lunes, 3 de octubre de 2016

LA DESTRUCCIÓN DE LOS HOMBRES. SOBRE EL SAQUEO Y LA DESTRUCCIÓN DEL PATRIMONIO CULTURAL DE AMÉRICA CON LA LLEGADA DEL HOMBRE EUROPEO



La llegada del hombre europeo a América, significó en primer lugar el exterminio, la eliminación física de millones de sujetos de cultura, ya en su condición de creadores de ella, de sus destinatarios, o de ambos. En segundo lugar, se eliminaron millones de textos, pintura, escultura, viviendas, centros religiosos, millones de expresiones materiales, artísticas, religiosas, educativas, políticas o simplemente pertenecientes a la vida cotidiana de miles de pueblos. Además, se hizo desaparecer de la faz de la tierra cientos de idiomas, miles de canciones, poesías, cuentos, leyendas, elementos constitutivos todos ellos de un riquísimo patrimonio cultural inmaterial. En definitiva, los procesos de descubrimiento y conquista en sus primeros décadas, significaron tal destrucción y saqueo, que el patrimonio cultural de la humanidad se empobreció como nunca antes en la historia humana, para siempre.

I.              La destrucción de los hombres

Por supuesto que no hay cifras precisas sobre la población indígena existente en América, a la llegada del hombre europeo, a fines del siglo XV. El antropólogo H.F Dobyns señaló, en sus primeros trabajos que serían entre 90 y 112 millones. S.F Cook y W.W. Borah refiriéndose  sólo a la población de la meseta central de Nuevo México fijaron la cantidad en más de 25 millones. Tzvetan Todorov, señala textualmente “Sin entrar en detalles y para dar sólo una idea general… diremos que en el año 1500 la población global debía ser de unos 400 millones, de los cuales 80 estaban en las Américas. A mediados del siglo XVI, de esos 80 millones quedan 10. O si nos limitamos a México: en víspera de la conquista, su población es de unos 25 millones; en el año 1600, es de un millón”([5]). Otros autores han dado cifras mucho menores, indicando que a lo más se trataría de unos 30 millones en todo el continente. Ahora bien, ya sea que a la llegada de los europeos la población americana sumara más de 100 millones, o sólo fuera una población de entre 25 a 30 millones, lo cierto es que un siglo y medio después se encuentra reducida en total a unos 3 millones y medio de habitantes.
Hablamos de una situación en que la población es “diezmada” para describir el horror que significa la muerte de un gran porcentaje de personas. Matar al 10%, 1 de 10, es el sentido literal, y la expresión histórica proviene del castigo que aplicaban los romanos contra las poblaciones que se sublevaban. La peste negra, que asoló a Europa a mediados del siglo XIV y que aún se recuerda por el brutal exterminio que produjo, mató a aproximadamente al 30% de la población. Si consideramos como cierta la cifra de menor población estimada para América, sobrevivió el 10% de la población. Si por el contrario, como cree la mayoría de los expertos, la población era de entre 70 y 100 millones, se trata de la mayor matanza  ocurrida jamás en la historia de la humanidad. Ya no es sólo un porcentaje brutal el exterminado, el 90 o 95 por ciento de la población, es también la muerte del mayor número de personas habida jamás en el planeta. ¡Más de 70 millones de muertos! Ni siquiera la suma de víctimas de las dos guerras mundiales es capaz de compararse con el exterminio en América. Steven Katz, autor de la principal historia del fenómeno del holocausto en la historia de la humanidad([6]) ha dicho, en un lenguaje más conciliador, que la despoblación del Nuevo Mundo, con todo su terror y su muerte, muy probablemente se trata del mayor desastre demográfico de la historia. Tzvetan Todorov, en ese extraordinario estudio del problema del otro en la conquista de América es más drástico. Allí señala textualmente “Si alguna vez se ha aplicado con precisión a un caso la palabra genocidio, es a éste. Me parece que es un record, no sólo en términos relativos (una destrucción del orden de 90% y más), sino también absolutos, puesto que hablamos de una disminución de la población estimada en 70 millones de seres humanos. Ninguna de las grandes matanzas del siglo XX puede compararse con esa hecatombe”([7]).
Tres son las principales causas de la muerte.
La primera, la muerte ocasionada por la violencia del conquistador. Aquí están por cierto los muertos en combate, aquellos miles que murieron en muy desiguales batallas contra el invasor. Pero no sólo ellos. Aquí también están los cientos de miles de aborígenes indefensos que son asesinados impunemente por cualquier razón, las miles de víctimas de esa brutalidad humana incomprensible, inimaginable casi, las más de las veces con una crueldad repugnante incluso, de la que dan cuenta centenares de textos. Diego de Landa,  por ejemplo, cuyo texto, descubierto recién en 1863,  posibilitó en parte el descifrar los jeroglíficos mayas, en el capitulo XV de la “Relación de las cosas de Yucatan” señala textualmente “Quemaron vivos a algunos principales de la provincia de Cupul y ahorcaron a otros. Hízose información contra los de Yobain, pueblo de los cheles, y prendieron a la gente principal y, en cepos la metieron en una casa a la que prendieron fuego abrasándola viva con la mayor inhumanidad del mundo, y dice este Diego de Landa que él vio un gran árbol cerca del pueblo en el cual un capitán ahorcó muchas mujeres indias de las ramas y de los pies de ellas a los niños, sus hijos”([8]).  Y más adelante agrega “Que se alteraron los indios de la provincia de Cochua y Chectemal y los españoles los apaciguaron de tal manera que, siendo esas dos provincias las más pobladas y llenas de gente, quedaron las mas desventuradas de toda aquella tierra. Hicieron (en los indios) crueldades inauditas cortando narices, brazos y piernas, y a las mujeres los pechos y las echaban en lagunas hondas con calabazas atadas a los pies; daban estocadas a los niños porque no andaban tanto como las madres, y si los llevaban en colleras y enfermaban, o no andaban tanto como los otros, cortábanles las cabezas por no pararse a soltarlos. Y trajeron gran número de mujeres y hombres cautivos para su servicio con semejantes tratamientos.”([9]). Por su parte, el Padre Las Casas, que como es sabido dedica una serie de textos a denunciar el mal trato, entre las decenas de casos que describe, refiriéndose a la isla de Cuba señala “Después que todos los indios de la tierra desta isla fueron puestos en servidumbre e calamidad de los de la Española, viéndose morir y perecer sin remedio, todos comenzaron a huir a los montes; otros, a ahorcarse de desesperados, y ahorcábanse maridos e mujeres, e consigo ahorcaban los hijos; y por las crueldades de un español muy tirano (que yo conocí) se ahorcaron más de doscientos indios”([10]) y concluye “Pereció desta manera infinita gente”([11]).
En nuestro país la violencia y la crueldad, poco narrada, se vive desde los comienzos de la llegada del europeo. Diego de Almagro, nada más cruzar la cordillera, hizo morir en la hoguera a algunos jefes indígenas, Alonso de Reinoso hizo morir en la pica a Caupolicán y García Hurtado de Mendoza torturó a Galvarino, cortándole las manos.
El segundo grupo muere como causa de la esclavitud y la explotación sistemática que se hizo de ellos. El conquistador vino a buscar riquezas, a hacerse de una fortuna, y para lograrlo sólo tiene el poco tiempo que la breve vida de aquellos años le otorgaba. Es urgente reunir, en el más breve plazo, la mayor cantidad de oro y riquezas posible, sin importar la salud o la vida de quienes trabajan para ello. La primera y mayor explotación se da en las minas, que son la segunda fuente de riqueza que se explota (la primera son los tesoros acumulados por los aborígenes); pero más adelante se extiende a todo tipo de trabajos. Jornadas extenuantes de 18 a 20 horas, falta de alimentación adecuada, y condiciones de trabajo miserables deterioran rápidamente la salud de los aborígenes y rápidamente cobran la vida de millones de ellos. Toribio de Benavente, religioso franciscano conocido como “Motolinía”([12]) llegó a México en mayo de 1524([13]), y años después escribió un texto dando a conocer la historia de la conquista, como las costumbres, modos de vivir, ritos y cultura de los indios. Publicado recién fragmentariamente en 1848 y completo en 1858, constituye una de las fuentes históricas más importantes de la época. Conocido como “Historia de los Indios de la Nueva España”, al inicio describe las supuestas diez plagas que Dios ha enviado a los aborígenes. Refiriéndose a la novena plaga señala “… o los ocupaban en hacer casas y servirse de ellos, adonde acababa la comida, o se morían allá en las minas o por el camino porque dineros no los tenían para comprarla, ni había quien se las diese. Otros volvían tales, que luego morían y de estos y de los esclavos que morían en las minas fue tanto el hedor, que causó pestilencia, en especial en las minas de Oaxyecac, en las cuales media legua a la redonda y mucha parte del camino, apenas se podía pasar sino sobre hombres muertos o sobre sus huesos; y eran tantas las aves y cuervos que venían a comer sobre los cuerpos muertos, que hacían gran sombra al sol, por lo cual se despoblaron muchos pueblos, así del camino como de la comarca”([14])
Así, a poco andar, la ausencia de mano de obra genera el mayor tráfico de esclavos jamás registrado. Cuando aún no han pasado 20 años desde la llegada a esas tierras, ya en 1511, se establece la esclavitud en Cuba, que si bien va estar unida a la historia de la industria azucarera y particularmente al trabajo en los cañaverales, especialmente desde finales del siglo XVIII y principios del XIX, en su origen está encaminada a proveer de mano de obra en las minas y en el trabajo doméstico([15]). Por ello, no puede extrañar lo que señala, Jack Weatherford, “El producto más demandado por los españoles eran los esclavos, porque ya habían terminado con los indios del Caribe”([16]).
La explotación colonial es tan brutal que sólo Potosí, ese mineral de plata que por un tiempo fue la ciudad más grande de América “requirió el trabajo de tantos esclavos indios..”([17]) que “… se tragó 8 millones de mineros indígenas”([18]).
La imagen del conquistador español, que algunos historiadores, españoles los más, pero también americanos, han querido propagar, de patriota, fiel soldado, y férreo defensor de la doctrina cristiana, mas bien parece una ilusión, una verdadera ironía,  frente a la realidad de un hombre ambicioso, sin escrúpulos, cruel y sanguinario, ávido de oro, mujeres y tierras.
La tercera causa sistemática de muertes es la ocasionada por las enfermedades.
A la llegada de los españoles, los indios americanos gozaban de buena salud. Y en lo esencial, ello era el resultado de un conjunto de situaciones, casuales algunas, consecuencia deliberada del actuar humano otras.
Desde luego no existía en América, a diferencia de lo que ocurría en el mundo occidental, un conjunto de enfermedades altamente contagiosas y con elevados índices de mortalidad. En verdad si exceptuamos la sífilis, cuyo origen aún se discute y existen fundadas razones para suponerle un origen Europeo, los aborígenes americanos desconocen las grandes epidemias. Como señala Woodrow Borah, experto en historia de la enfermedad en América “… los indígenas americanos tuvieron relativamente pocas enfermedades, y aparte de desastres naturales como inundaciones y sequías que echaban a perder las cosechas, parece que disfrutaban de una buena salud”([19]). Por lo demás, una conclusión como ésta es la única compatible con lo que se viviría después, una inmensa mortalidad en América producto de las enfermedades introducidas por el europeo, y la total ausencia de un fenómeno similar en Europa con enfermedades provenientes de América.
Por supuesto que lo anterior no significa ausencia de enfermedades. En América también las había, pero eran de menor mortalidad, y, aún cuando todavía puede parecer curioso (dada la ignorancia y subvaloración del aporte indígena a la formación mundo moderno) frente a ellas los aborígenes habían desarrollado una farmacopea extraordinaria.
Hacia fines del siglo XV, y mediados del siglo XVI, y mientras la medicina europea aún discute los aportes Hipócrates, Galeno o Avicena, y las teorías humorales de Aristóteles,  los aborígenes americanos investigan y experimentan de manera que aún resulta asombroso. Y es que si bien el método científico es un invento netamente europeo, y nada hay, como reflexión universal que se le parezca en el resto del planeta, los indios americanos, investigaban y experimentaban con los productos de la naturaleza, generando una extraordinaria farmacopea, capaz de aliviar decenas de males, para muchos de los cuales los europeos no tenían respuesta alguna.
