jueves, 4 de febrero de 2016

CÁRCELES: DISCRIMINACIÓN, CLASISMO E INEFICACIA

Fernando García Díaz

1.    Un reciente informe de la Corte de Apelaciones de Santiago puso nuevamente ante la opinión pública el tema de las cárceles chilenas. Y como en el mejor de los gatopardismos, todos dijeron que la situación debía de cambiar para que nada cambie.
2.    Tradicionalmente consideramos los hechos delictivos como excepcionales, distintos de aquellos que no hemos definido como tales. Según esta misma línea argumental, la conducta criminal es la principal causa de estos hechos. A partir de estas creencias, hemos desarrollado una práctica sancionatoria y una teoría criminológica.  Pero ninguna de esas afirmaciones parece ser cierta.
3.    El delito es, y de eso no hay duda, una construcción social. Sólo es delito aquello que se define como tal. Y esa definición es producto de una decisión política que reúne en un proceso dos aspectos, una selección y una atribución. Mediante el primero, de un sinnúmero de conductas estimadas reprochables, se eligen aquellas que se quieren castigar penalmente. Mediante el segundo, se les atribuye una determinada pena penal.
4.    El proceso de construcción del delito es político y como tal,  refleja el conflicto de intereses de clase, y el peso que dichos intereses presentan en un momento concreto. No es casualidad que en nuestro país se sancione penalmente el hurto de un  martillo por un trabajador, y no el no pago de sueldos o salarios por el empleador. Tampoco que sólo hoy y de manera “muy pausada”, nuestros parlamentarios discutan sancionar penalmente la colusión de las empresas
5.    Los intereses no sólo son obvios y económicos. También lo pueden ser directamente políticos, como cuando se sanciona la disidencia o esencialmente ideológicos, como en el caso del aborto, que claramente no busca castigar a quienes lo cometen (sería socialmente imposible enviar a la cárcel cada año a decenas de miles de mujeres), sino simplemente dejar con la conciencia tranquila a quienes se oponen a él,  porque su religión se los manda y saben que jamás serán castigados por esas conductas (hombres y mujeres de niveles sociales altos preferentemente).
6.    Pero si la definición de lo que es delito es clasista, la decisión de quienes efectivamente van a ser sometidos al sistema penal y más aún, la de quienes van a llegar a prisión, esto es, la persecución penal, lo es aún más. Y el sistema funciona así de manera automática. No es que dolosamente nuestros fiscales y jueces lo decidan en cada momento. Y la prueba de ello es objetiva. Como es sabido, nuestras cárceles están llenas de “pobres”, aunque como también es sabido, no sólo ellos cometen delitos.
7.    La privación de la libertad ambulatoria, como instancia de cumplimiento de pena, esencia de nuestro actual sistema carcelario, no ha existido siempre, en verdad es más bien un invento del capitalismo. Antes, las penas tenían como eje central el castigo físico y la humillación de los condenados (muerte, azotes, marcas de fuego, expulsiones,..), y la prisión era sólo mientras duraba el proceso. El actual sistema surge con la burguesía, junto a la fábrica, el hospital psiquiátrico, y el servicio militar regular y obligatorio.
8.    Desde la teoría, la función de la pena ha oscilado entre la retribución, el mal del castigo por el mal del delito, la prevención general, el castigo como amenaza previa y la prevención especial, el castigo como tratamiento resocializador para los efectivamente condenados.  Desde la realidad, ha oscilado siempre entre castigo y castigo, variando sólo en la manera de manifestarse y en la intensidad de su aplicación. ¡Después de todo solo los pobres lo van a sufrir! La función resocializadora no ha pasado de estar sólo en el discurso y siempre y cuando la contingencia política lo plantea como socialmente correcto.
9.    Luego de un par de décadas de alza de los movimientos populares, que en el ámbito académico vio teorías iluminadoras para la criminología y la política criminal, -por cierto con distinta intensidad- como las del etiquetamiento, la criminología crítica o el abolicionismo, vino la reacción conservadora de Reagan y Thatcher y de los dictadores de turno en América Latina. Con ellas, vino la represión y el castigo como única alternativa. Y así con nombres como neoclasicismo, ley y orden, tolerancia cero, derecho penal del enemigo, y otros más, se multiplicó la represión y se abandonó toda otra política para enfrentar el delito.
10. Y así estamos hasta hoy. Con nuestras cárceles llenas, repletas, saturadas de seres humanos tratados como ganado, sin el más elemental respeto a sus derechos básicos y en una situación que limita con los delitos de lesa humanidad. Mientras, y cada cierto tiempo, las autoridades y la sociedad en general se asombra, condena y se auto flagela, denunciando una situación que todos conocemos, que todos sabemos que sigue ahí, sin que se haga nada para remediarla. Por el contrario, una opinión pública desinformada y unos políticos demagogos hacen todo lo posible por empeorarla, pidiendo cada vez mayor cantidad de personas privadas de libertad (“no a la puerta giratoria”) y sin entregar recursos, ni humanos ni económicos para superar la situación.
11. Clasismo. ¡Sólo los pobres están en las cárceles! Cinismo. ¡Nos asombramos de saber lo que sabemos!.
12. Pero si a alguno no le basta para reaccionar con saber que día a día, hora a hora, minuto a minuto, violamos los derechos humanos de decenas de miles de chilenos pobres, encerrados en mazmorras sucias, infectas y malolientes, digamos además que no sólo somos ineficientes para combatir el delito, sino que además promovemos su aumento. ¿O alguien cree que nuestros presos saldrán mejores de las cárceles? ¿Es muy difícil comprender que cada escuela de delincuentes que exista  –y las cárceles son una de ellas- aumenta el riesgo futuro? ¿O acaso no sabemos que prácticamente todos quienes están privados hoy de libertad en algún momento la recuperarán y volverán a estar entre nosotros? (Y por cierto la solución no es la pena de muerte, el presidio perpetuo u otra manifestación similar).
13. Más de algún alumno recordará una idea que repito en mis clases mil veces. La actual política criminal es la peor política que podemos implementar. No sólo es insostenible en el tiempo, -cada día aumentamos el número de personas privadas de libertad y no construimos más cárceles- sino que no mejora el presente y además hipoteca el futuro. ¡Serán nuestros hijos o nietos quienes más sufran las consecuencias de esta criminal política criminal!
14. Si el delito, como lo conocemos es una construcción social creada para encerrar a los pobres, si el sistema carcelario, tal como lo mantenemos es una creación reciente que no soluciona el problema, sino que lo agrava, ¿No será tiempo de mirar hacia otro lado?

Santiago febrero de 2016