esclavos que morían en las minas fue tanto el hedor, que causó pestilencia, en especial en las minas de Oaxyecac, en las cuales media legua a la redonda y mucha parte del camino, apenas se podía pasar sino sobre hombres muertos o sobre sus huesos; y eran tantas las avesy cuervos que venían a comer sobre los cuerpos muertos, que hacían gran sombra al sol, por lo cual se despoblaron muchos pueblos, así del camino como de la comarca”([14]).

Así, a poco andar, la ausencia de mano de obra genera el mayor tráfico de esclavos jamás registrado. Cuando aún no han pasado 20 años desde la llegada a esas tierras, ya en 1511, se establece la esclavitud en Cuba, que si bien va estar unida a la historia de la industria azucarera y particularmente al trabajo en los cañaverales, especialmente desde finales del siglo XVIII y principios del XIX, en su origen está encaminada a proveer de mano de obra en las minas y en el trabajo doméstico([15]). Por ello, no puede extrañar lo que señala, Jack Weatherford, “El producto más demandado por los españoles eran los esclavos, porque ya habían terminado con los indios del Caribe”([16]).


La explotación colonial es tan brutal que sólo Potosí, ese mineral de plata que por un tiempo fue la ciudad más grande de América “requirió el trabajo de tantos esclavos indios..”([17]) que “… se tragó 8 millones de mineros indígenas”([18]).


La imagen del conquistador español, que algunos historiadores, españoles los más, pero también americanos, han querido propagar, de patriota, fiel soldado, y férreo defensor de la doctrina cristiana, mas bien parece una ilusión, una verdadera ironía,  frente a la realidad de un hombre ambicioso, sin escrúpulos, cruel y sanguinario, ávido de oro, mujeres y tierras.


La tercera causa sistemática de muertes es la ocasionada por las enfermedades.

A la llegada de los españoles, los indios americanos gozaban de buena salud. Y en lo esencial, ello era el resultado de un conjunto de situaciones, casuales algunas, consecuencia deliberada del actuar humano otras.


Desde luego no existía en América, a diferencia de lo que ocurría en el mundo occidental, un conjunto de enfermedades altamente contagiosas y con elevados índices de mortalidad. En verdad si exceptuamos la sífilis, cuyo origen aún se discute y existen fundadas razones para suponerle un origen Europeo, los aborígenes americanos desconocen las grandes epidemias. Como señala Woodrow Borah, experto en historia de la enfermedad en América “… los indígenas americanos tuvieron relativamente pocas enfermedades, y aparte de desastres naturales como inundaciones y sequías que echaban a perder las cosechas, parece que disfrutaban de una buena salud”([19]). Por lo demás, una conclusión como ésta es la única compatible con lo que se viviría después, una inmensa mortalidad en América producto de las enfermedades introducidas por el europeo, y la total ausencia de un fenómeno similar en Europa con enfermedades provenientes de América.


Por supuesto que lo anterior no significa ausencia de enfermedades. En América también las había, pero eran de menor mortalidad, y, aún cuando todavía puede parecer curioso (dada la ignorancia y subvaloración del aporte indígena a la formación mundo moderno) frente a ellas los aborígenes habían desarrollado una farmacopea extraordinaria.


Hacia fines del siglo XV, y mediados del siglo XVI, y mientras la medicina europea aún discute los aportes Hipócrates, Galeno o Avicena, y las teorías humorales de Aristóteles,  los aborígenes americanos investigan y experimentan de manera que aún resulta asombroso. Y es que si bien el método científico es un invento netamente europeo, y nada hay, como reflexión universal que se le parezca en el resto del planeta, los indios americanos, investigaban y experimentaban con los productos de la naturaleza, generando una extraordinaria farmacopea, capaz de aliviar decenas de males, para muchos de los cuales los europeos no tenían respuesta alguna.