Especialmente las culturas maya, azteca e inca, conocían el uso de innumerables plantas medicinales, entre las que podemos destacar la coca, el yagé, el yopo, el tabaco, el curare. Pero no solo ellos. El primer tratamiento del escorbuto que llamó la atención de los europeos se menciona en el Diario del explorador francés Jacques Cartier (1491-1557) correspondiente a su segundo viaje a América. Allí da cuenta de cómo el invierno de 1535 -1536 los sorprende en la desembocadura del hoy río San Carlos, quedando atrapados en el hielo. A mediados de febrero, la gran mayoría de tripulantes, franceses e iroqueses padecen escorbuto. Al ver que algunos nativos se salvan Cartier consulta cautamente, por temor a que la debilidad de los tripulantes pudiera ocasionarle mayores problemas. Allí se entera que la preparación de hojas de un determinado árbol, conocido por los hurones como “annedda” podía curar el escorbuto. La historia bien podría pasar como anécdota, sin embargo, como ha destacado Jack Weatherford, el episodio indicado da cuenta de la mentalidad americana y de la superioridad del modelo farmacológico americano. “El descubrimiento indígena de drogas medicinales para una amplia gama de enfermedades no fue una circunstancia fortuita, según la cual América fue bendecida por la naturaleza con más drogas por descubrir. Si bien la quinina y el ipecac crecían sólo en América, la cura del escorbuto ilustra la superioridad general del conocimiento médico y farmacológico indígena. El Viejo Mundo abundaba en plantas que podrían haber curado fácilmente esta enfermedad, pero la ciencia occidental las ignoró hasta que los indios demostraron su utilidad” ([20]).
De los extensos y complejos conocimiento médicos americanos la mayoría se perdieron por la acción “civilizadora” de los europeos. Algunos indicios quedan en el llamado Códice Badiano, cuyo título en latín es precisamente “Libellus de medicinalibus indorum herbis”, Libro de las hierbas medicinales de los indios, en el  códice Magliabecchi, y en las crónicas de algunos autores de la época.
A principios del año 2012 se divulgó la noticia que las investigación coordinadas por el profesor Francisco Ayala, de la Universidad de California habían permitido identificar cómo llegó la malaria a Sud América([21]). Mediante análisis de ADN de muestras de sangre humana de pacientes infectados, se pudo determinar que vino desde África con la trata de esclavos. Conocida en el Viejo Mundo desde tiempos inmemoriales, la malaria o paludismo atacó y provocó la muerte de millones de personas, sin que se conociera un tratamiento eficaz para su prevención o curación. Introducida en América, los indígenas pronto descubrieron que una de sus fármacos tradicionales, la corteza del quino, llamada quina, aliviaba rápidamente los síntomas. De la quina-quina, llamada “corteza de corteza” por sus poderes medicinales, los científicos franceses Joseph Pelletier y Joseph Caventou van a extraer, en 1820 el principio activo de dicha corteza, y siguiendo en parte la nomenclatura quechua llamaran “quinina”, principio activo de la cloroquina, medicamento que hasta hoy se emplea en el tratamiento de la malaria([22]).
La investigación y experimentación con productos naturales es de tal envergadura, que a la llegada de los hombres del Viejo Mundo los americanos conocen el uso de más de 110 plantas con efectos psicoactivos, Esto es, identifican la planta, seleccionan la parte de ésta que concentra mejor sus potencialidades y conocen el mecanismo de ingestión más adecuado. Así por ejemplo, el cacao se bebe, “sangre de los dioses” le llamaban los aztecas, el tabaco se fuma y la hoja de coca se masca. Frente a esto, los europeos son capaces de manejar entre 12 o 14 plantas con efectos psicoactivos([23]).
Y la buena salud parecía no sólo corresponder a los seres humanos, sino también a sus fuentes de alimentación, dado que no existen registros de plagas que las pusieran sistemáticamente en peligro. De este modo el hambre, que desde los tiempos bíblico constituía una permanente tragedia para los invasores, en América “…parecía ausente en comparación con la escasez periódica que amenazaba a los europeos durante los años de cosechas perdidas y hambrunas”([24]).
La introducción de una enfermedad en una población que nunca antes la había experimentado, o que había estado libre de ella por tantas generaciones que cualquier tipo de inmunidad adquirida había desaparecido, las llamadas epidemias de  “suelo virgen”,  atacan con extrema virulencia. Tal es así, que incluso a menudo presenta síntomas muy diferentes de aquellos con que suele identificarse en poblaciones que la padecen como endémica, y que son aquellas en donde se suelen haber estudiado.
 Los europeos habían soportado durante milenios las enfermedades endémicas que, con brotes epidémicos, habían asolado ese continente. Las epidemias a menudo habían ocasionado  estragos en Europa. Recuerdos de sus efectos se tenían desde la Guerra del Peloponeso, cuando una epidemia azotó Atenas, facilitando claramente el triunfo espartano. La “Muerte Negra” venida desde el este, asoló el continente europeo a mediados del siglo XIV, diezmando la población. Pero nada hay en los registros de la historia, hasta hoy, similar a lo que sufrieron los aborígenes americanos. Lowell y Cook, editores del libro que con el nombre de “Juicios Secretos de Dios”, en el artículo que cierra el conjunto de textos de ese libro señalan “Sin embargo, fue en el Nuevo Mundo, no en Europa, donde los brotes de enfermedades probablemente causaron la mayor pérdida de vidas humanas conocida en la historia. Es del todo probable que tras la expansión transoceánica de Europa a finales del siglo quince ocurriera la mortalidad más grande jamás conocida”([25]).
De este modo, los invasores, que eran a menudo sobrevivientes de ellas pues las habían padecido en su infancia, no sufrieron las consecuencias desastrosas que tuvieron para la población aborigen.
Más que a la guerras, muchos autores atribuyen a las enfermedades traídas desde Europa un rol preponderante en la debilitación de los pueblos aborígenes y como consecuencia de ello en la derrota militar frente al invasor.  “Ya sea que hablemos del siglo dieciséis o del dieciocho, de los Aztecas o los Mapuches, es indudable que las infecciones epidémicas del Viejo Mundo dieron forma decisiva a los destinos del Nuevo Mundo. Las epidemias brotaron temprano y se apagaron tarde”([26]).
Y la verdad es que el impacto es de tal naturaleza, que necesariamente debió haber afectado la situación de los nativos. Por un lado disminuía directamente las posibilidades de resistencia con la muerte o la enfermedad de posibles soldados. Por otro lado, generaba situaciones de gobernabilidad precaria cuando las autoridades morían inesperada y masivamente, como ocurrió con Huayna Capac, generando la guerra entre Atahualpa y Huáscar, que tan beneficiosa resultó para Pizarro. Otro efecto no menor, era el pánico que ocasionaban estas epidemias en la población sana, que se acrecentaba con enfermedades como la viruela, que desfiguraban el rostro y el cuerpo. Dado además el profuso intercambio comercial existente entre los aborígenes de lejana regiones, no es infrecuente que algunas epidemias se desplacen de manera más rápida que los propios conquistadores, contribuyendo a debilitar a los indígenas antes que estos deban enfrentar siquiera al invasor. Un buen ejemplo de ello lo cita  Uriel García Cáceres, en un trabajo sobre la implantación de la viruela en Los Andes. Allí señala “En el caso del Imperio Inca, la viruela, el sarampión y la gripe llegaron diez años antes que Pizarro y sus huestes. Como si se tratase de esos adelantados – los agentes microbianos causantes de estas graves enfermedades - castigaron a los supuestos infieles a la religión de las Santas Majestades, los reyes y reinas de España, para preparar su sometimiento”([27]). Probablemente llegaron por el sur, desde Buenos Aires, más que desde Panamá, en donde se encontraba un contingente de españoles desde donde saldría más tarde Pizarro.
Sobre la responsabilidad en relación con esta causa de muerte, se han planteado las posiciones más extremas, desde quienes rechazan cualquier indicio de responsabilidad para los europeos, hasta quienes los ven como total y absolutamente responsables. Entre estas últimas, destaca la de Fernando Báez, quien expresamente señala “La responsabilidad de las epidemias, en todo caso, se enmarca dentro de los crímenes voluntarios y no accidentales, pues los conquistadores causaron este daño con premeditación. Usaron a los enfermos que traían para diezmar a los indígenas y desmoralizarlos; no lo evitaron”([28]).
La verdad es que obviamente los españoles de la época no poseían los conocimientos y las capacidades técnicas para controlar absolutamente  las enfermedades que llevaban por primera vez a tierras americanas, pero eso no los libera de su responsabilidad. Por una parte ellos sabían que varias de las enfermedades más graves, como la viruela, el sarampión, y la gripe, se trasmitían por contagio de persona a persona, y ya en la edad media se habían desarrollado prácticas de aislamiento de los enfermos para impedir su difusión, y poco o nada se hizo a menudo por los aborígenes. Por otro lado, y en esto se ha insistido poco, las condiciones de vida inhumana en que han puesto a los aborígenes son tan precarias, que éstos resultan fácil presa de todo tipo de enfermedades. Trescientos años después de la llegada de Colón, el naturalista alemán Alexander von Humbolt hacía hincapié en la estrecha relación entre las enfermedades, y en particular la viruela, y  las condiciones de hambre en que vivían los aborígenes. Más aún, en reiteradas oportunidades hay conductas claramente dirigidas a utilizar la enfermedad como castigo, incluso favoreciendo su difusión. García Cáceres, en el artículo ya citado, describe la situación más extrema. Haciendo referencia a la historia de la viruela escrita por Behbehani ([29]), recuerda que en 1633 ”… el gobierno colonial inglés instruyó a sus tropas para esparcir frazadas contaminadas con viruela para ser recogidas por los nativos y así ayudar a su exterminación” ([30]).
Por último, tampoco se debe olvidar que los propios conquistadores utilizaron la propagación de las enfermedades en la población aborigen, y no en ellos, (o al menos no con dimensiones similares), como prueba de su superioridad, y por sobre todo del castigo de Dios. Motolinía comienza el primer capítulo de su ya citada “Historia” señalando “Hirió Dios y castigó esta tierra y a los que ella se hallaron, así naturales como extranjeros, con diez plagas trabajosas. La primer fue de viruelas…”([31]). Por su parte Pedro de Liévano, Deán de la Catedral de Guatemala, en 1582 escribía “En lo que toca a morirse los indios e ir en disminución, son juicios secretos de Dios que los hombres no los alcanzan y lo que este testigo ha visto en el tiempo que ha estado en estas provincias es que desde la provincia de México han venido tres o cuatro pestilencias con las cuales ha venido la tierra en grandísima disminución”([32]), según texto que da inicio al libro de LOVELL, GEORGE y DAVID COOK ya citado, que precisamente se titula “Juicios Secretos de Dios”, ironizando con el texto citado.
El primer elemento de destrucción de la cultura se dio entonces mediante el exterminio, mediante el genocidio de los actores culturales. Pero ello no quedó reducido a los aspectos materiales, los europeos destruyeron intelectualmente también la imagen del aborigen, creando realidad al respecto. Así, desde un comienzo vieron en los primero habitantes de América lo que siglos más tarde van a ver en sus propios delincuentes, primero intuitivamente, y luego de la obra de C. Lombroso, “El Hombre delincuente”, de forma “científica”, los rastros más claros de la degeneración, la regresión atávica a situaciones intermedias entre el europeo y el antropoide. Para la propia Iglesia católica, los nativos americanos, como por lo demás ocurrió con casi todos los pueblos no europeos, siempre presentaron un marcado nivel de inferioridad. Ya fuera que la actitud se traducía en la explotación más desenfrenada, en la defensa ideológica de dicha explotación, o aún en una conducta marcadamente paternalista, lo cierto es que siempre se actuó desde la superioridad. Como ha señalado Paul Johnson, en La historia del Cristianismo”([33]), jamás se les concedió la condición de cristianos adultos. Siempre se actuó con ellos como si se encontraran permanentemente en una especie de interdicción.



