martes, 14 de mayo de 2019

"MUSEUM WEEK", CHILE Y LA DIVERSIDAD CULTURAL



Durante esta semana, en las redes sociales, y con el apoyo de importantes organizaciones internacionales, Unesco e ICOM, entre ellas, se desarrollan diferentes iniciativas que buscan impulsar y promover, de una forma entretenida, la labor de los museos.

Los museos surgen, en nuestra América Latina, en los orígenes de los estados independientes, a principios del siglo XIX, como el primer mecanismo tendiente a proteger el patrimonio cultural de estas incipientes repúblicas. E. Harwey, un conocido estudioso del mundo cultural decía “Las políticas de conservación del patrimonio en las primeras décadas de vida independiente de las flamantes, aunque débiles, repúblicas hispanoamericanas, estuvieron vinculadas a la instalación de museos destinados a la preservación de los bienes culturales”.

En Chile, desde los primeros años de la república se asumió, de manera implícita pero clara, que existían bienes cuyo valor excepcional trascendía el ámbito de lo privado, y obligaba al estado a darles algún tipo especial de protección. Pero además, se consideró que no bastaba sólo su custodia y protección, sino que era necesaria además su difusión, para que todos -un “todos” limitado en esa época un sector muy reducido de la población- pudieran disfrutarlo. Así, en un comienzo y durante varias décadas, el único mecanismo de protección que se reconoce, es la adquisición por el estado de esos bienes, para desde la propiedad pública, custodiarlos y exhibirlos. Es así como en el temprano 1813, el Senado aprueba la creación del Instituto Nacional, la Biblioteca Nacional y un Museo de Ciencias, lo que en todo caso no se materializará hasta años más tarde, primero por la Reconquista española, que deshizo gran parte de lo obrado durante la Patria Vieja y luego por la ausencia de recursos, económicos y humanos. En 1822. O´Higgins encarga al intelectual francés José Francisco Dauxion Labaysee la formación de un Museo Nacional, pero éste muere, sin concretar el encargo. En 1830, el francés Claudio Gay crea el primer museo chileno, el Museo Nacional de Historia Natural, hoy, instalado en la Quinta Normal. Luego vendrán muchos más.

Por supuesto la visión de la cultura y el patrimonio cultural hoy no es la misma que la de ayer. Durante más de un siglo, los museos históricos, artísticos o científicos, sólo exhibieron objetos que de un modo u otro representaban las visiones y los intereses de un sector de la población, aquel que ostentaba el poder. Uniformes de militares, trajes y utensilios de la aristocracia, el arte de los grandes salones, la historia, la ciencia y las artes, eran la historia, la ciencia y las artes de los sectores dominantes. Los obreros de las minas o de las industrias, los artesanos del campo o la ciudad, los propios campesinos, carecían de existencia en el mundo cultural y como consecuencia, carecían de presencia en los museos. 

¡Y ni que hablar de los aborígenes!

Pero los tiempos han ido cambiando. La evolución histórica, la evolución de la historia como disciplina, y por sobre todo la pérdida del poder hegemónico a nivel ideológico que han ido experimentando en nuestra sociedad las clases tradicionalmente dominantes, -y que en el ámbito jurídico se refleja especialmente en el surgimiento y desarrollo del Derecho Laboral frente al poder económico, y en el sistema democrático y de los derechos humanos frente al poder político- han incorporado nuevos criterios a la selección y valoración de los bienes que integran nuestro patrimonio cultural en la actualidad. Así, poco a poco, y con distinto vigor y en diferentes áreas, se van incorporando al patrimonio cultural bienes provenientes de diferentes sectores sociales, del mundo obrero, del mundo campesino y más recientemente del mundo indígena. La vida urbana se hace presente de manera muy variada, museos del deporte, de la historieta, de la moda, son una prueba de ello.

Todo esto por supuesto no ha sido fácil, y el “patrimonio cultural” (como por lo demás todo el mundo de la cultura) se ha transformado a menudo en un espacio de conflicto, en donde se enfrentan visiones diferentes del mundo y de la vida. En algunos casos esos enfrentamientos son velados, subterráneos, como cuando la prensa o la televisión oficial simplemente menosprecia las noticias referidas al patrimonio o la cultura popular. Pero en otros momentos, especialmente cuando el conflicto político adquiere ribetes de mayor envergadura, el conflicto por definir lo que es cultural y/o lo cultural que debe protegerse, alcanza una mayor dimensión, como ha ocurrido con los intentos de cambiar el carácter del Museo de la Memoria, que da cuenta de los crímenes cometidos por la dictadura cívico militar de Pinochet, para cambiarlo por uno que la justifique.

En la actualidad, como elemento central en el desarrollo de prácticas culturales y de protección y conservación de patrimonios, está un principio sostenido a nivel de UNESCO, desde hace décadas, y consagrado en nuestra legislación nacional desde el año 2017, cuando la ley 21.045 crea el Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio, el principio de diversidad cultural, que significa “Reconocer y promover el respeto a la diversidad cultural, la interculturalidad, la dignidad y el respeto mutuo entre las diversas identidades que cohabitan en el territorio nacional como valores culturales fundamentales”. Este principio es plenamente aplicable a los museos.

La “semana del museo” es una buena alternativa para difundir la misión y el valor de los museos, y por sobre todo visitarlos. Y la próxima vez que lo hagas, especialmente si el museo es de historia, te invito a un desafío. Busca en él dónde estás tú, tu familia, tu entorno, tu grupo social. Si no encuentras nada de eso, probablemente ese museo aún no tiene la necesaria diversidad cultural que hoy se propone y tú tienes la posibilidad de hacérselo presente.


Santiago, 14 de mayo de 2019 




martes, 16 de abril de 2019

“NOTRE DAME DE PARÍS”, Y NUESTRO PATRIMONIO CULTURAL



Hoy la humanidad amaneció más pobre. Una obra en la que miles de trabajadores dejaron sus mejores esfuerzos, que resistió más de ocho siglos, y que formó parte de la historia del mundo, ayer se incendió. No es París el que perdió, no es Francia, no es la Iglesia Católica, no son las clases dominantes, es la humanidad entera la que surge hoy más pobre, menos bella, más huérfana de historia.

