domingo, 25 de octubre de 2026

El negacionismo climático: ciencia, poder e intereses económicos

 

Un debate que va más allá del clima

En Chile, como en otros lugares del mundo, hemos conocido en los últimos años episodios de lluvias intensas, inundaciones, aluviones, granizadas y otros fenómenos meteorológicos que llaman la atención por su intensidad, su oportunidad o el lugar en que se producen. Lo relevante es que el calentamiento global está modificando las condiciones en que se producen numerosos fenómenos extremos y, en muchos casos, aumenta su probabilidad o intensidad.

El fenómeno tiene una dimensión mundial y consecuencias gravísimas.

Una investigación publicada por Reuters el 20 de octubre de 2026 aporta una perspectiva especialmente ilustrativa sobre la transformación de los episodios de calor extremo. Tras analizar temperaturas horarias desde 1960 en más de 1,04 millones de cuadrículas distribuidas por el planeta, el equipo periodístico identificó un fenómeno que denominó heat storms, o «tormentas de calor»: olas de calor que alcanzan una extensión extraordinaria. Según el análisis, mientras en la década de 1960 se registraban en promedio unas cinco tormentas de calor activas al año, en la década actual la cifra alcanza aproximadamente 102. Además, estos episodios pasaron de representar cerca del 3 % de los días inusualmente calurosos a casi el 43 %.

Un estudio realizado en 854 ciudades de Europa revela que el verano de 2026 fue el más mortífero por calor, desde que existen registros comparables, con un estimado de 50.391 fallecimientos. La cifra representa un aumento de 71% respecto del récord anterior registrado en 2022, cuando se estimaron 29.480 muertes por calor en las mismas ciudades analizadas.

En este contexto, adquieren relevancia las declaraciones de autoridades y representantes políticos que ponen en duda el cambio climático o su origen humano. El diputado Cristóbal Urruticoechea afirmó el 22 de octubre de 2026 que se trataba de algo «en lo que nosotros no creemos», mientras que la ministra del Medio Ambiente, Francisca Toledo, había hablado en mayo de una «divergencia» sobre el origen humano del fenómeno.

La ciencia cambia, pero no todas las dudas son iguales

La historia de la ciencia ofrece numerosos ejemplos de resistencia a nuevas ideas. La aceptación de la circulación de la sangre, de la importancia de la higiene para prevenir infecciones, de la deriva continental propuesta por Alfred Wegener y de la evolución biológica encontró obstáculos de distinta naturaleza. Durante mucho tiempo también se rechazó que ciertos meteoritos procedieran del espacio, y la relación entre la bacteria *Helicobacter pylori* y muchas úlceras tardó en imponerse frente a explicaciones centradas en el estrés y la acidez.

Estos episodios, sin embargo, no son idénticos. En algunos casos faltaban instrumentos, pruebas o mecanismos explicativos; en otros pesaban prejuicios, intereses profesionales o concepciones arraigadas. Tampoco toda crítica formulada en una etapa temprana de una investigación debe calificarse de negacionismo. La ciencia avanza precisamente porque somete sus hipótesis a examen, debate y verificación.

El escepticismo científico es indispensable: exige pruebas, compara explicaciones y acepta modificar las conclusiones cuando la evidencia lo aconseja. El negacionismo es otra cosa. Consiste en rechazar, minimizar o desacreditar de manera persistente conocimientos sólidamente establecidos, incluso cuando convergen evidencias independientes, mediante la selección sesgada de datos, exigencias de prueba imposibles de satisfacer o argumentos que no resisten una evaluación rigurosa.

Que una idea haya sido rechazada en el pasado y luego aceptada no demuestra que toda teoría actualmente cuestionada sea correcta. El criterio decisivo no es la historia de una controversia, sino la calidad de las pruebas disponibles. Aplicado al cambio climático, este criterio permite distinguir una discusión legítima sobre impactos, proyecciones o políticas públicas, de la negación de resultados científicos bien establecidos.

¿Qué sabemos sobre el cambio climático?

El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) fue creado en 1988 por la Organización Meteorológica Mundial y el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente. Su función es evaluar la investigación científica disponible sobre el cambio climático, sus impactos y las opciones de respuesta. No realiza por sí mismo toda la investigación que examina: sintetiza y evalúa miles de estudios elaborados por la comunidad científica.

El sexto informe de evaluación del IPCC concluyó que la influencia humana ha calentado inequívocamente la atmósfera, el océano y la tierra. Esta conclusión no depende de una sola observación, sino de varias líneas de evidencia que coinciden.

En primer lugar, las concentraciones de gases de efecto invernadero —entre ellos el dióxido de carbono, el metano y el óxido nitroso— han aumentado debido principalmente a actividades humanas. La quema de carbón, petróleo y gas, la deforestación, los cambios en el uso del suelo, la agricultura, la ganadería y ciertos procesos industriales contribuyen a ese aumento. El efecto invernadero es natural y hace posible la vida; el problema es la intensificación de ese efecto por las emisiones humanas.