II.            La destrucción de las ideas

Desde la perspectiva directa de lo que puede ser el patrimonio cultural, esta vez entendido como conjunto de bienes materiales de naturaleza cultural, la colonización constituye también una tragedia. El robo de los bienes sirvió dos finalidades diferentes. La primera, y más obvia, fue llenar las alforjas de los conquistadores, que veían así la posibilidad de enriquecerse rápidamente. La segunda, de naturaleza ideológico política, fortalecer el discurso cultural hegemónico que el poder precisaba para dar sostenibilidad y permanencia al esfuerzo conquistador, que exigía mostrar la superioridad del europeo sobre el aborigen. Por ello, un  esfuerzo especial se hizo para destruir sus ideas, así como sus creencias y prácticas religiosas, para lo cual se utilizaron todos los mecanismos, incluyendo el robo de imágenes, objetos, artefactos, para su posterior destrucción.
“Desde la época de Juan de Zumárraga, primer Obispo de México y gran destructor de antigüedades religiosas, se realizó un intento sistemático de borrar todo rastro de los cultos precristianos. En 1531, afirmó en sus escritos que personalmente había arrasado 500 templos y destruido 20.000 ídolos”([34]), según dice Paul Johnson en la obra ya citada. Se trata, como señala Fernando Baez, de borrar la memoria del adversario, para insertar la propia, para reconfigurar una identidad sumisa.
En esta misma línea debe entenderse una situación especial ocurrida con el pueblo inca. Configurado ya el imperio, la alta productividad alcanzada por su tecnología alimentaria permitió que miles de personas dedicaran su capacidad laboral a otras actividades, como construir caminos, desviar ríos, vaciar pantanos, allanar colinas, y en algunas oportunidades, construir verdaderos palacios para el rey, con parques, campos, jardines, palomares, cotos de caza, etc. Dentro de estos últimos Quispiguanca, propiedad de Huayna Capac, fue uno de los más destacados. Lo más curioso quizás es que Huayna Capac siguió siendo dueño de ese palacio y sus tierras circundantes, incluso muchos años después de su muerte, en Ecuador, hacia 1527. Y es que los reyes, momificados, perduraban con gran poder detrás del trono. El culto a los antepasados es una práctica generalizada en todo el continente americano a la llegada del invasor europeo, y en el Imperio Inca, respecto de sus reyes, después de todo eran hijos del Sol, adquiría una dimensión excepcional. De hecho, el Inca reinante visitaba con cierta frecuencia las momias de los reyes anteriores, a quienes pedía consejos sobre decisiones trascendentales que debía tomar. Las momias, que permanentemente estaban acompañadas de varios servidores que las atendían, respondían a través de oráculos  que hablaban por ellas.
A medida que el Imperio iba desapareciendo, los incas realizaron ingentes esfuerzos por mantener los símbolos de la autoridad, entre los cuales las momias, como hemos señalado, tenían una especial significancia. “Grupos de siervos recogieron los sagrados cuerpos de sus reyes para ocultarlos en las inmediaciones de Cuzco, donde los veneraban en secreto desafiando a los sacerdotes españoles” ([36]). Los españoles por su parte, hicieron todo tipo de esfuerzos destinados a hacer desaparecer las religiones ancestrales de indígenas, y una de ellas fue precisamente, eliminar la adoración que a los restos de los hijos del sol practicaban los incas. En esa línea, en 1559,  Juan Polo de Ondegardo, recién nombrado corregidor del Cuzco y decidido a poner término a la “idolatría” que manifestaban los aborígenes, descubrió y confiscó probablemente todas las momias de reyes existentes. Al sur del Cuzco, en una casa en la aldea Wimpillay, incautó las momias de los reyes del Bajo Cuzco, y en distintos lugares, las momias de los reyes del Alto Cuzco, hasta completar 11 momias. Según señalan algunas fuentes, varias de esas momias fueron enviadas a Lima, en donde se exhibieron, como curiosidades, en el Hospital de San Andrés, lugar al que por cierto, sólo llegaban pacientes europeos. Allí estuvieron las momias varias décadas, para la curiosidad y el morbo de quienes las querían ver, hasta que el clima, más cálido y más húmedo que el del Cuzco, las empezó a deteriorar. Atendido esto, fueron enterradas ocultamente, para evitar las manifestaciones de amor y reverencia que el pueblo les brindaba. En 1876, José Toribio Polo, (1841- ) uno de los más destacados historiadores y hombre público del Perú, en la segunda mitad del siglo XIX, abrió una cripta en el Hospital de San Andrés buscando precisamente las momias de los reyes incas; en 1937, José de la Riva Agüero (1885-1944), escritor, político e historiador peruano que desde las filas del nacionalismo terminara incorporándose a las corrientes fascistas de la época, efectuó excavaciones dentro del Hospital con la misma finalidad. El 2001, más de 400 años después que Polo de Ondegarlo  privara al pueblo inca de las momias de sus antepasados, Brian Bauer, arqueólogo, Teodoro Hampe Martínez, historiador, y Antonio Coello Rodriguez, también arqueólogo, intentaron una vez más recuperar esas momias, reparar en parte el agravio que se había infligido y devolver al pueblo peruano parte importante de su herencia, sin conseguirlo. Hasta hoy, nadie sabe donde reposan los restos de los más grandes reyes que tuvo el imperio Inca.
Uno de los crímenes culturales más relevantes ocurridos durante este período corresponde a la destrucción masiva de los textos aztecas. Fueron probablemente miles los textos existentes en el imperio, a la llegada de los españoles, que daban cuenta de las más variadas actividades y creencias de los aborígenes. Motolinía, en un texto conocido como “Epístola Proemial”, publicado al comienzo de su conocida Historia nos aproxima a esta realidad. “Había entre estos naturales cinco libros, como dije, de figuras y caracteres. El primero habla de los años y tiempos. El segundo de los días y fiestas que tenían todo el año. El tercero de los sueños, embaimientos, vanidades y agüeros en que creían. El cuarto era el del bautismo y nombres que daban a los niños. El quinto de los ritos y ceremonias y agüeros que tenían en los matrimonios”([37]). Pero el autor no se queda ahí, y no obstante estimar que dichos textos contienen los errores propios de pueblos paganos, reconoce el manejo que esta cultura tiene del calendario, por lo demás bastante superior al utilizado en Europa en esa época. Y así señala “De todos estos, al uno, que es el primero, se puede dar crédito, porque habla la verdad, que aunque bárbaros y sin letras, mucha orden tenían en contar los tiempos, días semanas, meses y años y fiestas como adelante parecerá. Y así mismo contaban las hazañas y historias de vencimientos y guerras y el suceso de los señores principales; los temporales y notables señales del cielo y pestilencias generales; en qué tiempo y de que señor acontecían y todos los señores que principalmente sujetaron esta Nueva España hasta que los españoles vinieron a ella”( ([38]).) Sobre el destino de dichos textos, Fray Diego Landa, de quien ya hemos hecho referencia, lo describe así: <“Usaba también esta gente ciertos caracteres o letras con las cuales escribían en sus libros sus cosas antiguas y sus ciencias, y con estas figuras y algunas señales de las mismas entendían sus cosas y las daban a entender y enseñaban. Hallámosle gran número de libros de estas sus letras, y porque no tenían cosas en que no hubiese superstición y falsedades del demonio, se los quemamos todos, lo cual sintieron a maravilla y les dio mucha pena”([39]).
En una conducta similar, casi en los confines del mundo, en aquellos lugares donde ejercía sus dominios el imperio inca, fueron destruidos miles de “quipus”, sistema de cuerdas integrado por una cuerda principal de la que dependen otras, de diferentes colores y anudadas de diferentes maneras, que en un principio se creyó eran sistemas memotécnicos para recordar cantidades, y hoy, se cree, al menos por algunos científicos, que se trata de un complejo sistema tridimensional de escritura.




III.           El robo y la destrucción de las cosas


La gran motivación del conquistador es obtener riquezas, y en aquella época eso es sinónimo de oro y plata. Ese oro y esa plata que a unos enloquece y a otros hace esclavos.  Por ello, en un primer momento, todo el oro y la plata posible de robar fué robado. Todo el oro y la plata posible de fundir fué fundido. Sólo se salvaron aquellos bienes que no tenían en ese momento valor económico para los europeos, no parecían constituir una manifestación de paganismo o no estaban al alcance de los conquistadores. La descripción que hace un historiador indígena de los españoles de Pizarro, entrando al templo del sol luego de haber recibido el rescate por Atahualpa, muestra claramente esa realidad: "Forcejeando, luchando entre ellos, cada cual procurando llevarse del tesoro la parte del león, los soldados, con cota de malla, pisoteaban joyas e imágenes, golpeaban los utensilios de oro o les daban martillazos para reducirlos a un formato más fácil y manuable... Arrojaban al crisol, para convertir el metal en barras, todo el tesoro del templo cobrado..."
En esta primera etapa el valor patrimonial de la obra no es en absoluto considerado. Más aún, su desprecio constituye un elemento necesario del proyecto explotador. Los "indios" son racialmente inferiores, sus religiones simples herejías, su idioma un dialecto y, en definitiva, su cultura es barbarie e incivilización. En esta perspectiva, su destrucción entonces no constituye pérdida alguna, y por el contrario, puede entenderse como requisito indispensable precisamente para civilizarlos, o para convertirlos a la religión verdadera, y con frecuencia, para ambas cosas, que son inseparables. Se trata por lo demás de una práctica que ya viene milenaria de los cristianos contra el paganismo, y que se asumió nada más llegar al poder. “… hay que recordar que los edictos del emperador Teodosio- con quien el cristianismo se convirtió en religión estatal- además de ordenar la destrucción de los templos paganos y de prohibir en el año 393 los Juegos Olímpicos, puesto que celebraban una festividad de esa religión, arrasaron también el bosquecillo sagrado de Dafne, donde estaba la fuente Castalia, cantada por diversos poetas de la antigüedad grecolatina. Se debe también al “celo” de Teodosio a favor del cristianismo, entonces en expansión, la destrucción de la estatua de Zeus, obra celebérrima de Fidias…”([41])([42]).                    
Como contrapartida, el simple desprecio por algún símbolo cristiano trae los peores castigos. Entre las tradiciones y leyendas ecuatorianas hay una que da cuenta de esta situación. En el centro de Quito, restaurada con posterioridad al terremoto de 1987, se levanta la llamada “Iglesia del robo”. Según cuenta la leyenda, la noche del 19 de enero de 1649, varios sacerdotes subían por la quebrada de Jerusalén, en la misma ciudad de Quito, cuando encontraron, esparcidas en suelo, un conjunto de hostias, y el respectivo copón en donde ellas se guardaban. Ante tamaño sacrilegio, se iniciaron procesiones para calmar la furia de Dios, hasta encontrar a los ladrones. Tiempo más tarde fueron acusados unos indígenas, que habían  robado el copón, creyendo que era de plata y poseía valiosas joyas en su interior. Al no encontrar nada de eso, simplemente los botaron a la quebrada y huyeron a Conocoto. Y si hemos de creer en la leyenda, ésta, según testimonio entregado en una página web denominada “Quito, Historia y leyenda”, continúa:
-       ¿Qué castigo recibieron los ladrones?
-           El morir ahorcados, arrastrados y descuartizados.
-           ¿Se cumplió esa orden?
-           Al pie de la letra. En el lugar donde los religiosos encontraron los objetos sagrados se levanta hoy la Iglesia del robo([43]).
Y en lo que a nosotros nos interesa, lo más probable es que de ser cierta la historia, ese haya sido el final. Después de todo se trata del pecado de “sacrilegio”, o más precisamente, de la “profanación de la eucaristía”, que merece las peores penas.
Sólo si algún valor poseen sus elementos (oro, plata, piedras preciosas, etcétera), éstos son considerados como tales. Consecuencia de este criterio es que los primeros años que siguieron a la llegada del europeo significaron el robo y la destrucción de millones de piezas de las culturas aborígenes. Si ellas eran de oro, las posibilidades del robo eran totales, si alcanzaban a ser descubiertas por los españoles. Sólo para pagar el rescate de Atahualpa se juntaron objetos por más 6.080 Kg de oro y 11.872 Kg de plata. Como se sabe, además, y no obstante haber recibido el rescate, Pizarro y sus hombres igualmente asesinaron al heredero del imperio inca.
Considerados como signos de ignorancia o paganismo, los bienes culturales de los pueblos precolombinos carecen absolutamente de valor y perfectamente pueden ser destruidos sin consideración alguna. Y esta percepción es compartida incluso por las vanguardias artísticas de la época, para quienes el arte aborigen americano carece tan absolutamente de significación, que no ejerce ninguna influencia en el arte europeo, a diferencia por ejemplo de lo que va suceder con el arte negro africano, cientos de años más tarde, en pleno siglo XX.
Durante este período, la mayor parte de los sitios monumentales de América fueron destruidos. Y en esta búsqueda de perfección del discurso hegemónico, se utilizó una modalidad ya probada con y por los musulmanes, la construcción de nuevos templos, sobre lo que fueron lugares de adoración y/o admiración de antiguos dioses y reyes. La Catedral Metropolitana de la Ciudad de México, no sólo está construida sobre lo que fue posiblemente un templo dedicado a Quetzalcóatl, y otras edificaciones menores, sino que incluso aprovechando el mismo material de dichos templos aztecas. La mítica “piedra de los doce ángulos”, sorprendente testimonio arqueológico y arquitectónico de la destacadísima tecnología inca, y del grado de perfección alcanzado en sus murallas, ubicada en el Cusco, formaba parte del muro exterior del palacio atribuido a Inca Roca (Sexto soberano de los incas - siglos XIII-XIV), hoy lo hace del Palacio Arzobispal. La iglesia de San Juan Bautista, en el departamento de Huancavelica, actual Perú, fue construida sobre los cimientos del antiguo Intiwasi incásico y en Bolivia, la Iglesia de Tiwanaku, la Basílica de Nuestra Señora de Copacabana, y la monumental Iglesia de San Francisco en el centro de la ciudad de La Paz, utilizan piedra labrada extraída del antiguo templo de Tiwanaku.
De esta época muy pocos objetos culturales que llegaron a manos de los europeos se salvaron. Curiosidad y una buena dosis de desprecio y racismo permitieron que se conservara uno de los más refinados objetos del arte plumario azteca, (expresión artística por lo demás hecha desaparecer por el europeo, y a hasta hace muy poco ridiculizada como símbolo del “indio americano”)  tocado con más de 580 plumas verdes de quetzal, trabajado y adornado en su parte inferior con plumas de colibrí en azul, rosa, verde y marrón. Según la tradición, perteneció a Moctezuma, quien se lo envió a Cortés en 1519, creyendo que se trataba de Quetzlacoatl. Fue enviado a Europa poco después de la conquista, y hoy, lejos de la cultura que le dio origen, se exhibe en el Museo Etnológico de Viena. Una situación similar ocurre con un manto de plumas, que hoy se exhibe en el Museo Pigorini de Roma.
La justificación de todo esto, el asesinato, el robo, el saqueo, la destrucción, la mayor parte de las veces no es necesaria. Por regla general nadie hay a quien rendir cuentas. Y en las pocas oportunidades que ello parece tener alguna importancia, la conversión al cristianismo puede resultar una buena excusa.
Es importante destacar además que este modelo económico que destruyó a la América indígena, también contribuyó generosamente a la destrucción del África negra. Desde los primeros años del siglo XVI y hasta avanzado el siglo XIX millones de personas de color negro salieron del continente africano, en calidad de esclavos, para ser traslados con cadenas, hasta las minas, los ingenios azucareros, las plantaciones de algodón, el simple interior de las mansiones, y en general en donde se necesitara mano de obra. El tráfico de esclavos constituyó un próspero negocio para ingleses, holandés y una tragedia de dimensiones inimaginables no sólo para los 40 millones de esclavos robados desde sus tierras, sino también para la población africana que permaneció en el continente, que vio como secuestraban a su gente,  y sufrió la permanente angustia de verse prisionero de los traficantes.
 El primer período de destrucción acelerada del patrimonio cultural americano se caracteriza entonces por su particular brutalidad, por dirigirse contra hombres y cosas, y particularmente por desconocer total y absolutamente la condición de patrimonio cultural a aquellos elementos que se destruyen.  En cuanto a sus alcances, al igual como ocurre con los dos períodos siguientes, y a diferencia del actual, él se referirá exclusivamente contra el patrimonio cultural aborigen.
A título de ejemplo, que jamás podría constituir una enumeración exhaustiva, este significó:
En primer lugar la muerte masiva de los constructores y destinatarios de ese patrimonio cultural, y como consecuencia de ello, y de la prohibición de ejercer las actividades culturales prohibidas, la pérdida del conocimiento para elaborar dichas obras, como ocurrió con el arte plumario, o para interpretar su contenido, como pasó con los códices mayas.
En el ámbito de la cultura inmaterial, la desaparición de cientos de lenguas autóctonas, la casi extinción de otras y la imposición del monolingüismo, en gran parte del continente; la desaparición de los sistemas políticos y organizativos de los pueblos americanos, que en sus múltiples manifestaciones democráticas no sólo habían dado origen al federalismo, con la “Liga Iroquesa”, sino que fue precisamente un jefe iroqués, Canassatego, quien primero se lo propusiera en 1744, en Pensilvania, a los británicos([44]), la imposición de la religión cristiana occidental, a millones de personas politeístas, y probablemente también a algunos monoteístas, como lo eran las tribus… al sur de Chile, la desaparición de la farmacopedia indígena, muy superior también a la Europea([45]), o el calendario azteca, también superior al europeo de la época.
Desde la perspectiva del patrimonio cultural material, y teniendo claro que no se trata sino de aspectos preferentemente inmateriales o materiales, debemos señalar la destrucción de estructuras urbanas completas, desde pequeños poblados de pocas residencias o habitaciones, a ciudades enormes como Tenochtitlan, de mayor tamaño que París o Londres en aquella época, y desde pequeños senderos, a rutas de miles de kilómetros, como el “camino del Inca”, en Los Andes de sud América. Así mismo, la desaparición de miles de edificios públicos, o privados, como palacios, mercados, centros astronómicos, religiosos, templos, cementerios, enterratorios, pertenecientes a miles de culturas diferentes.  Por último, también es digno de destacar la destrucción de millones de objetos artísticos, pinturas, esculturas, tallados, muestras de orfebrería, de uso militar, religioso, científico o simplemente cotidiano.
La suerte del imperio azteca es similar a la de todos los pueblos americanos. Y C.W. Ceram la describe así “el emperador Cuitlahuac murió de viruela a los cuatro meses y le sucedió Cuauhtémoc, de veinticinco años de edad. Este defendió la capital del país con tal tenacidad que, a pesar de los nuevos refuerzos con que Cortés contaba, le causó mayores pérdidas que cualquiera de los jefes aztecas anteriores. Pero el inevitable final era la destrucción de Méjico; se incendiaron las casas, se derrumbaron las estatuas de los dioses, se cubrieron los canales -Méjico hoy día ya no es una Venecia- y, por último, Cuauhtémoc cayó prisionero y fue torturado y ejecutado por los invasores”.
([46]).