Pero al parecer no todos lo han entendido así. En las redes sociales hemos visto que algunos creen que la pérdida es de la Iglesia Católica, o quieren hacer competir la preocupación por este incendio con la por los niños de Siria, la contaminación ambiental o los incendios forestales. Y no tiene nada de extraño. Durante siglos, quienes han manejado el poder económico y político, no sólo han definido qué es aquello que presenta un valor excepcional para la ciencia, las artes o la historia, en definitiva, qué es patrimonio cultural, sino que lo han hecho en función de su visión del mundo, de su concepción del hombre y de la sociedad, que en definitiva está estrechamente ligada a sus propios y exclusivos intereses. Así, durante siglos, el patrimonio cultural (empleamos la expresión en sentido genérico aun cuando es sólo de la segunda mitad del siglo XX) ha estado constituido por aquellos objetos que sirven o recuerdan a las propias clases privilegiadas, y sobre todo, consolidan su discurso hegemónico. Pinturas o esculturas que adornan sus propios salones, cuentan sus historias, reflejan sus rostros, trajes de sus reyes, uniformes de sus héroes, tenidas y muebles utilizados por sus antepasados. De este modo, han dejado fuera de lo patrimonial a lo que no los representa, y de paso, han impedido -especialmente manteniendo al pueblo en la ignorancia- que otros puedan también disfrutarlo. La “cultura”, en todas sus expresiones y durante siglos, ha sido propiedad de un grupo selecto de las clases privilegiadas, que sin necesidad de realizar trabajo alguno, han podido “cultivarse” y disfrutar del arte y las humanidades.

Si pudiéramos dar una mirada histórica a nuestro propio Museo Histórico, veríamos que hace 50 años en él no estábamos el 90% de los chilenos, que allí sólo había objetos de presidentes, militares o de una aristocracia que había ostentado el poder político, y que sobre todo había ejercido una hegemonía intelectual que lograba imponer, en ese ámbito su propio discurso.

Pero esa hegemonía ideológica la perdieron hace décadas y si ayer se cuestionó en la música (¿se acuerdan del “Canto Nuevo”?. Si, ese que enterró en el baúl de los recuerdos a los Quincheros y al que le abriera la puerta la inmortal Violeta.) hoy se cuestiona en todas sus principales manifestaciones. Es cierto, perdieron la hegemonía ideológica, pero dicha hegemonía no ha sido aun verdaderamente ganada por el pueblo. La lucha es a diario.

Desde una mirada democratizadora del arte, la cultura y el patrimonio cultural ¿Qué debemos hacer? Desde luego valorizar nuestros propios objetos, aquellos que para nosotros, obreros, campesinos, empleados, pobladores, estudiantes, profesionales, artistas, intelectuales, indígenas, poseen un valor excepcional. No es el otro el que ha de decidir. Somos nosotros, los trabajadores manuales o intelectuales quienes debemos definir nuestro propio patrimonio cultural, ese que nos identifica, que conserva nuestros barrios. Y luchar porque sea reconocido como tal.

¿Y respecto de los bienes tradicionalmente culturales, de esos que para algunos comprenden la “alta cultura”, entre los que por cierto está Notre Dame? ¿Debemos despreciarlos? ¿Debemos creer que Notre Dame es sólo una iglesia de la Iglesia? ¿Qué es sólo la iglesia de Napoleón, o de la burguesía francesa? Debemos entregar esa y mil obras más a la ideología de quienes nunca tomaron en sus manos un martillo, y menos una piedra para construirla. ¿Debemos olvidar a esas costureras que con modestísimos recursos crearon esos trajes espléndidos que lució la aristocracia y que hoy se exhiben en nuestro museo? ¿Debemos olvidar a aquellos artesanos que entregaron su vida labrando la piedra, o la madera para que otros gozaron de esos bienes?

Contrario a lo que se puede estimar, hoy las clases dominantes no tienen verdadero interés en la cultura, ni en el patrimonio cultural. Éste sólo interesa cuando económicamente puede ser rentable. Los bienes patrimoniales para ellos hoy son “objetos de inversión” y su mayor importancia se da en “el mercado del arte”, en donde dicho sea de paso, existe la mayor especulación. Si económicamente no es rentable o su protección atenta incluso contra la generación de utilidades, bien merece ser destruido. El Dakar, ese millonario comercio espectáculo de la industria automotriz, dejó más de 100 sitios arqueológicos destruidos en sus dos primeras realizaciones en Chile. (Algo similar ocurrió en Argentina, Bolivia y Perú, sólo que en algunos casos con mayor destrucción). El patrimonio cultural arquitectónico del centro histórico de Santiago, como de muchas otras capitales americanas, ha sido destruido por la industria inmobiliaria, y el turismo desenfrenado cada día afecta más lugares patrimoniales. El tráfico ilícito, que en estricto rigor no preocupa a casi nadie, permite que piezas paleontológicas tan relevantes como las del Pelagornis chilensis terminen en Alemania, la locomotora Junín, continúe en un museo en Inglaterra, luego de ser sacada ilegalmente de Chile, y el robo de patrimonio cultural en museos y lugares públicos alcance dimensiones inimaginables.

Hace ya varias décadas Bertolt Brecht se preguntaba:

“¿Quién construyó Tebas, la de las siete Puertas?
En los libros aparecen los nombres de los reyes.
¿Arrastraron los reyes los bloques de piedra?
Y Babilonia, destruida tantas veces,
¿quién la volvió siempre a construir?
¿En qué casas de la dorada Lima vivían los constructores?
¿A dónde fueron los albañiles la noche en que fue terminada la Muralla China?
La gran Roma está llena de arcos de triunfo.
¿Quién los erigió?
……………………”

Y allí, en las “Preguntas de un obrero que lee”, está la verdadera respuesta.

Fernando García Díaz

lunes, 8 de abril de 2019

EL ROBO DE MUSEOS EN CHILE, CONSIDERADO COMO UNA DE LAS BELLAS ARTES


  

“El objetivo es evitar que te detecten los avanzados sistemas de vigilancia del museo, ni los guardias.
 Debes evadirlos a ambos para lograr tus perversos objetivos”.