Especialmente las culturas maya, azteca e inca, conocían el uso de innumerables plantas medicinales, entre las que podemos destacar la coca, el yagé, el yopo, el tabaco, el curare. Pero no solo ellos. El primer tratamiento del escorbuto que llamó la atención de los europeos se menciona en el Diario del explorador francés Jacques Cartier (1491-1557) correspondiente a su segundo viaje a América. Allí da cuenta de cómo el invierno de 1535 -1536 los sorprende en la desembocadura del hoy río San Carlos, quedando atrapados en el hielo. A mediados de febrero, la gran mayoría de tripulantes, franceses e iroqueses padecen escorbuto. Al ver que algunos nativos se salvan Cartier consulta cautamente, por temor a que la debilidad de los tripulantes pudiera ocasionarle mayores problemas. Allí se entera que la preparación de hojas de un determinado árbol, conocido por los hurones como “annedda” podía curar el escorbuto. La historia bien podría pasar como anécdota, sin embargo, como ha destacado Jack Weatherford, el episodio indicado da cuenta de la mentalidad americana y de la superioridad del modelo farmacológico americano. “El descubrimiento indígena de drogas medicinales para una amplia gama de enfermedades no fue una circunstancia fortuita, según la cual América fue bendecida por la naturaleza con más drogas por descubrir. Si bien la quinina y el ipecac crecían sólo en América, la cura del escorbuto ilustra la superioridad general del conocimiento médico y farmacológico indígena. El Viejo Mundo abundaba en plantas que podrían haber curado fácilmente esta enfermedad, pero la ciencia occidental las ignoró hasta que los indios demostraron su utilidad” ([20]).


De los extensos y complejos conocimiento médicos americanos la mayoría se perdieron por la acción “civilizadora” de los europeos. Algunos indicios quedan en el llamado Códice Badiano, cuyo título en latín es precisamente “Libellus de medicinalibus indorum herbis”, Libro de las hierbas medicinales de los indios, en el en el códice Magliabecchi, y en las crónicas de algunos autores de la época.


A principios del año 2012 se divulgó la noticia que las investigación coordinadas por el profesor Francisco Ayala, de la Universidad de California habían permitido identificar cómo llegó la malaria a Sud América([21]). Mediante análisis de ADN de muestras de sangre humana de pacientes infectados, se pudo determinar que vino desde África con la trata de esclavos. Conocida en el Viejo Mundo desde tiempos inmemoriales, la malaria o paludismo atacó y provocó la muerte de millones de personas, sin que se conociera un tratamiento eficaz para su prevención o curación. Introducida en América, los indígenas pronto descubrieron que una de sus fármacos tradicionales, la corteza del quino, llamada quina, aliviaba rápidamente los síntomas. De la quina-quina, llamada “corteza de corteza” por sus poderes medicinales, los científicos franceses Joseph Pelletier y Joseph Caventou van a extraer, en 1820 el principio activo de dicha corteza, y siguiendo en parte la nomenclatura quechua llamaran “quinina”, principio activo de la cloroquina, medicamento que hasta hoy se emplea en el tratamiento de la malaria([22]).


La investigación y experimentación con productos naturales es de tal envergadura, que a la llegada de los hombres del Viejo Mundo los americanos conocen el uso de más de 110 plantas con efectos psicoactivos, Esto es identifican la planta, seleccionan la parte de ésta que concentra mejor sus potencialidades y conocen el mecanismo de ingestión más adecuado. Así por ejemplo, el cacao se bebe, “sangre de los dioses” le llamaban los aztecas, el tabaco se fuma y la hoja de coca se masca. Frente a esto, los europeos son capaces de manejar entre 12 o 14 plantas con efectos psicoactivos([23]).


Y la buena salud parecía no sólo corresponder a los seres humanos, sino también a sus fuentes de alimentación, dado que no existen registros de plagas que las pusieran sistemáticamente en peligro. De este modo el hambre, que desde los tiempos bíblico constituía una permanente tragedia para los invasores, en América “…parecía ausente en comparación con la escasez periódica que amenazaba a los europeos durante los años de cosechas perdidas y hambrunas”([24]).


La introducción de una enfermedad en una población que nunca antes la había experimentado, o que había estado libre de ella por tantas generaciones que cualquier tipo de inmunidad adquirida había desaparecido, las llamadas epidemias de  “suelo virgen”,  atacan con extrema virulencia. Tal es así, que incluso a menudo presenta síntomas muy diferentes de aquellos con que suele identificarse en poblaciones que la padecen como endémica, y que son aquellas en donde se suelen haber estudiado.