[1] DIAZ-PLAJA, GUILLERMO, “Hispanoamérica en su literatura”, Biblioteca Básica Salvat, Salvat Editores, España, 1970, pág. 75
[2] DIETRICH, HEINZ, en Nuestra América frente al V Centenario,…. pag. 55 y 56)
[3] Una contribución significativa a ello lo hace el reciente libro de Fernando BAEZ, “El saqueo Cultural de América Latina. De la Conquista a la globalización”. Editorial debate. Primera edición en la Argentina bajo este sello, julio 2009. Sin embargo probablemente el primer libro que efectivamente tiene un impacto relevante sobre el tema esla obra de KARL E. MEYER, publicado en castellano como “El saqueo del pasado. Historia del tráfico ilegal de obras de arte”, F.C.E., México, agosto de 1990
[4] PONIATOWSKA, ELENA, Nuestra América pag. 148.
[5] TODOROV, TZVETAN “La Conquista de América. El problema del otro”, Siglo XXI editores, 9° edición en español, Madrid, 1998, pág. 144.
[6]  Katz ,Steven The Holocaust in Historical Context,
[7] TODOROV, TZVETAN “La Conquista de América. El problema del otro”, Siglo XXI editores, 9° edición en español, Madrid, 1998, pág. 144.
[8] DE LANDA, DIEGO Texto disponible en 
[9] DE LANDA, DIEGO op. cit 
[10] LAS CASAS, FRAY BARTOLOMÉ “Brevísima relación de la destrucción de las indias”, texto disponible en http://aix1.uottawa.ca/~jmruano/relacion.pdf
[11] LAS CASAS, FRAY BARTOLOMÉ “Brevísima relación de la destrucción de las indias”
[12] MOTOLINÍA, expresión náhuatl, “el que es pobre”, nombre dado por los aborígenes americanos, que el propio Toribio de Benavente prefirió ocupar, y por el que es más conocido en la historia.
[13] El texto de Motolinía señala erradamente 1523
[14] MOTOLINIA, “Historia de los Indios de la Nueva España”, disponible en http://www.fundacionaquae.org/sites/default/files/motolinia_indios_de_nueva_espana.pdf
[15] Así, CARRERAS, JULIO A. “Esclavitud, Abolición y Racismo”,
[16] WEATHERFORD, JACK “El Legado Indígena. De cómo los indios americanos transformaron el mundo”, Traducción de Roberto Palet, Editorial Andrés Bello de España, primera edición, Barcelona,  2000,  pág. 41
[17] WEATHERFORD, JACK. op. cit.,  pág. 15
[18] WEATHERFORD, JACK. op. cit.,  pág. 31|
[19] BORAH, WOODROW “Introducción”, en  “Juicios Secretos de Dios. Epidemias y despoblación indígena en Hispanoamérica colonial”, W. George Lovell y Noble David Cook (coordinadores), Ediciones Abya Yala, Quito, Ecuador 2000, pág.227, 228
[20] WEATHERFORD, JACK. op. cit.,  pág. 208
[21]  BBC Mundo Noticias, martes 3 de enero de 2012,http://www.bbc.co.uk/mundo/noticias/2012/01/120102_origen_malaria_sudamerica_men.shtml
[22] En todo caso la malaria sigue causando estragos en las poblaciones pobres del mundo. Investigaciones reciente señalan que “… las muertes a nivel mundial se han incrementado de 995.000 en 1980 a su máximo de 1.820.000 en 2004, antes de caer a 1.240.000 en 2010” cit. En BBC Mundo Noticias, 3 de febrero de 2012
http://www.bbc.co.uk/mundo/noticias/2012/02/120202_malaria_muertes_ao.shtml
[23] Véase GARCÍA DÍAZ, FERNANDO “El consumo de Drogas en los Pueblos Precolombinos. Elementos para una política criminal alternativa”, en Revista Electrónica de Ciencia Penal y Criminología, Universidad de Granada, RECPC 04, r3, 2002, 
http://criminet.ugr.es/recpc/recpc_04-r3.pdf 
[24] COOK, NOBLE DAVID, op. cit pág. 31
[25] LOVELL, GEORGE y DAVID COOK, NOBLE “Desenredando la madeja de la enfermedad”, en “Juicios Secretos de Dios. Epidemias y despoblación indígena en Hispanoamérica colonial”, W. George Lovell y Noble David Cook (coordinadores), Ediciones Abya Yala, Quito, Ecuador  2000, pág.227, 228
[26] LOVELL, GEORGE y DAVID COOK, NOBLE op. cit.
[27] GARCÍA CÁCERES,  URIEL “La implantación de la viruela en los andes, la historia de un holocausto, en 
Revista Peruana de Medicina Experimental y Salud Pública; 2003, Vol. 20, p41-50
[28] BAEZ, FERNANDO “El saqueo Cultural de América Latina. De la Conquista a la globalización. Editorial debate. Primera edición en la Argentina bajo este sello, julio 2009, pág. 40
[29] BEHBEHANI am “The smallpox stoty”. Kansas City: The University of Kansas, 1988.
[30] GARCÍA CÁCERES,  URIEL “La implantación de la viruela en los andes, la historia de un holocausto, en 
Revista Peruana de Medicina Experimental y Salud Pública; 2003, Vol. 20, p41-50
[31] MOTOLINÍA, TORIBIO DE BENAVENTE “Historia de los Indios de la Nueva España”,
[32]  PEDRO DE LIEVANO, cit. Por LOVELL, GEORGE y DAVID COOK, NOBLE, op. Cit, 
[33] JOHNSON, PAUL “La Historia del Cristianismo”, ediciones B.S.A., 1° edición, Barcelona septiembre de 2010.
[34] JOHNSON, PAUL “La Historia del Cristianismo”, ediciones B.S.A., 1° edición, Barcelona septiembre de 2010, pag. 536.
35] BAEZ, FERNANDO “El saqueo Cultural de América Latina. De la Conquista a la globalización. Editorial debate. Primera edición en la Argentina bajo este sello, julio 2009, pag. 271
[36] PRINGLE, HEATHER, “Las encumbradas ambiciones de los incas”, en National Geographic en Español, abril 2011, vol. 28, Num. 4, pág. 24
[37] MOTOLINÍA, TORIBIO DE BENAVENTE “Historia de los Indios de la Nueva España”, disponible en http://www.fundacionaquae.org/sites/default/files/motolinia_indios_de_nueva_espana.pdf
[38] MOTOLINÍA, TORIBIO DE BENAVENTE, op. Cit.
[39] DE LANDA, DIEGO. “Relación de las cosas de Yucatán”,  capítulo XLI Siglo de los Mayas – Escritura de ellos, en 
http://www.wayeb.org/download/resources/landa.pdf 
[41] BAUZA, HUGO FRANCISCO “Qué es un mito. Una aproximación a la mitología clásica”, Fondo de Cultura Económica, primera edición Buenos Aires 2005, pág. 155
[42] La estatua de Zeus a la que se refiere es una de las Siete Maravillas del Mundo Antiguo, de aproximadamente unos 12 metros de altura, que había sido trasladada desde Olimpo hasta Constantinopla, en donde fue destruida.
[43]  Quito, Historia y leyenda, en  
http://library.thinkquest.org/C005463F/robo.html
[44] Véase WEATHERFORD, JACK “El Legado Indígena. De cómo los indios americanos transformaron el mundo”, Traducción de Roberto Palet, Editorial Andrés Bello de España, primera edición, Barcelona,  2000,  especialmente el capitulo 8°, “Los Padres Fundadores Indios”.
[45] Véase WEATHERFORD, JACK, op. cit,  especialmente el capitulo 10°, “El Indio Sanador”. En el mismo sentido, referido al uso de sustancias psicoactivas, GARCÍA DÍAZ, FERNANDO “El consumo de Drogas en los Pueblos Precolombinos. Elementos para una política criminal alternativa”, en Revista Electrónica de Ciencia Penal y Criminología, Universidad de Granada, RECPC 04, r3, 2002, 
http://criminet.ugr.es/recpc/recpc_04-r3.pdf 
[46] CERAM, C. W. “Dioses, tumbas y sabios”, ediciones Destino, colección Destino libro, Volumen 12, primera edición en este formato: mayo 2003, pág. 333, Barcelona, España.



domingo, 4 de septiembre de 2016

“PRO-VIDA”: NI A FAVOR DE LA VIDA NI EN CONTRA DEL ABORTO



Como se puede apreciar muy fácilmente, los partidarios de la ideología identificada como “pro-vida”, no sólo no realizan acción alguna por la defensa del medio ambiente o de las especies en peligro de extinción, (como debiera ocurrir si efectivamente fueran pro-vida), sino tampoco en contra de la guerra, de la desaparición forzada de personas, de la desnutrición y el hambre, de la falta de medicamentos básicos para millones de seres humanos en el planeta (como debiera ocurrir si fueran al menos pro vida humana). Más aún, frecuentemente son incluso partidarios de la pena de muerte. En nuestro país por ejemplo, el más insigne de los “pro vida”, y quien intentara consagrar en la constitución la prohibición del aborto, Jaime Guzmán E., no sólo no condenó un régimen que torturaba y asesinaba, sino que lo avaló, lo defendió, y ayudó a consagrarlo ideológica y jurídicamente. En definitiva apoyó al gobierno más criminal y menos “pro-vida” que ha tenido nuestro país. en toda su historia. Y por si fuera poco, terminada esa dictadura –contra la voluntad de Guzmán que se esforzó porque continuara- fue uno de los grandes defensores de la pena de muerte. Una situación similar se replica en cientos de “pro-vida” chilenos.