En segundo lugar, la temperatura media global ha aumentado desde la era preindustrial. Los científicos comparan las observaciones con simulaciones que consideran distintos factores. Las explicaciones basadas únicamente en variaciones naturales, como los cambios en la actividad solar y las erupciones volcánicas, no reproducen el calentamiento observado en las últimas décadas. Los modelos que incorporan las influencias humanas explican mucho mejor su magnitud y su patrón.

En tercer lugar, los océanos han absorbido la mayor parte del exceso de energía acumulado en el sistema climático. También se observa el retroceso de numerosos glaciares, la pérdida de hielo en Groenlandia y la Antártida, la reducción del hielo marino ártico y el aumento del nivel medio del mar, debido tanto a la expansión del agua al calentarse como al aporte de hielo terrestre derretido.

Por último, existen patrones atmosféricos coherentes con el aumento de los gases de efecto invernadero, como el calentamiento de la troposfera junto con el enfriamiento de la estratosfera. En conjunto, estas observaciones permiten identificar una huella del cambio climático que no se explica adecuadamente por causas naturales por sí solas.

El clima siempre ha cambiado: ¿eso lo explica todo?

Es cierto que el clima terrestre ha cambiado muchas veces. La actividad solar, las erupciones volcánicas, las variaciones de la órbita terrestre y las dinámicas oceánicas han influido en distintas épocas. La última glaciación terminó hace aproximadamente 11.700 años. Reconocer estos hechos no contradice la ciencia climática contemporánea.

La pregunta relevante es más precisa: ¿pueden los factores naturales explicar por sí solos el calentamiento global observado desde mediados del siglo XX? La evidencia evaluada por el IPCC indica que no. La rapidez, la magnitud y el patrón del calentamiento reciente requieren considerar la influencia humana, especialmente las emisiones de gases de efecto invernadero.

Por eso, decir que «el clima siempre ha cambiado» no responde a la cuestión central. Es como señalar que las enfermedades existían antes de descubrirse sus causas: la existencia de cambios naturales no impide identificar las causas predominantes de un cambio concreto. La discusión científica no consiste en elegir entre un clima que cambia y otro que permanece inmóvil, sino en determinar qué fuerzas explican el cambio que estamos observando.

Intereses económicos y consecuencias políticas

¿Por qué, entonces, algunas personas rechazan o minimizan una conclusión respaldada por tantas pruebas? La ignorancia, la desinformación y la dificultad para abandonar convicciones arraigadas pueden influir. También puede haber razones ideológicas, sociales y económicas. Pero sería un error atribuir automáticamente un motivo oculto a cada persona que discrepa: las motivaciones deben examinarse a partir de sus argumentos, sus actuaciones y el contexto.

Reconocer que el calentamiento actual tiene principalmente un origen humano no es solo aceptar una conclusión científica, también implica afrontar decisiones económicas, jurídicas y políticas. La mitigación exige reducir emisiones; la adaptación requiere preparar ciudades, infraestructura, agricultura y sistemas de salud para riesgos que ya están cambiando. Ambas tareas demandan planificación, inversión y decisiones sobre cómo distribuir sus costos.

En Chile, estas transformaciones afectan a sectores diversos. La minería del cobre y del litio necesita energía, agua e infraestructura, y debe responder a exigencias ambientales cambiantes. La generación eléctrica debe gestionar la sustitución de fuentes fósiles, la expansión de energías renovables y las inversiones en transmisión y almacenamiento. La agricultura y la actividad forestal enfrentan riesgos asociados a la disponibilidad de agua, los incendios y los cambios en el uso del suelo. Los hogares y las pequeñas empresas, por su parte, pueden verse afectados por los costos de la energía, el transporte y las medidas de adaptación.

El asunto tampoco se reduce a los intereses de una industria determinada. La acción climática requiere que el Estado establezca reglas, coordine instituciones, promueva inversiones, fortalezca la prevención y destine recursos a la adaptación. También exige reconocer que los costos de la transición no se distribuyen por igual. Si se dejan de lado los efectos sobre los trabajadores, las familias de menores ingresos y las comunidades dependientes de actividades intensivas en carbono, la transición puede perder legitimidad social.

Estas exigencias pueden entrar en tensión con concepciones políticas que desconfían de la regulación estatal o privilegian la reducción de obligaciones ambientales para determinados sectores productivos. Esa tensión merece ser analizada con argumentos y ejemplos concretos. No basta, sin embargo, con afirmar que toda posición contraria a una política climática es negacionista: se puede aceptar la evidencia científica y discutir legítimamente qué medidas adoptar, a qué ritmo y con qué distribución de costos. La línea se cruza cuando se niegan o distorsionan deliberadamente los conocimientos científicos para evitar el debate sobre sus consecuencias.

La pregunta que importa

Tal vez el negacionismo climático no pueda explicarse mediante una sola causa. En algunos casos habrá desconocimiento; en otros, identificación ideológica, desconfianza institucional, intereses económicos o cálculo político. Esas razones pueden combinarse y no siempre resultan fáciles de demostrar. Por eso, más que limitarse a calificar a quienes discrepan, conviene examinar qué afirman, qué pruebas presentan y si están dispuestos a revisar sus conclusiones.