 Los europeos habían soportado durante milenios las enfermedades endémicas que, con brotes epidémicos, habían asolado ese continente. Las epidemias a menudo habían ocasionado  estragos en Europa. Recuerdos de sus efectos se tenían desde la Guerra del Peloponeso, cuando una epidemia azotó Atenas, facilitando claramente el triunfo espartano. La “Muerte Negra” venida desde el este, asoló el continente europeo a mediados del siglo XIV, diezmando la población. Pero nada hay en los registros de la historia, hasta hoy, similar a lo que sufrieron los aborígenes americanos. Lowell y Cook, editores del libro que con el nombre de “Juicios Secretos de Dios”, en el artículo que cierra el conjunto de textos de ese libro señalan “Sin embargo, fue en el Nuevo Mundo, no en Europa, donde los brotes de enfermedades probablemente causaron la mayor pérdida de vidas humanas conocida en la historia. Es del todo probable que tras la expansión transoceánica de Europa a finales del siglo quince ocurriera la mortalidad más grande jamás conocida”([25]).


De este modo, los invasores, que eran a menudo sobrevivientes de ellas pues las habían padecido en su infancia, no sufrieron las consecuencias desastrosas que tuvieron para la población aborigen.


Más que a la guerras, muchos autores atribuyen a las enfermedades traídas desde Europa un rol preponderante en la debilitación de los pueblos aborígenes y como consecuencia de ello en la derrota militar frente al invasor.  “Ya sea que hablemos del siglo dieciséis o del dieciocho, de los Aztecas o los Mapuches, es indudable que las infecciones epidémicas del Viejo Mundo dieron forma decisiva a los destinos del Nuevo Mundo. Las epidemias brotaron temprano y se apagaron tarde”([26]).


Y la verdad es que el impacto es de tal naturaleza, que necesariamente debió haber afectado la situación de los nativos. Por un lado disminuía directamente las posibilidades de resistencia con la muerte o la enfermedad de posibles soldados. Por otro lado, generaba situaciones de gobernabilidad precaria cuando las autoridades morían inesperada y masivamente, como ocurrió con Huayna Capac, generando la guerra entre Atahualpa y Huáscar, que tan beneficiosa resultó para Pizarro. Otro efecto no menor, era el pánico que ocasionaban estas epidemias en la población sana, que se acrecentaba con enfermedades como la viruela, que desfiguraban el rostro y el cuerpo. Dado además el profuso intercambio comercial existente entre los aborígenes de lejana regiones, no es infrecuente que algunas epidemias se desplacen de manera más rápida que los propios conquistadores, contribuyendo a debilitar a los indígenas antes que estos deban enfrentar siquiera al invasor. Un buen ejemplo de ello lo cita  Uriel García Cáceres, en un trabajo sobre la implantación de la viruela en Los Andes. Allí señala “En el caso del Imperio Inca, la viruela, el sarampión y la gripe llegaron diez años antes que Pizarro y sus huestes. Como si se tratase de esos adelantados – los agentes microbianos causantes de estas graves enfermedades - castigaron a los supuestos infieles a la religión de las Santas Majestades, los reyes y reinas de España, para preparar su sometimiento”([27]). Probablemente llegaron por el sur, desde Buenos Aires, más que desde Panamá, en donde se encontraba un contingente de españoles desde donde saldría más tarde Pizarro.


Sobre la responsabilidad en relación con esta causa de muerte, se han planteado las posiciones más extremas, desde quienes rechazan cualquier indicio de responsabilidad para los europeos, hasta quienes los ven como total y absolutamente responsables. Entre estas últimas, destaca la de Fernando Báez, quien expresamente señala “La responsabilidad de las epidemias, en todo caso, se enmarca dentro de los crímenes voluntarios y no accidentales, pues los conquistadores causaron este daño con premeditación. Usaron a los enfermos que traían para diezmar a los indígenas y desmoralizarlos; no lo evitaron”([28]).