Tampoco puede estimarse que estén verdaderamente en contra del aborto, si no combaten la principal causa de éstos, los embarazos no deseados. Por el contrario, rechazan el uso de métodos anticonceptivos y más aún, que estos se encuentren fácilmente disponibles para quienes tienen una vida sexual activa, se esfuerzan por prohibir la píldora del día después, y rechazan la educación sexual en los colegios, y el aumento del poder de las mujeres en la capacidad para tomar decisiones sobre aspectos sexuales y reproductivos. Y esos son precisamente los principales mecanismos para incidir de manera efectiva en la disminución de los embarazos no deseados, causa directa, como hemos dicho, de los abortos.

Algunos autores han estimado que son exclusivamente “pro fetos”, esto es, que lo único que les interesa es que las mujeres embarazadas den a luz el producto de la concepción y se sancione a quienes atentan contra ello. Y sin embargo ni siquiera ese parece ser un objetivo real. Y esto, entre otras razones, porque el delito de aborto no busca, ni ha buscado nunca efectivamente sancionar a quienes realizan esa conducta.  El delito de aborto ha sido, y es, en términos sociales, un figura penal meramente simbólica. Y ello, simplemente porque no es real ni posible ese objetivo.

El artículo 344 de nuestro Código Penal dice textualmente “La mujer que causare su aborto o consintiere que otra persona se lo cause, será castigada con presidio menor en su grado máximo”, esto es, con una pena que va de 3 años y un día a cinco años

Por razones obvias no sabemos el número de abortos realizados en nuestro país, y las cifras resultan muy variadas. Mientras el Ministerio de Salud habla de unos 33 mil abortos al años, (unos 90 abortos al día), el Instituto Chileno de Medicina Reproductiva en Informe Anual sobre Derechos Humanos en Chile 2013, los estima en unos 60 a 70 mil, y aún algunos autores señalan una cifra de 160 mil al año. Y sin embargo según información del diario La Tercera, a enero del año 2015, sólo seis personas, y todos hombres, cumplían pena privados de libertad por el delito de aborto([1]). Y si están tan convencidos de la naturaleza delictiva del aborto, y de la necesidad imperiosa de sancionarlo penalmente, como los “pro-vida” dicen estarlo ¿no debieran luchar porque efectivamente se persiga el delito, se sancione a quienes lo cometen y se les encarcele  por ello?

La verdad es que cualquiera que sea la cifra real, lo único cierto es que resulta imposible perseguir ese tipo de conductas y consecuentemente sancionarlas. Incluso si la cifra real fuera la menor que hemos señalado. ¿O alguien cree seriamente que nuestro país soportaría encerrar anualmente a 33 mil mujeres? ¡Y qué decir de tratar de encerrar anualmente a 160 mil! No sólo no hay presupuesto, policías, jueces, gendarmes, ni cárceles para ello, sino que tampoco podríamos generar anualmente ese número de hogares sin madres, sin hijas, sin hermanas. El costo social de un desatino de esa naturaleza sería de tal envergadura, que muy pronto generaría una reacción social absolutamente inmanejable. En verdad la disposición penal no tiene ninguna posibilidad real de hacerse efectiva. Sólo sirve para penalizar, a lo lejos, a una mujer pobre que casi pierde la vida en un aborto clandestino y llega en esas condiciones a un centro de salud. Las otras decenas de miles de casos quedan en la impunidad (afortunadamente), y a nadie le importa, incluyendo los "pro-vida". Y así lo sabe todo el mundo que medianamente se inicia en el estudio del tema. Y también lo saben quiénes se dicen “pro-vida” y luchan porque se mantenga el aborto como delito en el Código Penal. ¿O han visto a alguno de ellos proponiendo la generación de brigadas especiales de la policía para perseguir este delito? ¿O siquiera pidiendo más recursos para enfrentarlo? Nada de eso se hace. Y ello, porque como hemos señalado, el movimiento “pro-vida”, por cierto en sus eslabones pensantes y no en el público que los sigue, busca objetivos distintos a la supuesta protección de la vida del que está por nacer.

A una conclusión similar se llega si se considera que aquí en nuestro país,  por más de 50 años se permitió legalmente el aborto por peligro para la vida de la madre, (Código Sanitario, artículo 119, vigente entre 1931 y  1989) situación condenada formalmente por la Iglesia, sin que hubiera la más mínima oposición a esa norma, o una propuesta política de eliminarla, ni desde el interior de la Iglesia, ni desde los partidos más identificados con las posiciones católicas (Partido Conservador, Partido Falange Nacional y Partido Democracia Cristiana). En esa época, simplemente no se necesitaba la excusa de condenar el aborto para perseguir los objetivos reales que hoy se buscan.

Y si no se trata de defender efectivamente al feto ¿Cuál es el verdadero objetivo?

Desde luego es altamente posible que los simples militantes del movimiento pro-vida efectivamente crean que luchan contra el aborto y por la defensa de la vida del que está por nacer. Habrá otros que simplemente quieran lavar imagen o disminuir sentimientos de culpa  ante tanta miseria y frente a la cual nada hacen por evitarla, pero por cierto debe haber una cantidad significativa de personas que honestamente creen estar protegiendo la vida.

Pero el verdadero objetivo de esta ideología es otro, ni más ni menos que la defensa de la moral católica conservadora, aquella que durante siglos dependió de los dictados de la Iglesia, y que hoy defiende su jerarquía. (Después de todo existen innumerables instancias religiosas que opinan distinto a lo que dice la jerarquía). Y esto, por lo demás ni siquiera se oculta, como se puede apreciar en casi todas las páginas web católicas unidas bajo el eslogan “pro-vida”. Y es que su aparente lucha contra el aborto, es todavía un buen mecanismo para en definitiva seguir luchando contra el matrimonio igualitario, la igualdad de la mujer, la eutanasia, el rechazo a la legalización de la marihuana, etc. La Iglesia Católica, que durante los últimos 17 siglos se organizó, estructuró y enseñó desde el poder, tuvo el prestigio, y el poder que tuvo, mediante el control de las conciencias. Cuando ella mantenía la hegemonía ideológica y decidía como debían actuar las personas (no solo los cristianos de una sociedad), su capacidad de control político y social era casi absoluto. Hoy día estamos en otra era. La jerarquía de la Iglesia Católica ha perdido de manera silenciosa, pero total y absolutamente su batalla para que las mujeres no utilizaran la píldora anticonceptiva, también perdió  la batalla por seguir discriminando a los hijos según si nacían dentro o fuera del matrimonio (hijos legítimos o ilegítimos) y también la referida a la indisolubilidad del matrimonio, esta vez cuando se estableció el divorcio. Hoy le queda muy poco espacio ideológico dentro del cual hacerse notar con alternativas de victoria (al menos en el corto plazo), y ese es, el supuesto rechazo al aborto. La ideología “pro-vida” es simplemente uno de los últimos esfuerzos de una ideología religiosa en decadencia, que desde el poder lucha por seguir controlando las conciencias, y mantener un poder político y social que se les esfuma a pasos agigantados.



Santiago septiembre de 2016




[1] Miranda, M. y Bertín, X,  “Seis personas condenadas por aborto en Chile cumplen penas en la cárcel”. Disponible en

lunes, 8 de agosto de 2016

EN TORNO AL ROBO DE LA BANDERA CHILENA, SOBRE LA QUE O’HIGGINS JURÓ SU INDEPENDENCIA


(Del capítulo “Por motivaciones ideológicas”, del libro inédito
“MuseoRobado. El robo de museos en Chile considerado como una de las bellas artes”)


Al salir por el costado izquierdo de la sala de robos con motivación económica, llegas a una sala de pequeñas dimensiones. Silencio, respeto y cuidado, estás entrando a uno de los lugares más sagrados de MI Museo.

En el centro de la sala, dos vitrinas, iluminadas desde arriba con focos direccionales, muestran las únicas piezas que con certeza se pueden exhibir en esta sala. Un ejemplar del Acta de la Independencia de Chile, impresa, pero con la rúbrica de O’Higgins y sus ministros, en una vitrina. En la otra, en el solemne entorno que dan los colores dorados, la bandera chilena sobre la que O’Higgins juró la independencia de la patria.

La sala está destinada a exhibir aquí robos tras los cuales hubo una clara inspiración esencialmente ideológica. Como hemos señalado anteriormente, los robos de museos tienen como motivación general la búsqueda de recompensa económica. De manera inusual, sin embargo, hay algunos en que dicha motivación varía. Se trata de excepcionales obras de arte, como hay pocas, y que, en este caso, merecen un detenido y acucioso análisis estético, que los invito a hacer.

A un Museo moderno no sólo le corresponde exhibir, presentar, proponer, sugerir y orientar, también analizar. Y el análisis de estas situaciones, aunque para muchos hoy resulte incomprensible, se remonta a mi más tierna infancia, pero ello ni por el lado del arte, ni por el amor al delito, más bien por el amor a las ideas. Cuando sólo había dado nueve pasos, mi cerebro se nutría de Allendismo. Éramos pocos en el curso, y yo era el único que hablaba y defendía. La derrota fue violenta, y la burla de mis compañeros también. Ese año Frei, el viejo, ganó por mucho. La “patria joven” marchó por Chile, y la Revolución en Libertad inició su corto camino al fracaso.

Pero volvamos a esta sala. El Giotto adelantó el Renacimiento, Goya, adelantó el arte moderno y Duchamp, con su urinario, el arte conceptual. Así, nos enseñó hace casi 100 años, que también en el arte lo que realmente importa es la idea. Más que la forma o la materia, lo verdaderamente valioso puede ser la propuesta de reflexión. El arte hoy, en su diversidad de manifestaciones, se entiende siempre como un proceso reflexivo-comunicativo, que reconoce la necesidad de destacar, desde cualquier visión contemporánea, la multidimensionalidad de la acción realizada, que expresa la libertad del genio, y que debe aspirar a la comprensión del otro.

En el caso de los robos por motivación ideológica debemos considerar al menos, entre las cuestiones que no son menores, el aspecto directamente político que implican, pero también el posible impacto psicológico que pueden ser capaces de producir, ya sea en el enemigo al que directamente atacan, o en la población en general.

Los casos de robos de museos motivados por razones ideológicas presentan características especiales. Se trata de afectar piezas con un alto contenido simbólico, y la acción, precisamente por ello, persigue un objetivo que trasciende la temática cultural o económica. Mediante estos hechos, los autores privan al enemigo de un símbolo de su identidad cultural, recuperan una pieza que los identifica, o se adueñan de manera exclusiva de un elemento valioso compartido. En algunos casos el objetivo perseguido puede ser simplemente exhibir capacidad operativa y/o mostrar las debilidades del enemigo.

En una situación de conflicto con fuertes connotaciones nacionalistas y racistas, como la guerra ocurrida en los Balcanes entre 1991 y 1995, ejemplos de robos con motivaciones ideológicas fueron frecuentes. En América latina es posible distinguir dos momentos relevantes en la realización de estas conductas. El primero se identifica con la conquista y colonización española. El segundo, con la división política, izquierda – derecha, y los casos más destacados se insertan en el ambiente de la guerra fría.