Publicidad Internet
“El gran ladrón de museos”
 (Interesante juego de estrategia)



“Mi intensa virtud
no puede permitir que ocurran tales cosas en un país cristiano”

Thomas de Quincey


Señoras y señores:

… Mi proyecto de museo era hasta ese momento, la simple exhibición de piezas de arte robadas. Tenía material suficiente para un enorme, completo y complejo museo. Pero algo faltaba. No había logrado entender la sutileza, impactarme lo suficiente con el acto, valorar la estética de la ejecución. Y es que mi camino había sido prácticamente solitario, el último paso en cambio lo hice de la mano del Maestro. Hacía más de 30 años que lo había leído, pero no lo había sabido valorar. Sólo la sabiduría que pueden dar los años me permitió abrir los ojos. El robo de museos, que temporalmente resucita determinadas obras, piezas o artistas, y le añade nuevos escenarios a sus biografías, también puede considerarse como una de las Bellas Artes. (Aunque siendo sincero, sólo quien sea capaz de abrir su mente, ampliar su visión, superar el karma, transitar caminos de iluminación, alinear sus chacras, entender las siete verdades del Kibalion, conocer El Secreto y contactarse con el Uno, es digno de ser llamado a contemplar y comprender la grandeza de la obra, lo que puede hacer que mucho no comprendan estos planteamientos).

Por cierto no todo es arte. Nada hace pensar, en el robo de las mariposas, de Hirst, desde el Museo de Arte Contemporáneo([1]), en un acto verdaderamente artístico. Más bien parece ser un acto desde el vandalismo, desde aquella barbarie que logra comprender que allí adentro hay algo valioso, pero que es incapaz de disfrutarlo, de apreciarlo, de valorarlo. Por ello, si bien no se trata de una situación excepcional en cuanto al robo, sí es destacable la magnitud de lo robado por esta situación.

Distinta es la situación del robo de la escultura “La República”, desde la plaza Rubén Darío de Playa Ancha([2]), y recuperada recientemente junto a 10 esculturas más, o el robo de la espada de Manuel Bulnes, desde el Museo Histórico Nacional¸ que incluso está filmado, o el robo desde el Museo Naval de Valparaíso, del que ni siquiera se puede precisar la fecha exacta([3]), o robo del Cáliz de oro de los jesuitas, desde el Museo de la Catedral de Santiago([4],) o el de la obra de Rugendas, El huaso y la lavandera([5]), que denunciaron unas estudiantes de colegio que no encontraron el cuadro donde debería estar expuesto, o el robo desde el Archivo Nacional de más de 300 volúmenes de documentos históricos, durante los años de la dictadura, …

Fue en el casino de la universidad en donde por primera vez comenté la categoría de robo de museos considerado como una de las bellas artes. Era viernes, al anochecer, con el cansancio de toda la semana acumulado y nadie al parecer había leído a Thomas de Quincey. Hoy quiero suponer que todo ello influyó en las respuestas, unos sonrieron con sorna, otros se escandalizaron, y yo, como un idiota, me enfrasqué en una desagradable discusión, sin ningún destino, como era obvio desde el comienzo. Todo absurdo. La discusión y las respuestas de mis oyentes.

De partida se trata de un planteamiento serio, digno de ser considerado por las más altas autoridades del pensamiento. Es, lejos, la hipótesis más desequilibrante de la criminología chilena de los últimos 140 años. ¡Y que me perdone Doris y su continuo subcultural! En verdad en criminología sólo Lombroso es más grande que nosotros; pero él estaba equivocado.

Nada más irracional que escandalizarse. Estoy y estaré siempre a favor de la ley, la moral y las buenas costumbres, cualquiera que ellas sean, y puedo afirmar que el robo de museos es una manera incorrecta de comportarse, y, probablemente, muy incorrecta. Jamás le diría al ladrón cómo debe hacerlo para entrar, o el lugar en que se encuentra la obra más valiosa, como por lo demás es el deber de toda persona honesta y bien intencionada, mi caso; pero ejecutado el delito, producido el robo, asaltado el museo, ha llegado la hora del buen gusto y de las Bellas Artes. Tratemos el caso moralmente antes de producirse, pero ya ocurrido, no es el tiempo de llorar sobre la leche derramada, es el tiempo del estudio, del análisis estético, o del antiestético, como han propuesto algunos para el arte moderno. Originalidad, elegancia, armonía, distinción, forma, simplicidad, riesgo, pureza, color, resultado, simetría, son todos ellos conceptos que debemos tener presentes al momento de analizar el robo. ¿O es que sólo el asesinato puede considerarse como una de las Bellas Artes?

Es cierto que no hay ciencia, sino crítica del arte, y algunos podrían, honestamente, cuestionar nuestra afirmación, sosteniendo además que no hay manera de probarla, en términos que sea convincente para todos. Pero ello sólo es posible desde la superficialidad y la ignorancia, por eso, hoy, con más reflexión, no nos sorprende la descalificación y el escándalo. Es propio de los burgueses de Moliere, de quienes, como el perro de Pavlov, han aprendido a salivar al toque de la campana, sin esperar si viene o no la carne, de pequeños intelectuales, de aquellos que opinan y exponen sobre todo, incluyendo aquello de lo que ni siquiera han oído hablar y a menudo cuando además nadie les ha preguntado; en fin, también de moralistas principiantes, de esos capaces de afirmar que están “contra la violencia, venga de donde venga”, como si se fuera lo mismo la violencia de la víctima que la del victimario y la legítima defensa, consagrada en todos los códigos penales del mundo, una invención ilegítima e indeseable, o de quienes pueden repetir hasta el infinito que el fin no justifica los medios, cómo si los medios pudieran justificarse por si mismos o por otra cosa que no fueran los fines, es decir, de gente que no piensa, que como ovejas, se deja guiar por frases ampulosas, llamativas, “políticamente correctas”, pero carentes del más elemental contenido lógico, y aún así, pretenden dictar cátedra desde la sabiduría.

Pero esa conducta no puede torcer nuestras firmes convicciones, esas que sólo poseemos los iniciados en el conocimiento profundo de la conducta humana, ese que sólo se logra con años de estudios de la mente y el cuerpo, como la ciencia lo exige, con años de meditación, como la metafísica cuántica lo requiere. Esos, nosotros, los grandes iniciados, los que siguiendo a Golbrich nos preguntamos qué? por qué? y cómo?, sabemos que el robo siempre ha sido una conducta admirada, aún valorada estéticamente cuando corresponde.

Estimado público. Yo se que aún algunos de Uds. pueden tener dudas sobre estas afirmaciones, pero tengo la certeza que una vez les exponga las múltiples evidencias que acreditan la seriedad de mis planteamientos, sólo podrán asentir, y valorar adecuadamente la genialidad de ellos, (y por supuesto de este modesto expositor).

