martes, 3 de mayo de 2016

UN FRAUDE PELIGROSO, LOS GRUPOS PRO-VIDA


Reflexiones sobre una nueva cruzada del odio



“Me impresionó reconocer que, a pesar de su declarado compromiso con la vida, éstos son los sucesores de los cazadores de brujas”.

Daniel C. Maguire
Teólogo católico

Luego de aprobada en la Cámara de Diputados la ley que permite el aborto por tres causales, un grupo de personas se reunieron frente a la casa de gobierno, para protestar por ello. Habían sido convocados por “grupos pro vida”. En octubre del año recién pasado, fuimos sorprendidos por unas fotografías de presos políticos en el Estadio Nacional durante la dictadura de Pinochet, utilizadas en una campaña antiaborto con la lectura “Aborto es tortura, muerte y desaparición”. Se trataba de otra acción “pro vida”. Y probablemente en los próximos meses veremos un desarrollo aún mayor de las actividades “pro vida”.
Como hemos dicho, la ideología “pro vida” es un fraude, en cuanto no defiende la vida, (no se manifiesta contra la guerra, contra el hambre,…), no está verdaderamente por evitar el aborto (ni promueve ni acepta la educación sexual escolar, la panificación familiar, el uso de anticonceptivos, y en general el aumento del poder de las mujeres en la capacidad para tomar decisiones sobre aspectos sexuales y reproductivos, todos mecanismos que disminuyen el embarazo no deseado, principal causa del aborto consentido) y si bien el esbozo ideológico central aparece ligado a la preocupación por la vida del producto de la concepción, se trata más bien de un ideario político ultra conservador, especialmente sobre sexualidad( ) y reproducción. Un discurso antiabortivo, homofóbico, antieutanasia, pro familia tradicional y pro educación religiosa, son las principales manifestaciones ideológicas que promueven los grupos pro vida, hoy pilares fundamentales de la derecha católica en América latina, como en general se puede apreciar en sus respectivas páginas web, y respecto de lo cual la Red Provida Chile es un excelente ejemplo. Si a ello agregamos un discurso caracterizado por una fe incuestionable en la verdad de su postura, con la autopercepción de poseer un conocimiento incondicionalmente cierto, necesariamente válido y una manifiesta visión mesiánica del rol que deben jugar, tampoco puede llamar la atención una marcada intolerancia hacia quienes piensan distinto sobre estas materias. Ninguna disposición a un diálogo que signifique escuchar al otro en sus razones, tratar de comprender qué espacio de verdad pueda tener. Es la vieja idea que enseña que el error, en el que por supuesto está el otro, no tiene derecho. Su ideología parece identificarse con el “Catecismo de la Realeza Social de Jesucristo”, en una de cuyas “lecciones” se enseña que “Debemos usar la libertad de enseñanza para enseñar libremente a Jesucristo; emplear la libertad de prensa para hacer conocer la Verdad divina que salva; hacer uso de la libertad de asociación para agruparse con objeto de procurar el bien de las almas; debemos profesar de modo ostensible el culto del verdadero Dios. Debemos aprovechar estos pretendidos derechos para hacer comprender a la gente y a las almas que solamente la verdad y el bien tienen derechos, y que el error y el mal no los tienen”( ).
Por eso, y por su historia, es además una ideología peligrosa.
En los días en que trabajábamos en la elaboración del artículo anterior sobre los grupos pro vida, el 28 de noviembre del 2015, para ser más preciso, tuvo lugar en la clínica Planned Parenthood, en la ciudad de Colorado Springs, en el oeste de EE.UU., un atentado con armas de fuego, que significó la muerte de tres personas y lesiones de diferente gravedad para 14 más. Varias versiones de prensa mencionan que Robert Lewis Dear, el atacante, habría gritado consignas contra la labor de abortos que ahí se practicaban. De hecho voceros de Planned Parenthood dijeron a la prensa que "estos comentarios confirman que el atacante estaba motivado por su rechazo al aborto legal y seguro". No se trata por lo demás del primer atentado contra esta y otras clínicas de aborto legal en EEUU. En septiembre se había registrado un ataque con bomba en un Planned Parenthood de California y durante todo el año 2015 se desató una ola de amenazas contra estos centros, luego que un grupo “pro-vida” difundiera una serie de videos donde acusaban a la organización de "vender partes de bebés". Ya en el lejano 1985, Michael Bray líder del movimiento pro vida norteamericano, fue condenado a cuatro años de prisión, por destruir 7 clínicas de Washington D.C, en las que se practicaba el aborto
El nivel de violencia de estos grupos posiblemente alcanza su máxima expresión en Estados Unidos, en donde en marzo de 1993, con tres disparos por la espalda, Michael Griffin asesinó al Dr. David Gunn, por su condición de médico practicante de abortos. Y si bien hubo quienes condenaron dicho acto, al menos 30 líderes “pro-vida” lo defendieron. Después de todo se trataba de matar a un “abortista/asesino”. En su libro “Tiempo para matar”, apuesta por aplicar contra los partidarios del aborto una “fuerza defensiva”, un eufemismo de asesinato”( ). John Salvi mató a dos recepcionistas de clínicas de aborto en Boston en 1994. Paul Jennings Hill, es un expastor de la Iglesia Presbiteriana, que el 29 de julio de 1994, en la misma clínica en que habían asesinado a David Cunn, asesinó al Dr. John Bayard Britton, que lo había sustituido en su trabajo, a su guardaespalda James Herman Barret y dejó gravemente herida a la esposa de este último. Otros casos de antiabortistas que asesinan o intentan asesinar a quienes sienten responsables de esas conductas son James Kopp, Eric Rudolph, John Brockhoeft, etc.
La violencia pro vida presenta extremos poco conocidos en nuestro país. Erlantz Gamboa, en su “Enciclopedia del crimen y el sadismo”, (2012), dedica un apartado especial, al ex pastor Paul Jennings Hill( ). El mismo año 2012, el Consorcio Nacional para el Estudio del Terrorismo y Respuesta al Terrorismo de la Universidad de Maryland, publicó el estudio “Puntos calientes de terrorismo y otros delitos en Estados Unidos, 1970-2008”, realizado con financiamiento del Departamento de Seguridad Nacional, del Gobierno de los Estados Unidos. Allí, en el apartado referido a motivaciones ideológicas que pueden llevar al terrorismo, se hace referencia a grupos o personas que obsesivamente se centran en causas muy específicas, y se ejemplifica, entre otros, con los anti abortistas.