En la historia pasada de Nuestra América, el contenido ideológico está cargado de connotaciones políticas y religiosas, y con seguridad uno de los casos más representativos sea el robo de las momias de los Reyes Incas, que tratamos con más detalle al referirnos a Los Precursores.

Pero los objetos que en esta sala se exhiben no sólo no corresponden a la cultura indígena, pues son claramente republicanos, sino que la motivación del robo estuvo inspirada fuertemente en episodios contemporáneos a dicha apropiación.

El 16 de julio de 1969, la bandera original, la que estuvo en el desembarco en La Agraciada, el hecho considerado por los uruguayos como la primera acción de su proceso de independencia, y la bandera el más poderoso símbolo de ese proceso, esa de tres franjas horizontales del mismo ancho, azul, blanco y rojo, con el lema “Libertad o Muerte” escrito con tinta negra en la franja central, esa bandera inmortalizada por Blanes en un cuadro de dimensiones monumentales que lleva por título “El juramento de los treinta y tres orientales” y en el que aparece Juan Antonio Lavalleja enarbolándola, esa que permaneció, enmarcada en vidrio para su exhibición por decenas de años en el Museo Histórico Municipal, fue robada por militantes del grupo de orientación anarquista denominado Organización Popular Revolucionaria 33 Orientales, (OPR 33). Hasta hoy, la bandera se encuentra desaparecida.

El robo de la bandera de los 33 orientales fue conocido y alabado por muchos grupos políticos latinoamericanos y posteriormente fue reconocido como inspirador de acciones de naturaleza similar. De una de esas da cuenta la sala en la que estamos, en cuyo centro, la bandera chilena sobre la que O’Higgins juró la independencia de la patria, constituye un emotivo homenaje a quienes, en la lucha por la libertad, la enarbolaron ayer, y la enarbolan hoy, cualquiera sea su militancia.

En marzo de 1980 la dictadura chilena sólo mostraba indicios de querer perpetuarse, a costa de la vida, la sangre y la dignidad de millones de habitantes que la sufrían. Miles ya habíamos pasado por centros de tortura y o campos de concentración, cientos de miles habían sido sacados a la calle, golpeados, humillados en las poblaciones más humildes del país, y millones de personas vivían privadas de los más elementales libertades, como la de información, opinión, asociación. En estas condiciones, el Movimiento de Izquierda Revolucionario (MIR) agrupación política surgida en los años 60 claramente inspirado en la revolución cubana, y una de las que promovía el enfrentamiento armado a la dictadura, decidió ampliar su actividad militar, permitiendo que sus “Milicias Populares”, irrumpieran en el mundo político militar con una acción de enorme contenido simbólico. Inspirados, como ellos mismos lo han señalado en las acciones llevadas a cabo en Uruguay y Colombia ya descritas, decidieron apoderarse, desde el Museo Histórico de Chile, de la bandera nacional sobre la que se había jurado la independencia de la patria.

La ubicación, en ese entonces, del museo, a los pies del cerro Santa Lucía, y a un costado de la Biblioteca Nacional, hacía aún más osada la acción militar. A pocas cuadras del palacio de gobierno, La Moneda, por el costado poniente y del edificio donde funcionaba la Junta Militar, el Diego Portales, por el oriente, constituía una zona altamente protegida.

Luego de días de estudiar el lugar, cantidad de guardias, horarios, rutinas, el domingo 30 de marzo, a las 11 de la mañana, y luego de robar una camioneta, cuyo conductor permaneció amarrado en la parte posterior de ella, la estacionaron a un costado del museo. Los milicianos entraron y dado que los guardias estaban en otros lugares en ese momento, sin mayores dificultades rompieron el vidrio del lugar en que estaba la bandera, y salen del lugar.

La noticia explotó al día siguiente en la prensa, dando origen a las más desquiciadas hipótesis, todas ellas negando la posibilidad de una acción contra la dictadura: broma estudiantil de mal gusto, conducta de un psicópata, encargo de algún sofisticado coleccionista mundial.

Sólo una semana después el MIR reivindicó la acción, señalando “Que en todos los rincones de Chile se sepa que las milicias de la Resistencia Popular han recuperado de manos de la tiranía el emblema de la Independencia nacional para custodiarlo hasta el día, ya cercano, en que nuestro pueblo lo enarbolará con honra en una patria libre de opresión” Y agregaba “Porque sobre esta bandera que los padres de la patria jugaron la Independencia de Chile, nosotros, sus hijos leales, hemos jurado combatir sin descanso hasta derrocar la dictadura y construir la democracia de los trabajadores”. Para que no quedaran dudas sobre la verdadera autoría, días después el MIR envía un comunicado con fotografías del emblema, custodiado por milicianos armados.

La acción fue un duro golpe al orgullo de la dictadura. Se le atacaba exitosamente en dos de sus áreas más sentidas. Se trató de una acción armada, triunfante y además absolutamente limpia, sin disparar un solo tiro. Por otro lado, afectaba un símbolo patrio, protegido por aquellos que desde un comienzo pretendieron monopolizar el patriotismo.

De manera similar a como ocurrió con la espada de Bolívar, la bandera sobre la que O’Higgins juró la libertad de Chile nunca fue recuperada por los militares y permaneció desaparecida hasta avanzados años de la democracia. Sólo volvió a formar parte del patrimonio de la nación con libre acceso para todos, una vez que familias de militantes del MIR, asesinados por la dictadura y cuyos cuerpos fueron hechos desaparecer, decidieron hacer gestiones para entregarla, creando un hecho político que aumentara la presión sobre las fuerzas armadas chilenas, y de alguna manera los obligara a entregar información sobre los cuerpos de los miristas asesinados.

La bandera fue devuelta el año 2011, por padres y familiares de cientos de personas asesinadas y desaparecidas; los cuerpos de miles de desaparecidos, continúan desaparecidos.

viernes, 15 de julio de 2016

EL DELITO, ENTENDERLO PARA PREVENIRLO

Desde los antiguos tiempos de la Grecia clásica podemos identificar razonamientos que buscan explicar conductas que hoy llamamos delictivas. Geniales algunos, ingenuos muchos, lo cierto es que la preocupación por el delito es varias veces milenaria. Va a ser necesario llegar hasta la Ilustración, para que dichas inquietudes se traduzcan en un conjunto de críticas con tan efectiva injerencia en el sistema penal, que muchas perduran hasta la actualidad. El nombre de Beccaria, asociado indisolublemente con esos planteamientos, legalidad del delito, eliminación de la tortura, humanidad de la pena, sigue presente, recordándonos que en algunas áreas no puede llegar la postmodernidad, si aún no cumplimos los desafíos de la modernidad.

Corresponderá si al siglo XIX ver como el modelo científico que tanto éxito reporta en las ciencias naturales, se dirige a la explicación de las conductas delictivas. Y desde un comienzo lo hace con perspectivas diferentes. Autores belgas y franceses, (aún recordamos con cierta familiaridad las llamadas “leyes térmicas” de Quetelet) buscarán en el análisis de las estadísticas judiciales tendencias y repeticiones que expliquen la evolución del fenómeno criminal, y autores italianos, con Lombroso a la cabeza, creerán en el “delincuente nato”, y buscaran en la estructura biológica del individuo los factores que, en el lenguaje de la época, configuren las “causas” del delito. En lo esencial, se trataba de entenderlo para prevenirlo.

Más allá de los aciertos o errores que pudieran presentar, lo concreto es que a fines del siglo XIX, una nueva disciplina aparece en el horizonte siempre complejo de la llamada “Enciclopedia del Delito”. A las ya clásicas áreas de la filosofía, referidas a la ética, la justicia, o aún más directamente la “pena”, y las disciplinas vinculadas al derecho, derecho penal, derecho procesal penal, y derecho penitenciario en sus esbozos, se ha unido la perspectiva empírica del análisis de delito, la llamada “criminología”, abriéndole paso a una biología criminal, psicología criminal, sociología criminal y aún estadística criminal, si de especializaciones se trata. Viniendo en sus planteamientos más conocidos desde el ámbito de la medicina, -Lombroso es médico- no puede extrañarnos que se hable de etiología criminal, prognosis criminal, terapéutica criminal, etc.

Nada pacífico ha sido el camino de la criminología, más que por las dificultades propias de su objeto, o del método, siempre complejo cuando la actividad que se estudia se comete por regla general de manera oculta o clandestina y el solo reconocimiento de ella puede conducir a la cárcel, pues las mayores dificultades han venido desde el interior mismo de la disciplina. En un primer momento fueron las diferentes orientaciones que al interior de ella se manifestaron, biológicas, psicológicas o sociológicas, que no sólo no lograban integrarse, sino que se presentaban claramente como incompatibles, pretendiendo cada una de ellas destruir a la otra. Fueron décadas de lucha de escuelas, en que buena parte de los esfuerzos de una orientación estaban dirigidos a mostrar los errores y la inutilidad de la otra. Es cierto que más tarde vino un esfuerzo por una criminología integrada, pero sería falso decir que fue exitoso. Desde luego fue más bien breve, y cuando se estaba en eso, el potente movimiento de la criminología crítica pareció reducir a cero el aporte de todos los esfuerzos anteriores. Las distintas orientaciones no habían sido más que esfuerzos desde diversas perspectivas, todas ellas “positivistas”, por justificar el injustificable sistema, que más que el delito, sancionaba la pobreza y por sobre todo las diferentes manifestaciones de rebeldía social, condenando las manifestaciones de desviación social, cuando estas cuestionaban los valores que los sectores dominantes habían logrado imponer, y querían mantener. La criminología era, más que una ciencia, una ideología de castigo y disciplina. A mediados de los años 70 la criminología crítica abjuraba del delito como su objeto de estudio y, en un giro copernicano, pasaba al paradigma del control. No el delito, sino el control del delito como objeto de la criminología. No los delincuentes, sino los políticos que creaban los delitos, los policías, que perseguían sólo a los desposeídos y los jueces que sancionaban conforme a intereses ajenos a la justicia.

De la mano del retorno conservador a la política internacional, la reacción no se hizo esperar. Especialmente de la mano de Reagan en los Estados Unidos y de Thatcher en Inglaterra, vimos resurgir la imagen del delincuente como un ser que voluntariamente elige delinquir, y por ello es plenamente responsable de delito, y con esa visión el auge de la cárcel como eficaz mecanismo del combate al delito, y en definitiva la fe en que esta vez sí el sistema penal resolvería lo que no había resuelto nunca. El neoclasicismo, también llamado modelo de “ley y orden”, se instaló no sólo en Nueva York, con su política de tolerancia cero, sino también en el ámbito académico, con teorías económicas aplicadas a la explicación del delito, y por sobre todo, con una política criminal represiva, que llenó las cárceles de seres humanos, como al parecer nunca había ocurrido en la historia de la humanidad. Los ecos de esta reacción conservadora, fracasada por cierto, aún perduran en países como el nuestro, en donde para muchos los problemas sociales siguen arreglándose con cárcel.

Pero si este complejo desarrollo de la disciplina gastó esfuerzos en autodestruirse, también fue abriendo caminos que estamos empezando a recorrer. Caminos que nos mostraron algunas cosas obvias, al menos hoy, y otras no tanto.

Quizás lo primero que aprendimos es que el fenómeno es más complejo de lo que se pensó. Probablemente tan complejo como la conducta humana misma. Y tal vez por ello, que su presencia está en todas partes. Si en un comienzo se identificó el delito con la conducta realizada por quienes estaban en las cárceles, hoy ya no hay duda que su presencia es ubicua. Si “El hombre delincuente”, de Lombroso, nos otorgó la primera visión, “El delito de cuello blanco”, de Sutherland, nos amplió el horizonte donde buscarlo y la criminología crítica nos entregó una nueva visión de clases del fenómeno, que por cierto no se ha plasmado en la realidad.

En este descubrimiento de la complejidad del delito, cuestión que hoy parece obvia desde un comienzo, fuimos lentamente abandonando las pretensiones más ambiciosas. Más que de “causas suficientes y necesarias” del delito, hoy preferimos hablar de “factores significativamente asociados”; más que de “teorías omnicomprensivas” de todo delito y todo delincuente, de “teorías de alcance medio” y de “esquemas tipológicos”, aplicables a ciertas situaciones concretas. Hemos aprendido que hay diferentes niveles de análisis. Después de todo parece obvio que no es lo mismo explicar por qué aumenta o disminuye cierta tasa delictiva en un determinado territorio, por qué se realizó tal hecho delictivo en particular, o por qué un determinado individuo desarrolló una carrera criminal.

En este proceso de comprensión del fenómeno también aprendimos que en el drama penal no solo interviene el delincuente, sino igualmente la víctima, que su rol puede ayudar a entender el delito, al menos en algunos casos como en aquellas estafas en que la víctima es presa de su ambición desmedida, o nos puede ayudar a entender por qué se perpetúa, como en ciertos casos de violencia doméstica, y por cierto, que merece una profunda consideración por parte de un estado que, poseyendo el monopolio de la fuerza legítima, fracasó en protegerla.