Hace ya muchos años yo también tuve sentimientos encontrados frente a robos como los descritos al inicio. Chile, como cualquier país del mundo es una construcción – destrucción social, a la que han contribuido de manera decisiva los hombres que nacieron y vivieron en este territorio; pero también los que llegaron de lejanas tierras. De lo que hemos ido considerando como bienes que poseen un valor excepcional desde el punto de vista de las ciencias, la historia y las artes, constituyen ellos información relevante para la reconstrucción de un proceso que no ha sido fácil, y que a ratos ha logrado ocultar la brutalidad con que se fue desarrollando. El robo de estos bienes culturales, cualquiera que ellos sean, contribuye al proceso de fragmentación de la memoria en que Chile y América Latina se han visto involucrados desde hace ya más de 500 años.

Por un lado, tenía plena conciencia que el patrimonio cultural es en el presente muchas cosas, y todas ellas importantes para nuestros pueblos, que constituye la huella de nuestro pasado y el cimiento desde el cual enfrentar nuestro futuro, que nos permite conocer nuestra historia, identificarnos y reconocernos, que es parte esencial de nuestra memoria, que nos da identidad y pertenencia. Más grave aún, estaba (y estoy) convencido que si desaparece, se va también con él nuestra condición de  grupo histórico, identificado con una tradición y unos valores, y nuestro futuro como pueblo específico. Pero por otro lado, después de un robo, sobre todo si la pieza me gusta, Mr Hyde triunfaba una vez más, y terminaba por agradecer el favor que me habían hecho. Y así, con el sabor del placer culpable aún en la boca, leía completamente la noticia, recorría ávidamente las páginas de la web, me informaba sobre el autor y su obra, si aún no los conocía, seleccionaba la mejor imagen de la pieza robada y rápidamente la incluía en mi “MuseoRobado”.

Hoy no tengo “esos” problemas morales, he entendido que específicamente el robo de museos se puede encumbrar como una obra de arte en si, como el arte de robar el arte, y alcanza las alturas más sublimes del arte como acto comunicativo.

Pero sí tengo otros. Así es, tengo que confesar que aún persisten algunas dudas morales. Y, cuando surgen, mi angustia no es menor. Es que como dijo el viejo Sócrates, con los problemas morales no se trata de una insignificancia, sino de cómo debemos vivir. ¿Deberé efectivamente poner determinada pieza en mi Museo? O dicho de otro modo ¿Habrá sido efectivamente robada? Conozco pintores que han denunciado falsificaciones de su obra simplemente para que se hable de ellos, “para salir en la tele”, para que se les considere dignos de ser falsificados, (y por tanto puedan vender sus obras a mayor precio). ¿No puede un museo denunciar un robo por iguales o similares consideraciones, y en definitiva para que se le considere digno de ser robado? Es una inquietud que he mantenido por años, que crece o disminuye según las circunstancias, y que todavía no he podido dilucidar.

Hoy he aprendido a seguir al maestro al pié de la letra. Y no lo hago, desde el simple principio de autoridad. No. Seguirlo es consecuencia de la más profunda y convincente reflexión filosófica. Hay tres grandes líneas argumentales, indesmentibles e irrefutables, que me permiten concluir como lo he hecho, la histórica, la ética y la lúdica.

La histórica, que aprendimos de la sabiduría popular, nos recuerda que el robo ha sido mirado y admirado desde hace varios siglos. Esta sabiduría popular, interpretada de manera magistral por la sabiduría comercial, esa que escudriña como obtener hasta el último peso del posible comprador, se manifiesta de múltiples maneras.

Extendida la alfabetización hacia amplios sectores populares como resultado de las revoluciones burguesas, un nuevo y permanente público lector empieza a emerger en el mundo cultural, un círculo extraordinariamente amplio para esos años, que compra y lee. El medio cultural que más amplía el público lector es el periódico, el gran invento cultural de la época. Y es en ese medio, donde, abandonando el terror gótico, la literatura incursiona desde el romanticismo hacia el folletín, el género popular por antonomasia, que más tarde se va a desarrollar como la esencia misma de la cultura popular, en sus diferentes facetas, en la radio, la televisión, o las historietas.

En el folletín, en esa literatura por entregas que inmortalizara a Dumas, Balzac o Stendhal, se producirá la primera verdadera democratización de la literatura. Por primera vez allí el público se encontrará en una nivelación casi absoluta. Se trata de textos y novelas cuyos personajes ya no están en las iglesias o las cortes, sino en el quehacer cotidiano. Por primera vez los escritores podrán vivir directamente de sus obras y no de prebendas o pensiones de filántropos interesados.

Es en esa literatura democrática, popular, en donde surge la figura seductora de Rocambole, personaje literario, creado en el siglo XIX por Pierre Alexis Ponson du Terrail, y quien va a dar origen a la tradición literaria de aventureros y ladrones que mejor dan cuenta de la valoración del robo. Arsenio Lupin, personaje en las obras de Maurice Leblanc, Fantomás, protagonista de novelas policíacas escritas por Marcel Allain y Pierre Souvestre y Simon Templar, El Santo, creado por Leslie Charteris, no sólo son dignos sucesores del hoy olvidado Rocambole, sino sus más legítimos herederos. Y todos ellos, personajes de leyenda en la cultura popular, aparecieron en películas, teatro, televisión y comics. Fue en su versión de historieta mexicana en que Fantomas, “la amenaza elegante”, y a quien René Magritte ya había inmortalizado, que millones de lectores lo hicimos nuestro héroe. (Después del robo de “Olympia” en enero de 2012, Magritte debiera estar con gloria y majestad en el MuseoRobado de Bélgica). Y si bien en nuestro país la figura de “Santomas” alcanzó sólo ediciones muy limitadas en la historieta, refleja bastante bien el ladrón como figura heroica.

Hoy mientras escribimos esto, y si tienes un hijo, un nieto o un sobrino pequeño, te recomendamos regalarle un “Lego”, (de "leg godt", en danés "juega bien"), un juguete de la más famosas fábrica de juguetes armables del planeta. ¿Y qué mejor que “Asalto al museo” (563 piezas, colección Lego city, Nº 60008)? Ahora, si el regalo es para adolescentes o mayorcitos, puedes pedir por internet “El gran ladrón de museos”, juego cuyo objetivo es, según sus propios vendedores  “…evitar que  te detecten los avanzados sistemas de vigilancia del museo,  ni los guardias. Debes evadirlos a ambos para lograr tus perversos objetivos”. Y si tu pasión son los juegos on line, nada mejor que el Robo al Gran Museo, (http://game-game.es/135633/) en el que puedes participar, como siempre en estos casos, mediante el adecuado uso de un teclado, para moverte por el interior del Museo, como un ladrón astuto e inteligente, según la promoción que del juego se hace.