La verdad es que obviamente los españoles de la época no poseían los conocimientos y las capacidades técnicas para controlar absolutamente  las enfermedades que llevaban por primera vez a tierras americanas, pero eso no los libera de su responsabilidad. Por una parte ellos sabían que varias de las enfermedades más graves, como la viruela, el sarampión, y la gripe, se trasmitían por contagio de persona a persona, y ya en la edad media se habían desarrollado prácticas de aislamiento de los enfermos para impedir su difusión, y poco o nada se hizo a menudo por los aborígenes. Por otro lado, y en esto se ha insistido poco, las condiciones de vida inhumana en que han puesto a los aborígenes son tan precarias, que éstos resultan fácil presa de todo tipo de enfermedades. Trescientos años después de la llegada de Colón, el naturalista alemán Alexander von Humbolt hacía hincapié en la estrecha relación entre las enfermedades, y en particular la viruela, y  las condiciones de hambre en que vivían los aborígenes. Más aún, en reiteradas oportunidades hay conductas claramente dirigidas a utilizar la enfermedad como castigo, incluso favoreciendo su difusión. García Cáceres, en el artículo ya citado, describe la situación más extrema. Haciendo referencia a la historia de la viruela escrita por Behbehani ([29]), recuerda que en 1633 ”… el gobierno colonial inglés instruyó a sus tropas para esparcir frazadas contaminadas con viruela para ser recogidas por los nativos y así ayudar a su exterminación” ([30]).


Por último, tampoco se debe olvidar que los propios conquistadores utilizaron la propagación de las enfermedades en la población aborigen, y no en ellos, (o al menos no con dimensiones similares), como prueba de su superioridad, y por sobre todo del castigo de Dios. Motolinía comienza el primer capítulo de su ya citada “Historia” señalando “Hirió Dios y castigó esta tierra y a los que ella se hallaron, así naturales como extranjeros, con diez plagas trabajosas. La primer fue de viruelas…”([31]). Por su parte Pedro de Liévano, Deán de la Catedral de Guatemala, en 1582 escribía “En lo que toca a morirse los indios e ir en disminución, son juicios secretos de Dios que los hombres no los alcanzan y lo que este testigo ha visto en el tiempo que ha estado en estas provincias es que desde la provincia de México han venido tres o cuatro pestilencias con las cuales ha venido la tierra en grandísima disminución”([32]), según texto que da inicio al libro de LOVELL, GEORGE y DAVID COOK ya citado, que precisamente se titula “Juicios Secretos de Dios”, ironizando con el texto citado.


El primer elemento de destrucción de la cultura se dio entonces mediante el exterminio, mediante el genocidio de los actores culturales. Pero ello no quedó reducido a los aspectos materiales, los europeos destruyeron intelectualmente también la imagen del aborigen, creando realidad al respecto. Así, desde un comienzo vieron en los primero habitantes de América lo que siglos más tarde van a ver en sus propios delincuentes, primero intuitivamente, y luego de la obra de C. Lombroso, “El Hombre delincuente”, de forma “científica”, los rastros más claros de la degeneración, la regresión atávica a situaciones intermedias entre el europeo y el antropoide. Para la propia Iglesia católica, los nativos americanos, como por lo demás ocurrió con casi todos los pueblos no europeos, siempre presentaron un marcado nivel de inferioridad. Ya fuera que la actitud se traducía en la explotación más desenfrenada, en la defensa ideológica de dicha explotación, o aún en una conducta marcadamente paternalista, lo cierto es que siempre se actuó desde la superioridad. Como ha señalado Paul Johnson, en La historia del Cristianismo”([33]), jamás se les concedió la condición de cristianos adultos. Siempre se actuó con ellos como si se encontraran permanentemente en una especie de interdicción.



Notas

[5] TODOROV, TZVETAN “La Conquista de América. El problema del otro”, Siglo XXI editores, 9° edición en español, Madrid, 1998, pág. 144.

[6]  Katz ,Steven The Holocaust in Historical Context,

[7] TODOROV, TZVETAN “La Conquista de América. El problema del otro”, Siglo XXI editores, 9° edición en español, Madrid, 1998, pág. 144.