El delito, hoy lo sabemos, no es una realidad ontológica, nada hay en una conducta determinada que la defina esencialmente como delictiva, todas son resultados de un doble proceso, selección y atribución.

¿Por qué a quien mata a su enemigo lo castigamos si es en tiempo de paz, y lo glorificamos si es en tiempo de guerra? ¿Por qué es delito si el empleado de una farmacia se apropia de una caja de Paracetamol y no lo es si los dueños se coluden con otras para fijar los precios? ¿Por qué ayer era delito el adulterio y hoy ya no lo es? ¿Por qué hay un delito especial referido al robo de cajeros automáticos y ninguno referido al robo de patrimonio cultural?

El delito es, ya lo dijimos, en su definición, un doble proceso. Selección por un lado de ciertas conductas, y atribución de la condición de delito a ellas. ¿Qué aprendimos de ello? De partida, que un estudio acabado del delito debiera considerar no solo a lo ya definido como tal, sino también los procesos que llevaron a dicha definición, y aún la pregunta legítima de por qué no son definidas como delito ciertas conductas socialmente muy dañinas, como las mencionadas más arriba por ejemplo.

Pero también aprendimos que la construcción social del delito no termina ahí, sino que el proceso selectivo continúa, y que en definitiva el sistema penal persigue y sanciona sólo a algunos. Una vez más a los más pobres, a los fracasados, a los más feos incluso, (encaran a la vida con “cara de delincuentes”, en el decir de muchos). De ahí la obviedad Bekeriana: es criminal quien es definido como criminal.

Hemos avanzado, es cierto, pero ello no significa que todo esté resuelto. En verdad ni siquiera que “mucho” esté resuelto. Por el contrario, la criminología se perfila hoy con múltiples interrogantes, probablemente más y más profundas que en sus comienzos.

Desde luego, una crítica común desde la academia, es la visión administrativista que ha adquirido la disciplina en muchos casos. Más que entender el delito, el objetivo parece ser simplemente administrarlo. Y como consecuencia de ello, surge una política criminal que más que disminuir los factores que se asociación a su génesis, busca simplemente modificar las circunstancias desencadenantes (más y mejor iluminación en las calles, más cámaras de televisión, más policías, etc.).

Pero no sólo eso. Las teoría vuelven a manifestarse en múltiples direcciones, sólo que esta vez muchísimo más variadas y complejas. ¿Fue la aprobación del aborto en Estados Unidos en los comienzos de la década del 70, con la disminución de los hijos no deseados, lo que disminuyó la tasa delictiva a fines de los 80? ¿Fue el enorme tumor que tenía en la corteza orbitofrontal el factor determinante en la conducta sexualmente delictiva que desarrolló “Alex”, que desapareció luego de la cirugía cerebral y volvió a aparecer cuando reapareció el tumor? ¿Disminuye el delito porque los video juegos mantiene a los jóvenes fuera del las calles? ¿Ha disminuido la violencia porque los niños están menos expuestos al plomo de las gasolinas? Todas estas son hipótesis que en algún momento se han sostenido, no sólo seriamente, sino con argumentos empíricos que nos obligan a replantearnos muchos temas.

Como hemos visto, hoy incluso han resurgido las miradas biologicistas del delito, que parecían enterradas definitivamente en los años 70. Por cierto ya no se nos habla de los estigmas lombrosianos, sino que los principales desafíos vienen especialmente desde la genética y la neurología. ¿Será que efectivamente hemos despreciado los factores biológicos determinantes de la conducta y estos vuelven a aparecer, pero hoy de la mano de los últimos conocimientos científicos sobre el ser humano? ¿Y qué decir de las nuevas teorías psicológicas sobre el aprendizaje? ¿Y de los aportes de la sociología?

La compresión del fenómeno delictivo, o más modestamente, el estudio de él, hoy resulta un desafío permanente. Un desafío teórico, en cuanto queremos comprender al hombre, un desafío ético, en cuanto de esa comprensión saldrán decisiones sobre la libertad de muchos, y la justicia de todos; pero también, y especialmente para quienes trabajan con dicha realidad, un desafío práctico que va a incidir definitivamente en la calidad y eficiencia del trabajo a realizar.

Y sin embargo en nuestro país, en donde el tema del delito constituye una de las más sentidas preocupaciones ciudadanas, poco o nada vemos en investigación científica que nos vuelva a las viejas cuestiones, entenderlo mejor para prevenirlo mejor.



Santiago julio de 2016



martes, 5 de julio de 2016

SOBRE LA DISCUSIÓN EN RELACIÓN CON EL DELITO DE CLONACIÓN HUMANA EN CHILE

(A 20 años del nacimiento de Dolly y
a 10 de la promulgación de la Ley 20.120)( )


Artículo 17.- El que clonare o iniciare un proceso de clonar seres humanos … , será castigado con la pena de presidio menor en su grado medio a máximo y con la inhabilitación absoluta para el ejercicio de la profesión durante el tiempo que dure la condena.
En caso de reincidencia, el infractor será sancionado, además, con la pena de inhabilitación perpetua para ejercer la profesión”.
Ley 20.120
(Diario Oficial 22 de septiembre de 2006)


I. Los antecedentes

Dolly nació el 5 de julio de 1996 en Escocia, pero la noticia de ello se divulgó recién en febrero del año siguiente. A partir de la noticia de su existencia, un nuevo fantasma empezó a recorrer, ya no Europa, sino el mundo, el fantasma de la clonación humana. Y la reacción no se hizo esperar. Y es que al mostrar la posibilidad cierta de clonar mamíferos, y con ello, al confirmar indirectamente la posibilidad de hacerlo con humanos, políticos, religiosos, moralistas (y también algunos científicos) de diversas latitudes, sintieron la imperiosa necesidad de decir algo sobre la materia( ), y como frente a lo desconocido lo más fácil parece ser oponerse a ello, en lo esencial, hicieron esfuerzos por prohibirla. El ejemplo más significativo de esto lo dio la propia Declaración Universal sobre el Genoma Humana y los Derechos Humanos, que de manera precipitada, incluyó una disposición sobre la materia( ). En nuestro país, en los días siguientes a la noticia, se presentaron al Congreso al menos dos proyectos prohibiendo esa conducta( ), el primero de los cuales, con modificaciones, se ha transformado en la ley 20.120, de la que citamos el artículo 17 con que iniciamos este trabajo.

Ocho años después de la noticia, el fantasma se había instalado en el seno de la Organización de Naciones Unidas (ONU). Allí, en marzo de 2005 y tras un intenso debate, que se prolongó por más de 3 años, se aprobó un texto, no vinculante, sobre la clonación humana. Aprobado por 84 votos a favor, 34 en contra y 37 abstenciones, constituyó una muestra clara de la imposibilidad de consenso sobre la materia. Su carácter de no obligatorio y las noticias en los días siguientes que informaban que China, Brasil y otros países resolvían para su situación interna desconocer el valor de dicha declaración y permitir algunos de los experimentos en principio prohibidos por ella, daban cuenta de su poca efectividad y de lo importante que era buscar el consenso.

En aquella oportunidad, sin justificación alguna, y con los peores argumentos posibles, ante un mundo divido en dos bloques, Chile se alineo en aquel “… formado por naciones con bajos niveles educativos y científico-técnicos, comandados por un poder militar (Estados Unidos) y un poder religioso (el Vaticano)”( )( ).

Diez años después del nacimiento de Dolly, se promulgó la ley 20.120, que sanciona como autor de delito al que “…clonare o iniciare un proceso de clonar seres humanos…”. Demás está decir que no se ha sancionado a nadie por dicho delito. (Después de todo no se ha comprobado ninguna clonación humana o intento de ello en el mundo)

Pero la discusión que sobre la materia se dio si es interesante. Más que por la relevancia de sus argumentos, por la pobreza de ellos, y por eso mismo vale la pena recordarla.

II. Los “argumentos” contra la clonación humana

En estricto rigor debiéramos analizar aquí la manera como la conducta afecta los diferentes bienes jurídicos que se ven afectados con la clonación humana, (y en este caso también con la prohibición de la clonación humana), pero eso significaría entregar sólo una visión muy parcial y distorsionada de la realidad de la discusión. Parcial, porque habríamos debido dejar fuera una serie de argumentos que si bien no corresponden a la defensa de bienes jurídicos propiamente tales y que si representan un aspecto importante de la discusión habida en Chile. Y distorsionada, porque en verdad prácticamente nadie ha realizado aquí una análisis destinado a precisar si efectivamente se afectan bienes jurídicos y luego apreciar su capacidad para fundamentar la norma.
La novedad del tema, la ignorancia sobre la materia, y la relevancia, aparente o real( ) de los factores involucrados, han suscitado tantos y tan variados argumentos, que resulta difícil abordar incluso los más importantes, y por cierto establecer una sistematización de ellos.
En principio, y sin pretender agotar la clasificación, es posible hablar de fundamentos:
a) con base en errores científicos
b) con base en concepciones religiosas o morales
c) con base en principios morales incompatibles con los principio del DP
d) con base en información científica correcta
e) con base en principios jurídicos ampliamente aceptados

a) Fundamentos con base en errores científicos

En verdad llama la atención el amplio espectro de argumentos sustentados en errores científicos, algunos muy fáciles de aclarar, que por lo demás, se manifiestan en personas que opinan sobre la materia desde posiciones de supuesto conocimiento de la materia.

En la crítica contra la clonación reproductiva, el principal error consiste en no comprender las consecuencias de dicho proceso, especialmente respecto del ser humano que pudiere nacer producto de ella. Una buena parte de los autores entiende que el clonado se limitará a ser una copia, igual a aquel del que se obtuvo el núcleo, sin individualidad, sin vida propia, quizás como una especie de sombra de éste.
Así ocurre por ejemplo con Ugarte, quien además emplea de manera equivocada el concepto de fenotipo. Así, señala que “La clonación es, entonces, una forma de reproducción que por ser asexual, permite obtener un individuo que viene a ser una copia genética y física o fenotípica de aquel a partir del cual se hace la reproducción” ( ).

En el mismo sentido de copia sin valor se expresa el Diputado Marcelo Forni, durante la discusión de la ley “En quinto lugar, la dignidad del clonado. La clonación no sólo merece un juicio negativo en relación con la dignidad del ser clonado, pues vendrá al mundo como copia …”.

En la misma línea de creer que el clonado sería sólo una simple copia, pero agregando argumentos aún más extraños se encuentran los desarrollados por Politoff, Matus y Ramírez en Lecciones de Derecho Penal Chilena. Desde luego, analizan la situación del clonado al lado del “gestado y nacido en ambientes artificiales” ( ), lo que a la luz de los avances científicos actuales, (información actualizada al 2016), seguirá siendo materia de ciencia ficción al menos por varias décadas. Respecto de ellos los autores se plantean allí dos problemas, primero si son individuos, y segundo si son de la especie humana. Se trata de situaciones que “… pondrían en entredicho el concepto, prácticamente sin discusión, de la persona como individuo de la especie humana” ( ) dicen los autores. Y respecto del ser clonado, ambas respuestas son negativas, pues por un lado“… el ser clonado no es genéticamente un individuo sino una copia de otro”( ) y por otro, esto es respecto de la naturaleza humana o no del clonado, si bien se acepta que “conforme el estado actual de las ciencias biológicas, son seres humanos los conformados a partir del ADN correspondiente a los seres humanos…” deja en claro que “Más problemática sería sin duda la situación de los seres clonados (a partir de una célula única de un donante) pues a pesar de tener el mismo ADN del ser humano donante, no son individuos diferenciables genéticamente”( ).

En una línea diferente, pero también claramente con errónea base científica, el profesor José Miguel Vera, a propósito de la clonación señala que "...estamos hablando de un mejoramiento de la especie humana..."( ).

Desde luego, el individuo clonado, en caso de llegar a existir, es un ser humano distinto a aquel del que es genéticamente igual. De manera similar a como son dos hermanos gemelos, se trata de individualidades diferentes, aún cuando posean un estructura genética idéntica. Es, como han dicho algunos, un hermano gemelo nacido tiempo después.