Otra prueba de todo lo que afirmamos lo da esa maravilla de la sutileza, la finura y el simbolismo sublimado, que es el cine norteamericano, donde se impone el Ars Gratia Artis, como dice la MGM. Allí, donde la evaluación estética del séptimo arte depende de los millones de dólares recaudados, cada cierto tiempo nos invita a disfrutar de las aventuras que nos brinda el héroe popular Indiana Jones, saqueador arqueológico inspirado en Hiram Bingham, saqueador real que gracias a las indicaciones de Agustín Lizárraga, llegó a Machu Picchu en 1911, de donde se llevó al menos 46.332  piezas a la Universidad de Yale, entre las que hay momias, restos humanos, ceramios, utensilios y objetos de arte. Si queremos ser más específicos, el Museo de Historia Natural de Nueva York es la víctima del robo, en “Robo al Museo”, dirigida por Marvin Chomsky y protagonizada por Robert Conrad y Donna Mills. Y si de seriales de televisión se trata, siempre profunda, sutil, perpicaz, sagaz, aguda, (después de todo es de origen norteamericana), nos ilumina la incisiva y penetrante serial “White Collar”, en la que su protagonista Neal Caffrey, viene precisamente del mundo de falsificadores y ladrones de piezas culturales.

Adultos y buenos lectores, podemos estar dispuestos a disfrutar de las más de 600 páginas que comprende la biografía de René Alphonse van den Berghe, más conocido como Erik el Belga, audaz megalómano y uno de los más prolíficos ladrones de arte de Europa en el siglo XX, (hoy tranquilo y devoto miembro de la Obra de Dios), o con las "Confesiones de un ladrón de arte"), (en francés 2006, en alemán 2007) en las que Stéphane Breitwieser da cuenta de cómo robó 239 obras de arte, valoradas en más de mil millones de euros, en  172 museos europeos. (También podemos investigar la biografía de Marion True). Y ni que hablar de las idealizadas aventuras de piratas, que no son sino ladrones de mar.

Desde lo más profundo de la estética (y para nosotros todo esto es profundo), lo primero que nos planteamos es saber si a casi 200 años de las pinturas negras de Goya y casi 100 de “La Fuente”, de M. Duchamp, aún hay quien crea que la obra de arte para ser tal debe imitar a la naturaleza, ser bella, o al menos agradable? ¿O estar colgada o expuesta? Si es así, claramente está equivocado. Incluso un objeto cotidiano, sacado de contexto o alterado en sus dimensiones, y exhibido de forma provocativa puede constituirse en una pieza relevante. La obra es tal si es fuente de conocimiento y de placer estético, si constituye una propuesta de reflexión y nos entrega una idea, si potencia nuestra sensibilidad y logra emocionarnos, si ayuda a lograr nociones más exactas de la vida y la muerte. La obra de arte es obra de la imaginación del artista, es expresión de una sensibilidad que surge a partir de su particular visión de la realidad. La obra de arte es, en fin, obra maestra, si perdura en el tiempo y cada vez que se analiza está abierta a nuevas interpretaciones.

Y que el robo de un museo es una obra de arte, no nos cabe duda. Implica un proceso reflexivo, elaborado, selectivo, e imaginativo, que se manifiesta como testimonio de una realidad, que expresa la libertad del genio, a través de un acto comunicativo, que busca la comprensión del otro, ya sea el destinatario que encargó el trabajo, el intermediario que la revenderá o el juez, que juzga una acción definida como típica, antijurídica y culpable. Desde la pieza como obra, el robo multiplica la temporalidad de ella, le da nueva vigencia, nueva vida, la pone y la propone como objeto de nueva perspectiva. Incluso para quienes transitan por esos “estados alterados de la cultura”, que denuncia Le Monde Diplomatique, el robo puede ser un claro valor, pues la experiencia demuestra que la obra de arte robada aumenta su valor en el mercado, luego cuando es recuperada.

El robo como obra, se perfila también como una estructura independiente, una entidad significante que puede ser coherente, autosuficiente, completa y perfecta en sí misma, una nueva realidad sustituyente, capaz de constituir un nuevo cosmos que busca respuestas a las interrogantes eternas de la humanidad. El robo como obra desata el intenso deseo de identificación, de protagonismo y la obra más personal plantea la interpretación más personal como desafío. Un buen robo exige algo más que un objeto exhibido y un museo sin protección. La pieza robada, el lugar, el día, la hora, la presencia o no de guardias, de público, en fin, todo ello, permite vibrar con un hermoso robo.  Su simbolismo puede llegar a ser intenso, tal vez misteriosamente oculto tras una simplicidad aparente. Y si la obra es significada como grandiosa, si ya escapó de su autor, como el robo de La Gioconda desde El Louvre, o el del Retrato del Duque de Wellington, desde la National Galery de Londres, pasa a constituir algo que permanece, que lejos de circunscribir el horizonte de sentidos que la pieza robada representa, se proyecta hacia una comprensión del devenir cultural. El arte contemporáneo se pone al servicio de la reflexión social y por ello, la función del artista, como ha dicho nuestro San Francisco “Papas Fritas” Tapia “…es influir en la realidad y hacernos cargos de las problemáticas sociales”. ¡Y todo eso y mucho más, nos lo da el robo de museos!

Y por ello, mi “Museo Robado” no es sólo una colección de objetos sustraídos y clasificados, sino un verdadero “museo”, un espacio donde el patrimonio cultural se protege, se expone y crece en valor cultural. (Aunque si he de ser sincero, todas estas reflexiones surgieron después que estaba ya instalado mi Museo, y como meras justificaciones al tiempo invertido. Porque como dice Wagensberg “El saber no ocupará espacio, pero lo que es tiempo…”  ¡Y por dios que he perdido el tiempo en todo esto!

Gracias por su atención y buenas noches.

Santiago, abril de 2019




[1] Agosto 2013.
[2] 18 de junio 2003,
[3] Entre febrero y marzo de 2008
[4]
[5] Octubre de 1981

martes, 19 de marzo de 2019

CRISIS EN LA IGLESIA CATÓLICA, BUSCANDO LAS RAZONES


Fernando García Díaz

En sus casi dos mil años, la Iglesia Católica ha pasado por muy diferentes situaciones a lo largo de su historia. Algunas, negras para la humanidad, como durante la inquisición pontificia en plena Edad Media o la caza de brujas a inicios de la Edad Moderna, otras esencialmente complejas para la propia Iglesia, como durante la Reforma de Lutero. Lo cierto es que, probablemente desde dicha Reforma, nunca antes había sido tan cuestionada como hoy y nunca había estado tan en riesgo su poder. Cientos de sacerdotes, obispos o cardenales sancionados como pederastas, abusadores sexuales o encubridores de tales, miles de víctimas, cientos de millones de dólares pagados y una opinión pública que la condena con toda su fuerza. Y todo eso, en un escenario que crece día a día.