[8] DE LANDA, DIEGO Texto disponible en


[9] DE LANDA, DIEGO op. cit 

[10] LAS CASAS, FRAY BARTOLOMÉ “Brevísima relación de la destrucción de las indias”, texto disponible en http://aix1.uottawa.ca/~jmruano/relacion.pdf

[11] LAS CASAS, FRAY BARTOLOMÉ “Brevísima relación de la destrucción de las indias”

[12] MOTOLINÍA, expresión náhuatl, “el que es pobre”, nombre dado por los aborígenes americanos, que el propio Toribio de Benavente prefirió ocupar, y por el que es más conocido en la historia.

[13] El texto de Motolinía señala erradamente 1523

[14] MOTOLINIA, “Historia de los Indios de la Nueva España”, disponible en http://www.fundacionaquae.org/sites/default/files/motolinia_indios_de_nueva_espana.pdf

[15] Así, CARRERAS, JULIO A. “Esclavitud, Abolición y Racismo”,

[16] WEATHERFORD, JACK “El Legado Indígena. De cómo los indios americanos transformaron el mundo”, Traducción de Roberto Palet, Editorial Andrés Bello de España, primera edición, Barcelona,  2000,  pág. 41

[17] WEATHERFORD, JACK. op. cit.,  pág. 15

[18] WEATHERFORD, JACK. op. cit.,  pág. 31|

[19] BORAH, WOODROW “Introducción”, en  “Juicios Secretos de Dios. Epidemias y despoblación indígena en Hispanoamérica colonial”, W. George Lovell y Noble David Cook (coordinadores), Ediciones Abya Yala, Quito, Ecuador  2000, pág.227, 228

[20] WEATHERFORD, JACK. op. cit.,  pág. 208


[22] En todo caso la malaria sigue causando estragos en las poblaciones pobres del mundo. Investigaciones reciente señalan que “… las muertes a nivel mundial se han incrementado de 995.000 en 1980 a su máximo de 1.820.000 en 2004, antes de caer a 1.240.000 en 2010” cit. En BBC Mundo Noticias, 3 de febrero de 2012 http://www.bbc.co.uk/mundo/noticias/2012/02/120202_malaria_muertes_ao.shtml

[23] Véase GARCÍA DÍAZ, FERNANDO “El consumo de Drogas en los Pueblos Precolombinos. Elementos para una política criminal alternativa”, en Revista Electrónica de Ciencia Penal y Criminología, Universidad de Granada, RECPC 04, r3, 2002, http://criminet.ugr.es/recpc/recpc_04-r3.pdf

[24] COOK, NOBLE DAVID, op. cit pág. 31

[25] LOVELL, GEORGE y DAVID COOK, NOBLE “Desenredando la madeja de la enfermedad”, en “Juicios Secretos de Dios. Epidemias y despoblación indígena en Hispanoamérica colonial”, W. George Lovell y Noble David Cook (coordinadores), Ediciones Abya Yala, Quito, Ecuador  2000, pág.227, 228

[26] LOVELL, GEORGE y DAVID COOK, NOBLE op. cit.

[27] GARCÍA CÁCERES,  URIEL “La implantación de la viruela en los andes, la historia de un holocausto, en Revista Peruana de Medicina Experimental y Salud Pública; 2003, Vol. 20, p41-50

[28] BAEZ, FERNANDO “El saqueo Cultural de América Latina. De la Conquista a la globalización. Editorial debate. Primera edición en la Argentina bajo este sello, julio 2009, pág. 40

[29] BEHBEHANI am “The smallpox stoty”. Kansas City: The University of Kansas, 1988.

[30] GARCÍA CÁCERES,  URIEL “La implantación de la viruela en los andes, la historia de un holocausto, en Revista Peruana de Medicina Experimental y Salud Pública; 2003, Vol. 20, p41-50

[31] MOTOLINÍA, TORIBIO DE BENAVENTE “Historia de los Indios de la Nueva España”,

[32]  PEDRO DE LIEVANO, cit. Por LOVELL, GEORGE y DAVID COOK, NOBLE, op. Cit,

[33] JOHNSON, PAUL “La Historia del Cristianismo”, ediciones B.S.A., 1° edición, Barcelona septiembre de 2010.