Por otro lado, es preciso destacar que la clonación, cualquiera sea el método empleado, no produce alteración alguna a nivel de genoma humano, más allá de duplicar uno ya existente. Por ello, no parecen adecuadas las afirmaciones que relacionan este proceso con las ideas de que al hablar de clon estamos pensando en una mejoría de la especie humana( ).

b) Fundamentos con base en concepciones religiosas o morales

Los argumentos de naturaleza moral o religiosa, de manera expresa o encubierta, se encuentran en una gran cantidad de autores. Sólo a título ejemplar mencionaremos algunos. Así por ejemplo el padre Chomalí señala que "...el legítimo deseo de los esposos a ser padres es posterior al derecho que tiene todo ser humano a ser concebido, gestado y educado en el contexto del amor conyugal.....a ser procreado fruto del amor, de la entrega sincera de los esposos y no de la pericia de terceros..."( ) o que la clonación humana debe prohibirse "...porque manipula de modo radical las relaciones fundamentales de la persona, como lo es su filiación, la consanguinidad..."( ). Como se puede apreciar, estos argumentos que nos hablan de una moral de máximos carecen jurídicamente de valor. Si lo tuvieran, mediante el primero debiéramos prohibir cualquier tratamiento de fertilización asistida, y mediante el segundo, incluso los procesos de adopción.

Otro argumento curioso, por decirlo de alguna manera, es el que menciona el Sr. Alejandro Serani, representante del Centro de Bioética de la Pontificia Universidad Católica, según quien “… debe afirmarse, desde el punto de vista ético, que la clonación deliberada de seres humanos constituye, en la mayor parte de los casos imaginables, un grave atentado a la dignidad de la persona humana” ”( ). Y agrega más adelante, “…la clonación humana artificial priva injustamente a un semejante del modo específico de venir a la existencia, modo que siendo el usual y propio de la especie y aquel que es deseable en principio para todo ser humano, se constituye por eso mismo en un derecho exigible por cada individuo que accede a la vida. Esta privación del modo usual y natural de nacer no sólo priva, en su concepto, al nuevo ser humano de un bien exigible por su esencia, sino que además violenta la naturaleza personal y libre del nuevo individuo al erigirse los científicos en dueños y señores de lo que atañe a un aspecto tan crucial de la vida ajena”( ). En verdad no entendemos por qué constituye un atentado contra la dignidad el venir al mundo de manera diferente. Y nos preguntamos si sobre esa base no debiera prohibirse también la operación cesárea.

El argumento más insólito que conocemos en este sentido lo da Ugarte, quien rechaza la clonación humana, entre otras razones, porque con ella “Se usurpa la función de Dios”( )( ).

c) Fundamentos con base en principios morales incompatibles con los principio del Derecho Penal

Numerosos son los autores que de una u otra manera desarrollan una argumentación no sólo carente de todo valor en el ámbito penal, sino aún incompatible con los principios básicos de éste. Un buen ejemplo de ello encontramos en lo expresado en una conferencia pronunciada el 13 de agosto de 2002 en el Centro de Estudios Públicos por el profesor Alfonso Gómez-Lobo, y publicado en la revista “Estudios Públicos”, en su número 89. Acompañado de un destacadísimo curriculum, que culmina como miembro del Consejo de Bioética de la Casa Blanca, y desde su perspectiva ética, el profesor mencionado ha hecho una férrea defensa de los postulados prohibicionistas, que rechazan toda posibilidad de clonación humana, ya sea terapéutica o con fines reproductivos. Respecto del primero argumento señala textualmente: “En resumen, probablemente tienen razón las personas que hablan de una pendiente resbaladiza. Primero vendrá la producción de clonos para desmantelarlos antes de 14 días, luego la extensión hasta mayor diferenciación, luego la implantación hasta la formación y extracción de órganos, y finalmente el nacimiento de los primeros seres humanos clonados”( ).

En esta misma línea argumental se manifiesta Fernando Chomali cuando señala que debe prohibirse "...porque abre una puerta ancha a prácticas eugenésicas en las cuales el hijo, de ser un don, pasa a ser un producto....."( ).

El argumento de la “pendiente resbaladiza” constituye sin duda el prototipo del “paradigma del miedo”, modelo caracterizado precisamente por sustentar la necesidad de un control social, sobre la base del temor a futuras conductas verdaderamente reprochables. En el ámbito de las ciencias de la vida, este paradigma del miedo, reflejado a menudo en este tipo de argumentos se vincula a temores atávicos frente a la ciencia y el conocimiento, como lo reflejan el mito de Prometeo en la antigüedad griega, el mito judeo cristiano de la manzana, en el Génesis, o la historia de Frankestein de Mary Shelly, en el siglo XIX.

Más allá de lo discutible que pueda resultar este argumento en el ámbito moral, al menos desde la visión kantiana, y por lo demás es aquí donde lo presenta Gomez Lobo, resulta impresentable en el ámbito penal, cuyas normas, personalísimas, se sustentan en principios como el de culpabilidad. Se sanciona penalmente a alguien no porque su conducta merezca en si un juicio de reproche penal, sino porque otros, después, quizás, si realicen algo verdaderamente reprochable. El principio de culpabilidad exige responsabilidad personal, el de lesividad afectar o poner en peligro un bien jurídico, el de proporcionalidad asignar una sanción en función de todo lo anterior. Nada de eso se da si la norma se fundamenta en el argumento de la pendiente resbaladiza, pues la sanción se impone al que pisa la pendiente, para evitar que otro caiga en ella.

d) Fundamentos con base en información científica correcta

Pero la discusión no queda ahí. Un tema más complejo es el de la existencia o no de bienes colectivos que pudieran verse afectados con estas prácticas. Como lo hemos señalado, no existe claridad, ni mucho menos acuerdo, sobre el tipo de bienes afectados, la naturaleza de ellos o la forma específica como se produce la afectación.

Ciertos autores estiman como bienes colectivos algunos de los que nosotros hemos indicado como individuales. Hay sin embargo dos bienes jurídicos que claramente son colectivos, (supraindividuales), la "inalterabilidad e intangibilidad del patrimonio genético humano no patológico", y la supervivencia de la especie humana.

Respecto del primer bien mencionado, y sin perjuicio de las enormes dificultades que su definición implica, la clonación pareciera no afectarlo, como sí lo puede hacer la fecundación interespecie, el traspaso de núcleos entre especies y otros tipos de manipulación genética. En verdad la clonación siempre trabaja con genoma humano y en ningún momento se propone su alteración. Por el contrario, precisamente lo que persigue es la materialización en un nuevo ser humano, del exacto e idéntico genoma humano de uno ya existente.

Respecto de la supervivencia de la especie humana, debemos recordar que la introducción de la reproducción sexuada constituyó un gran avance en el desarrollo de los animales superiores, pues les permitió una mayor diversidad, y por esta vía, una mejor adaptación al medio, una efectiva selección de los mejores, una mayor protección frente a la enfermedad, entre otras ventajas. La clonación, al retrotraer la situación a un proceso de generación asexuada, podría estimarse, constituye una vuelta a períodos superados de la evolución. De llegar a generalizarse, pero sólo en ese difícil e hipotético caso, podría poner en riesgo la diversidad humana, y por esa vía, hacer más vulnerable a la especie humana.

Otro argumento basado en consideraciones científicas reales dice relación con el hecho que la obtención de la oveja Dolly significó 227 intentos, y sólo un éxito. De este modo, se estima, por algunos, que la inmensa tasa de fracasos, que implica la destrucción de preembriones o embriones en distintas etapas de desarrollo, (mueren, desarrollan graves malformaciones o son abortados espontáneamente) con los que se ha experimentado para alcanzar al individuo clonado, constituye ya un atentado suficiente para prohibirla.

Este último argumento, sostenido preferentemente por quienes han planteado insistentemente que la existencia del individuo humano comienza con la concepción( ), se encuentran con una doble contradicción insalvable. En primer lugar porque concepción siempre hace referencia al hecho de concebir y este proceso sólo puede ocurrir en el vientre materno, y claramente ese no es el caso de la clonación. Y en segundo lugar y con mayor fuerza aún, pues aquí no hay concepción ni dentro ni fuera de la madre, no hay espermatozoide que intervenga, no hay fusión o alineación de pronúcleos masculino y femenino, … precisamente lo que hay es clonación.

En todo caso, esta situación, como la primera planteada en la enumeración anterior, parecen accidentales al proceso, y posiblemente superables mediante el perfeccionamiento de la técnica. Desde la perspectiva de la consecuencia legislativa, desaparece cuando los individuos clonados tengan similares posibilidades de éxito que los hijos resultados de procesos de fertilización asistida legalmente permitidos.

Distinto es lo que ocurre en los casos en donde se plantean situaciones intrínsecas al proceso mismo. Si en definitiva se resuelve que ellos, o alguno al menos constituyen bienes absolutos, dignos de protección penal, la clonación humana con fines reproductivos deberá prohibirse radicalmente. Si por el contrario, se trata de bienes relativos, su protección será sólo bajo ciertas condiciones y en esos casos la clonación humana con fines reproductivos pudiera aceptarse bajo determinadas circunstancias.

Santiago 5 de enero de 2009
Revisado y parcialmente actualizado en enero de 2016.

lunes, 4 de julio de 2016

LAS ETAPAS DEL SAQUEO CULTURAL DE NUESTRA AMÉRICA


Iniciamos aquí un grupo de artículos que dan cuenta de lo que estimamos, ha sido, el saqueo cultural de Nuestra América, esa del sur del río Bravo. En nuestra opinión, dicho saqueo, sostenido por más de 500 años, considera cuatro etapas de mayor intensidad, que se explican esencialmente por fenómenos económico-sociales. A través de estos artículos iremos dando cuenta de los hechos y los razonamientos que nos permiten afirmar lo señalado.


INTRODUCCIÓN

El deterioro y la destrucción del patrimonio cultural americano, y su traslado de manera ilícita hacia otros lugares del planeta, comenzaron en el momento mismo de la llegada del hombre europeo a estas tierras. Han pasado más de 500 años desde aquel entonces y hoy, más encubiertos, pero con más fuerza, esa destrucción y ese saqueo continúan.

La historia de América Latina, desde la perspectiva de su patrimonio cultural, es en los últimos siglos la sucesión de una larga historia de tragedias. Desde que le clavaran los dientes en la garganta, poco o nada hemos hecho en este territorio para alterar esa situación, en una conducta que, en la descripción de Galeano, es rayana en la estupidez.

La historia del saqueo de nuestras riquezas básicas está escrita, con lujo de detalles, en grandes e importantes obras de nuestro continente. “Las venas abiertas de América Latina”, de Eduardo Galeano, y que simbólicamente el Presidente Chavez de Venezuela le regalara al Presidente Obama, de los Estados Unidos, es quizás una de las más completas y seguramente la más conocida de todas. Del saqueo de nuestro patrimonio cultural estamos empezando a conocer su historia, iniciando un proceso de toma de conciencia del problema( ); pero seguimos estando en una etapa tan básica e ingenua de su desarrollo histórico, que lo desconocemos incluso en su conceptualización como tal. (No deja de ser ilustrativo que el propio Galeano no dedicara un solo capítulo al tema, no obstante referirse al cobre, al petróleo, a la plata, el caucho y mucho más).

Denunciados a veces por la prensa, estos atentados se presentan hoy como hechos aislados, como situaciones puntuales que en el mejor de los casos dan lugar a una cifra cuya validez estadística, cuando la hay, resulta difícil de verificar y que, dado además la muy alta cifra negra, en definitiva poco o nada nos indica.

Nosotros planteamos exactamente lo contrario. No son hechos aislados, sino inmersos en una lógica común, -la de que todo vale cuando de enriquecimiento se trata- insertos en un modelo de desarrollo económico que no sólo los acepta, sino que a menudo los promueve, como en el caso de la destrucción de sitios arqueológicos por represas, caminos, proyecto mineros, o espectáculos dudosamente deportivos, como el Rally Dakar, más allá de los discursos condenatorios, que más bien son palabras de buena crianza, pero que jamás han terminado por poner en riesgo el gran negocio que todo esto representa.

Ahora bien, si el saqueo y la destrucción han acompañado a Nuestra América de manera permanente, parece posible distinguir algunos periodos en los que esa actividad se ha dado con más intensidad, con más fuerza. No se crea que se trata de períodos de un origen inexplicable, como singularidades en un big bang con inflación caótica. No. Son más bien períodos como consecuencia de la aplicación de una lógica implacable, el desarrollo del capitalismo en el mundo.

Desde esta perspectiva, nosotros creemos distinguir cuatro grandes momentos en este proceso de destrucción.

I. El primero se inicia con la llegada del europeo a nuestro continente, y corresponde a los llamados tradicionalmente del "descubrimiento y conquista", y al que nos hemos referido en este blog con el título: “El saqueo cultural de América Latina”, subido a este blog en junio del año 2015.

II. El segundo se desarrolla a partir de 1790 aproximadamente, cuando por primera vez se empieza a valorar el patrimonio cultural americano, y que por consideraciones más bien didácticas, hemos denominado del “redescubrimiento”.


III. El tercero corresponde al esfuerzo republicano por incorporar los últimos territorios en manos de aborígenes a la soberanía estatal, y que más o menos corresponde a la segunda mitad del siglo XIX.


IV. El cuarto período comienza después de la Segunda Guerra Mundial y lo estamos viviendo en estos días.


Julio de 2016