Y es que la violencia de la ideología pro-vida es parte importante de ella, y se refleja, con distinto nivel, tanto en su discurso como en sus manifestaciones. Por ejemplo, cuando en 1980 parlamentarios presentaron en México el “Proyecto de ley sobre Maternidad Voluntaria”, siguiendo las propuestas previas que había desarrollado el movimiento feminista, la respuesta fue la campaña “Estos son los asesinos”, en donde en carteles tipo “Recompensa, se busca a…”, aparecían fotos de esos diputados, de dirigentes feministas y aún de médicos que practicaban abortos”( ). El año 2001, a las pocas horas del atentado a las Torres Gemelas, “…los “reverendos” Pat Roberson y Jerry Falwell proclamaron que la inmolación de sus compatriotas representaba un juicio divino sobre una sociedad laica que toleraba la homosexualidad y el aborto”( ).
Pero no se crea que la violencia pro-vida ocurre sólo en Estados Unidos, o que sólo se manifiesta mediante el asesinato. También a menudo hay acoso y agresión en las manifestaciones ante clínicas o centros de salud en los que se practican abortos. Bajo la descripción de “rescate”, grupos pro-vida realizan acciones directas contra mujeres que acuden a esas clínicas abortistas para intentar convencerlas que no lo hagan. Grupos como Operation Rescue, Pro-Life Action Network y Lambs of Crist, en Estados Unidos recurren a diferentes métodos para impedir el ingreso de las mujeres a dichos recintos. En España, el grupo pro-vida “Escuela de Rescate a la Madrileña”, según su fundador, el Dr. Jesús Poveda, ha efectuado “más de mil rescates de niños que iban a ser abortados”. Y si bien puede tratarse de manifestaciones pacíficas, lo frecuente es que en ellas también se realizan conductas más agresivas, ya sea interponiéndose físicamente al ingreso o más frecuentemente mediante el acoso psicológico. Daniel C. Maguire, teólogo católico, y profesor de teología moral de la Universidad de Marquette, describe a estos manifestantes, con los que le tocó lidiar, diciendo “Me impresionó reconocer que, a pesar de su declarado compromiso con la vida, éstos son los sucesores de los cazadores de brujas”( ).
Como consecuencia directa de la descalificación y des-humanización de quienes cometen abortos, -léase la mujer que consciente o el profesional que lo realiza-, que se efectúa en el discurso de los grupos pro-vida, una vez legalizado el aborto las manifestaciones aumentan el nivel de violencia. Si antes se descalificaba a quienes en la teoría eran partidarios de su legalización, después de ella se combate a los responsables de esos “crímenes”.
De este modo, y de forma paralela a como las dictaduras terminan justificando en las mentes de sus esbirros la tortura –se combate al antipatriota, el enemigo interno, el cáncer marxista, etc. – al menos un sector de los grupos pro-vida, hace desaparecer los límites de la legalidad y la racionalidad para defender sus postulados. Asumido el aborto como una realidad de “perversión”, y como suele ocurrir con visiones integristas de ciertos problemas, resulta frecuente que muchos de sus partidarios, o al menos una fracción significativa de ellos, derive hacia conductas violentas.
Por supuesto que en Chile no hemos tenido este tipo de actuaciones, pero no olvidemos que tampoco hemos legalizado el aborto aún, ni siquiera en el caso de las tres causales. Y en cuanto a que en Chile no se da ese tipo de situaciones, la historia nos indica que para muchos efectos, incluyendo la violencia, no somos muy diferentes a otros países. Hasta antes del 11 de septiembre de 1973, millones de personas creíamos que las Fuerzas Armadas chilenas eran distintas a las del resto de América Latina( ), que no sólo eran constitucionalistas, sino incapaces de comportarse como lo hacían los “gorilas” de la vecindad. Y así, entre ingenuidad e incredulidad, no fuimos capaces de vislumbrar siquiera el horror que podían llegar a provocar. Y vino el golpe de estado, y con él la tortura, las violaciones, el asesinato, las desapariciones,… y miles de civiles, que justificaron todo ello.