La Iglesia católica chilena, pequeñas, local y de mínima importancia a nivel general, no sólo está inserta en este escenario, sino que ha contribuido de manera significativa a su creación. Y es que hoy la Iglesia chilena, sin lugar a dudas, vive su peor momento, y sin que se vea una salida en el horizonte. Por el contrario, cuando ya creíamos que nada podía ser peor, una nueva denuncia, un nuevo caso, más dramático que el anterior, vuelve a golpearla.

Hay más de ciento cincuenta sacerdotes denunciados por delitos de abusos sexuales, muchas veces actuando impunemente durante décadas, y que representan a las más variadas orientaciones dentro de la propia Iglesia. Desde el más puro representante de la élite política y empresarial, Karadima, a seguramente el principal símbolo nacional de la caridad cristiana, Poblete, o a quien durante décadas fue una verdadera insignia de la defensa de los derechos humanos frente a la dictadura, Prech.

Pero si las decenas de sacerdotes denunciados causan escándalo, más aún lo hace una estructura de obispos y cardenales que sistemáticamente ocultaron estos crímenes, obstaculizaron la acción de la justicia, y aún compraron el silencio de algunas de sus víctimas. Durante décadas se asumió como un pecado contra el sexto mandamiento, que bien podía ser perdonado en el confesionario, y si empezaba a generar algún ruido social, se le daba una “segunda”, o “tercera” oportunidad al victimario, trasladándolo de lugar, sin importar los riesgos obvios de que hubiera nuevas víctimas.

Pero esa visión, que con matices se dio también en otros ámbitos, terminó por explotar en la cara de la institución, cuando la sociedad civil asumió que estábamos frente a delitos (no simples pecados) y que su impunidad resultaba intolerable.

Todo esto, por supuesto, ni es casualidad ni obra del demonio, es consecuencia de una estructura social que lo sabía, -tal vez no en su magnitud, pero si en su fenomenología- y que si ayer lo permitió, hoy se levanta, lo denuncia y lo condena. (Por supuesto hay una dosis de cinismo en esta condena hoy radical sobre hechos que de manera importante todos conocíamos y callábamos).

A partir de esta realidad, de este “problema social”, hay dos cuestiones que nos parecen relevantes. ¿Qué llevó a la Iglesia chilena a esta situación? ¿Qué debemos hacer como sociedad civil, frente a esta situación?

Respondiendo a lo primero, a nuestro entender, y para que se llegara a esta situación, se conjugan al menos los siguientes elementos:

Una visión patológica de la sexualidad humana

Si bien desde sus primeros años la Iglesia va adoptando una posición condenatoria de la sexualidad humana, es básicamente a partir de Agustín de Hipona que dicha condena va a adquirir enormes dimensiones, hasta llegar a la actualidad, con manifestaciones rayanas en lo demencial, como el rechazo al uso del condón aún en las personas con VIH, o al uso de mecanismo anticonceptivos aún en familias numerosas y en situaciones de miseria.

Las raíces de la visión de la sexualidad como pecado se han extraído de una selección interesada de textos del Antiguo Testamento (Génesis 38:9, Levíticos 18:22, Romanos 1:27, Gálatas 5:17, etc.) y de doctrinas helénicas tomadas tempranamente por el cristianismo, especialmente el pensamiento estoico, para quien el placer perturbaba la razón humana.

La obsesión por el pecado sexual se manifiesta a lo largo de todos estos siglos, sobre la base de un argumento que desconoce esencialmente la amplitud de perspectivas que tiene la sexualidad humana, (goce y placer propio y del otro, desarrollo de la afectividad, conciencia de la personalidad, entrega afectiva, …) y sólo se le reconoce valor a su función reproductiva, dentro del matrimonio. De esta manera, y como no conducen a la reproducción, se condenan sistemáticamente las conductas sexuales individuales (masturbación), las relaciones sexuales fuera del matrimonio, dentro del matrimonio cuando no están encaminadas a la procreación (la condena al uso de los anticonceptivos es la última manifestación) y por cierto las relaciones homosexuales.  Más aún, el aborto se condenó en sus primeros momentos -Didaché por ejemplo- sólo en la medida que era prueba del pecado sexual (“…no harás abortar a la criatura engendrada en la orgía…).

A lo anterior se debe agregar, mil años más tarde y asociado al mantener íntegramente el patrimonio eclesiástico (y no perderlo por la vía de la herencia) el celibato sacerdotal, que, en cuanto obligación impuesta, constituye un claro atentado contra el derecho humano a constituir una familia y practicar la sexualidad.

De este modo, se conjugan una visión distorsionada de la realidad del ser humano, que ve en la sexualidad y el placer que ella puede ofrecer una razón de pecado y bajeza humana, con una exigencia de vida que no sólo implica una represión a impulsos absolutamente naturales, sino que además genera una profunda soledad afectiva, con una imagen social predicada ñor la propia Iglesia, de cumplimiento de las represiones sexuales proclamadas. Así entonces, no puede extrañar que se reúnan, en ese entorno y bajo ese paraguas social, personas que tienen condición homosexual (y que estiman que ella pasará más desapercibida como consecuencia de la ausencia de mujeres en el clero), con otras con claras perversiones sexuales, cuyo desarrollo, encuentra allí tierra fértil para crecer.

Un clericalismo endiosado, dictatorial y todo poderoso

El segundo elemento a considerar, es una estructura de poder basada en un clericalismo endiosador, dictatorial y todo poderoso, que desde sus diversas alturas, exigió una conducta de obediencia ciega, irreflexiva e incuestionable hacia quienes estaban bajo la jerarquía.

De esta manera, nos encontramos con una jerarquía endiosada, que por un lado dificultaba hasta el infinito las posibilidades de denuncia, y por otra, simplemente encubría los hechos cuando tomaba conocimiento de ellos, sin tener que dar cuenta ante nadie de ello.

Cardenales, obispos y sacerdotes, se acostumbraron a obedecer hacia arriba y ser obedecidos hacia abajo. De este modo, a través de relaciones de poder y dominación, “reinaron” sobre cientos de laicos, a quienes se les impedía cuestionar siquiera la opinión o las conductas de la jerarquía y mucho menos denunciarla cuando eran víctimas o tomaban conocimiento de conductas claramente delictivas. La máxima expresión de este dominio es probablemente la figura del “guía espiritual”, de la que Karadima puede ser el símbolo, y que permitió niveles de manipulación de la conciencia y abuso sexuales en menores y aún en adultos.

Ahora bien, si el poder del papado y del clero en general ha tenido siempre un fuerte carácter absolutista, no es menos cierto que dicha tendencia se empezó a revertir durante los años 60 del siglo pasado, alcanzando sus máximas expresiones democráticas y participativas en el Concilio Vaticano II. La corriente absolutamente dominante, es hoy, en el mundo, resultado esencialmente de la traición a dicho Concilio, llevada adelante básicamente por Juan Pablo II, que persiguió incansablemente a quienes tenían posiciones más democráticas y participativas, como Ernesto Cardenal en Nicaragua, a teólogos como Leonard Boff o Hans Küng, se rodeó de uno de los mayores depredadores sexuales de la iglesia, Marcel Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo y entronizó en las más altas esferas vaticanas y religiosas a representantes del mundo conservador.

En Chile, además, es la respuesta de una élite oligarca y conservadora, a la participativa iglesia que desarrolló durante la dictadura el cardenal Raúl Silva H. y que se manifestaba en comunidades de bases, universitarias, poblacionales, y en una mayor preocupación por la moral social que por la moral sexual.

Un laicado sumiso e irracional

En gran parte consecuencia de ese clericalismo endiosador, es que durante décadas, y todavía respecto de la gran mayoría, tenemos un laicado sumiso, que desarrolló una obediencia ciega, irracional, a sacerdotes y obispos. Un laicado que olvidó (o le hicieron olvidar) lo mismo que en el discurso predicaba, “Iglesia somos todos” y que no tuvo capacidad alguna para cuestionar situaciones que hoy claramente resultan aberrantes. Un laicado que incluso olvidó pensar y para el cual la expresión “rebaño” no dice relación con la protección de un buen “pastor”, sino más bien con la condición de ser dirigido a cualquier parte, sin pensar, sin levantar la cabeza, obedientes como corderos.

Es cierto que podría estimarse que la actual situación de denuncia y conocimiento público de todo esto, tiene su origen en una parte del mundo laico, pero en verdad más que los laicos, son las víctimas las que levantaron la voz y en nuestro país incluso frente a la figura del Papa y denunciaron los delitos cometidos, el encubrimiento de obispos y cardenales, y aún la irracionalidad de un Papa que los trató de mentirosos y calumniadores. A partir de estas denuncias, algunos grupos de laicos, entre los que hoy destaca la Red Laical de Chile, por su espíritu reflexivo y crítico, constituida en mayo de 2018, han denunciado los delitos, y las estructuras de poder que los toleraron y encubrieron

Una sociedad política irresponsable

Y por último, y no es menor, una sociedad política que fue incapaz de dar seguridad a los habitantes, especialmente a sus niños, y a la Iglesia Católica un trato racional y neutral, y por el contrario, reconoció en ella un supuesto poder moral, le otorgó un alto nivel de intangibilidad y le permitió actuar como si no tuviera que responder ante nadie, en definitiva, una sociedad política que irresponsablemente dejó actuar.

De hecho, la actual situación judicial, los procedimientos penales y civiles en curso, no son consecuencia de una sociedad que frente a las aberraciones conocidas actuó de oficio, sino más bien de una sociedad que reaccionó, tardíamente además, ante la denuncia reiterada de las víctimas y la de una prensa que por primera vez les dio acogida a dichas denuncias.

Por eso, una de las cuestiones que más llama la atención en los reiterados análisis que se han efectuado sobre la situación de la Iglesia, en relación con los abusos sexuales, es la falta de cuestionamiento a una sociedad que no sólo permitió que en su seno se desarrollara una institución que cobijó a centenares de delincuentes sexuales, sino que parcialmente la financió, liberándola de impuestos, pagando sacerdotes u obispos en las ramas de las fuerzas armadas, o como profesores de religión en los colegios fiscales, y contribuyó permanentemente al endiosamiento de la jerarquía religiosa, al reconocerle un carácter de autoridad, destacar su participación en eventos estrictamente republicanos y en definitiva entregarles un poder social que no merecían ni les correspondía en un estado laico.

Porque es claro que si hay una responsabilidad directa en la jerarquía eclesiástica, y menor en los laicos, la sociedad política no está libre de esa responsabilidad. Sacerdotes, obispos o cardenales cometieron sus delitos plenamente insertos en nuestra sociedad. Y en definitiva fue ésta, y particularmente el Estado, quien llegó tarde a la protección de los derechos básicos de miles de personas. Porque es el Estado, y particularmente desde el Ministerio de Educación que se debe proteger a los estudiantes, desde el Ministerio del Interior a todos los habitantes, desde el Ministerio Público investigar los delitos y desde el Poder Judicial hacer justicia.

Y hasta hace muy poco, todo eso había fallado, … y por décadas.

Santiago, marzo de 2019.

Más opiniones sobre este tema y otros, en blog del autor
Fernandogarciadiaz2015


viernes, 8 de marzo de 2019

8 DE MARZO, DÍA INTERNACIONAL DE LA MUJER


Una vez más, este nuevo 8 de marzo, miles de mujeres, estudiantes, trabajadoras, dueñas de casa, de todas las edades, están en las calles manifestándose por la igualdad de derechos y particularmente contra el machismo que las discrimina, agrede y mata.

El año pasado, mientras se mantenían las manifestaciones feministas, el Ministro de Educación definía como “pequeña humillación” el que a una alumna el profesor le preguntara “¿Usted vino a dar una prueba oral o a que la ordeñen?, haciendo referencia al escote que presentaba. Probablemente pocas expresiones, al menos de las denunciadas públicamente por las alumnas de derecho de la Universidad Católica, resultan más humillantes que esa. Pero a la vez, probablemente pocas frases de un ministro representan mejor aquello contra lo que se lucha, la deshumanización de la mujer, el desprecio y la cosificación de ella; pero además, como práctica diaria, como conducta habitual, sin siquiera percatarse de la naturaleza machista del discurso empleado. Algo parece haber cambiado desde el año pasado hasta hoy. Pero no todo. Incluso las más altas autoridades se han permitido chistes, hoy de un inaceptable machismo. Y el decano de una facultad califica la huelga femenina como “el colmo del ridículo, por decir lo menos”.