Y es que la violencia ideologizada tiene parámetros comunes. Wolf Lepenies, el filósofo y sociólogo alemán especialista en la figura del intelectual, ha puesto de manifiesto como “A menudo se olvida el importante papel que la actitud cómplice de los intelectuales ha desempeñado a lo largo de la historia”( ), señalando que “Antes de que haya habido muertos en las batallas y torturados en los campos de prisioneros, se había destruido al enemigo en libros, panfletos y numerosas reuniones en las universidades y academias. Debemos mirar de frente esta terrible verdad: la intolerancia tiene, casi por principio, raíces intelectuales”( ). Por supuesto los textos expuestos y otros que se pueden apreciar en las páginas web de estos grupos, están lejos de corresponder al concepto tradicional de “intelectual”, pero para los efectos que se analizan, cumplen el mismo papel
El proceso social de crecimiento de las manifestaciones violentas parece seguir un patrón bastante lógico,
1. Identificación de la conducta que se busca perseguir como crimen perverso.
2. Deslegitimación del sujeto que la realiza.
3. Destrucción del objeto que la posibilita y del sujeto que lo realiza.
4. Justificación del acto destructivo
Todas las cruzadas del odio han tenido, previas a su inicio, un discurso que legitima ese odio. Ayer fueron, en Europa, los “infieles”, las “brujas” o los “judíos”. En nuestro país recientemente los “upelientos”, los “comunistas”, “los marxistas”.
Desde siempre, y prácticamente en todas las culturas, homicidio y aborto han ido por caminos separados. Incluso cuando se ha penalizado el aborto, se le asume como un delito diferente, con penas también diferentes, siempre menores que el homicidio. El discurso de los grupos pro-vida, sin embargo, aboga no solo por identificar homicidio y aborto, sino por hacer aparecer este último como más atroz. Al embrión o feto se le llama “niño”, y luego se le define como el más indefenso de todos. Con razón la propaganda de estos grupos ha sido descrita por algunos como un verdadero terrorismo psicológico.
Construida socialmente la idea del aborto como un crimen ignominioso, no resulta difícil la deslegitimación de quienes primero promueven su legalización y luego. realizan dicha conducta, en definitiva la deslegitimación absoluta de quienes “Cristianos por la vida”, titulaba hace algunos años un editorial “ABORTEN A MARCO”, para referirse a un diputado que había presentado un proyecto legalizando el aborto bajo ciertas circunstancias. Y como si ello no acentuara la violencia que un título de esa naturaleza reflejaba, agregaban “…De todos modos que no se malentienda. No queremos que lo asesinen, …”. ¿!
Las principales líneas en este sentido, respecto de la mujer, parten por identificarlas como “naturalmente destinadas a ser madre” y luego mostrarlas como atentando contra su propia naturaleza. Es interesante destacar que la “deslegitimación del otro”, en este caso, se persigue no sólo frente a terceros, sino incluso respecto de la misma mujer. De este modo, se hacen nacer o se refuerzan sentimientos de culpa, antes o después del aborto, para en definitiva lograr no sólo la deslegitimación social, sino un proceso verdaderamente autodestructivo respecto de quien eligió abortar. ¿Puede extrañarnos que mañana se den atentados contra lugares en que se practican abortos, contra médicos que los realizan o mujeres que los consienten si antes ha habido grupos que identifican a estos últimos con los torturadores? ¿Es posible mayor deslegitimación?.
Identificado el aborto como un crimen deleznable y deslegitimado el sujeto, las barreras de contención moral y jurídica que impiden atentar contra bienes y personas empiezan a desmoronarse. El argumento de hoy parece el argumento del pasado: “Cercenemos los miembros gangrenados de nuestra comunidad en Cristo. Es preciso que sacrifiquemos algunas vidas para salvar las almas de muchas. Con este escrito, y en mi calidad de Santo padre, os concedo plenos poderes para que exorcicéis al diablo y destruyáis a todos aquellos que contribuyan a su propagación”( ).