Durante décadas, las mujeres se han levantado en nuestro país luchando por diferentes ideales. La mujer trabajadora ha estado codo a codo en las huelgas, en las marchas por una jornada de ocho horas, por un salario mejor, por el derecho a la salud, al trabajo. Ayer estuvo luchando por el derecho a voto femenino, que como sabemos, sólo lo logró, respecto de las elecciones presidenciales y parlamentarias en 1949. Durante la dictadura, las mujeres fueron las primeras en rebelarse contra el tirano, las primeras que salieron a la calle preguntado por sus hijos, sus padres, sus compañeros detenidos.

Hoy, como pocas veces en la historia de nuestro país, las mujeres se han levantado con una fuerza imparable para combatir precisamente ese machismo del que diariamente son víctimas, y que se manifiesta en un continuo de agresiones desde las más obvias y violentas, quemarlas vivas, arrancarles los ojos, hasta otras más leves o menos obvias, incluyendo aquellas en que la humillación se desconoce o se banaliza.

Como en los crímenes de odio (racismo, homofobia,…), la violencia contra la mujer, esa basada en el género y ejercida en el ámbito de las relaciones de poder, que históricamente desiguales han caracterizado nuestra sociedad, tiene un trasfondo ideológico. Es decir, se da en una realidad colectiva construida a partir de la acumulación de información (verdadera o falsa) que se va integrando de forma más o menos coherente en la conciencia social, a través de diferentes procesos, que terminan por legitimar la diferencia, por normalizar el ejercicio del poder desde la condición de varón. De este modo, esa información, se transforma en verdad no cuestionada, en realidad indiscutible, que se repite a través de múltiples elementos de la propia realidad, ya sea a nivel de lenguaje o de acción. 

A nivel de discurso, en la enseñanza familiar, escolar, religiosa, universitaria incluso; pero no sólo en ellas, también en los medios de comunicación masivos, en la prensa, en las revistas, en la conversación cotidiana, en el chiste escuchado a un cercano o a un profesional de hacer reír, en la radio o la televisión.

Wolf Lepenies, probablemente uno de los sociólogos que más ha estudiado el influjo de la cultura en la vida política y en la vida cotidiana, da cuenta con claridad meridiana de un aspecto muy poco destacado por el mundo intelectual, precisamente el rol de los intelectuales en la entrega de un sustrato ideológico que justifica las peores atrocidades contra el “otro”, cualquiera que éste sea. Como dice este autor, “Antes de que haya habido muertos en las batallas y torturados en los campos de prisioneros, se había destruido al enemigo en libros, panfletos, y numerosas reuniones en las universidades y academias”.

Así, antes que las mujeres quemadas, asesinadas, despreciadas en la realidad, han sido quemadas, asesinadas, despreciadas en los discursos legitimadores de nuestra realidad.

Ahora bien, ante un mundo de mujeres asesinadas, quemadas, destrozadas o a quienes se les arrancaron los ojos, necesariamente surgen preguntas relevantes ¿Cómo y quién ha construido esa realidad social que permite que en muy diferentes ciudades de esta cultura occidental, se puedan cometer estos crímenes que poseen ese común denominador? ¿Quién o quiénes son responsables de esa cultura del dolor, del terror, del horror?

Si decimos “todos”, en verdad decimos nadie. Pero además no es efectivo. Porque claramente no todos tenemos el mismo nivel de responsabilidad. ¿Quién o quiénes son aquellos intelectuales que más incidencia han tenido en la formación moral e ideológica de nuestra sociedad?

El derecho nacional, como sistema normativo, ha sido uno de los espacios que claramente ha consagrado y contribuido a la discriminación y el machismo. “El marido debe protección a la mujer y la mujer obediencia al marido”, decía el Código Civil. El Derecho Penal consagraba la impunidad del femicidio para “El marido que en el acto de sorprender a su mujer infraganti en delito de adulterio, da muerte, hiere o maltrata a ella y su cómplice…” Hoy las normas penales y civiles han aminorado su machismo, pero la discriminación aún continúa. La discriminación en las Isapres, en la administración de la sociedad conyugal, son claros ejemplos de ello. Pero también la penalización del aborto, o la no penalización del acoso sexual.

La lucha por cambiar las normas legales, garantizando verdaderamente la igualdad, debe constituir uno de los principales esfuerzos.

Pero si el derecho ha tenido un rol legitimador de la discriminación, la escuela, el liceo, la universidad, no lo han hecho de manera diferente, y la necesidad de lograr una educación igualitaria, en toda su extensión, sigue siendo una prioridad.

No debemos olvidar, por otro lado que, los “intelectuales” colectivos por excelencia, aquellos que desde hace más de 1700 años¸ han sido quienes han dictado las pautas más generalizadas de conducta, incluyendo las de carácter jurídico durante siglos y la justificación de ellas, y ante millones de personas aún lo siguen siendo, son las iglesias cristianas. Son ellas las que han modelado los patrones de conducta de millones de seres humanos, que han buscado, o simplemente recibido de ellas los parámetros sobre lo que está bien y lo que está mal, sobre lo que es legítimo y lo que es ilegítimo.  Directamente, a través del catecismo, de la enseñanza en los colegios, de la prédica en las misas y en general de las distintas manifestaciones pedagógicas de la Iglesia, o indirectamente, a través de leyes promulgadas por la autoridad civil, pero que se inspiran o directamente obedecen los mandatos de la Iglesia, las Iglesias son responsables de la discriminación hacia la mujer, y por esa vía, de las conductas que de esa discriminación se pueden desprender.

Hoy, como ayer, la lucha ideológica es clave. Es necesario tener claras las ideas, exponerlas y defenderlas, en la casa, en la academia, en el trabajo, pero también en la calle, con la fuerza de las mayorías, de todas las mujeres que quieran poner fin a un modelo de sociedad que las discrimina, que las destruye, que a veces incluso las mata.

Una vez más, este nuevo 8 de marzo, miles de mujeres, estudiantes, trabajadoras, dueñas de casa, de todas las edades, estarán en las calles manifestándose por la igualdad de derechos y particularmente contra el machismo que las discrimina, agrede y mata.

Y allí debemos estar también nosotros los varones, pues dicha lucha, también es nuestra.

“A las mujeres que viven en mí,
mi madre, mi hermana,
mi compañera, mis tres hijas, mi nieta”.

8 de marzo de 2019

Fernando García Díaz