La ciencia no es infalible ni sus conclusiones son inmutables. Su fortaleza reside en los métodos con que contrasta hipótesis, acumula evidencias y corrige errores. Precisamente por eso, el consenso científico no debe aceptarse como un dogma, pero tampoco puede descartarse mediante frases generales, sospechas o la selección interesada de datos.

El cambio climático plantea una cuestión científica y, al mismo tiempo, un problema colectivo de enorme alcance. Aceptar la evidencia no determina automáticamente una única política pública, pero sí establece el punto de partida del debate. Podemos discutir cómo reducir las emisiones, cómo financiar la transición y cómo proteger a los sectores vulnerables. Lo que no resulta razonable es fingir que esas decisiones pueden tomarse como si el conocimiento científico acumulado no existiera.

La pregunta, entonces, no es solo quién cree o deja de creer en el cambio climático. Es también quién se beneficia de retrasar las respuestas, quién soporta sus consecuencias y qué responsabilidades corresponden a quienes ejercen el poder. Para responderla con seriedad, hacen falta pruebas, transparencia y discusión pública; no la sustitución de la ciencia por una consigna, como lo hace el gobierno de J.A. Kast.

 

25 de octubre de 2026

miércoles, 21 de octubre de 2026

LA LOCOMOTORA QUE CRUZÓ EL OCÉANO…DOS VECES. O como se puede traficar una locomotora

 

1990, Desierto de Atacama

En el antiguo norte salitrero, donde el horizonte es una línea inmóvil y el agua vale más que el hierro, las locomotoras a vapor eran máquinas voraces. A fines de la década de 1920 consumían petróleo y enormes cantidades de agua, ambos bienes escasos y costosos en el desierto de Atacama. La solución parecía evidente: modernizar.

Así nació la Junín, la primera locomotora diésel encargada por Chile.

Fue construida por la empresa británica Hudswell Clarke & Company, en sus talleres de Leeds, Inglaterra, por encargo de la Compañía de Salitres y Ferrocarril de Junín, que desde 1896 operaba una línea de 54 kilómetros entre la Oficina Asturias y el puerto del Alto de Junín, en la actual Región de Tarapacá.  

El pedido se realizó en 1929 y la locomotora llegó a Chile en mayo de 1930.

La máquina costó 5.625 libras esterlinas —sin contar transporte— y representaba una apuesta decidida por el futuro. El sistema ferroviario había sido suficientemente exitoso como para justificar la inversión en una tecnología más eficiente

Pero la historia tenía otros planes.

Una máquina adelantada —y tardía

Su tecnología era excepcional para la época. Se la describe como una de las primeras locomotoras diésel comerciales, y posiblemente la primera de su clase concebida para ese tipo de explotación ferroviaria. Poseía un motor diésel McLaren de aproximadamente 300 caballos de fuerza, pesaba cerca de 33 toneladas y su diseño estaba adaptado a las pendientes pronunciadas y a las condiciones difíciles del ferrocarril salitrero. Con su potente motor, capaz de operar a mil revoluciones por minuto y con transmisión mecánica, era una rareza tecnológica no sólo en el país.

Diseñada para cruzar el desierto más árido del planeta con mayor eficiencia, simbolizaba la transición entre dos eras: desde la del vapor a la del petróleo.

Pero si en verdad la Junín era una máquina avanzada para la época, y pensada para el futuro, llegó tarde. En verdad lo hizo en plena Gran Depresión, que hundió  la demanda y los precios internacionales. Las exportaciones chilenas de salitre cayeron abruptamente y numerosas oficinas paralizaron sus faenas. El impacto se extendió a las finanzas públicas, el empleo y el conjunto de la economía nacional.

El auge del salitre natural ya estaba en su declive irreversible.

El esplendor que prometía nunca se consolidó plenamente. Con el cierre progresivo de oficinas y la contracción del comercio, el sistema ferroviario fue perdiendo sentido.

El ferrocarril dejó pronto de operar. La Junín quedó fuera de servicio y terminó abandonada en el desierto.

Monumento y despojo

Durante la dictadura, el sistema ferroviario que había de Santiago al norte fue suspendido y poco a poco todos sus elementos, locomotoras, carros, rieles, fueron asumidos como chatarra y vendidos a vil precio a amigos de la dictadura. También lo hicieron con las líneas y bienes que iban hacia el interior.

Fue a fines de los setenta o principio de los ochenta cuando aficionados e investigadores ferroviarios volvieron a localizarla y se interesaron por su conservación.

A mediados de los años 80 antiguos trabajadores ferroviarios, conocedores del valor patrimonial de la Junín, tomaron conocimiento que pronto empezaría su desmantelamiento, para separar hierro, bronce  y cualquier cosa que pudiera venderse por separado, y se comunicaron con la Asociación Chilena de Conservación del Patrimonio Ferroviario que había manifestado su intención de mantenerla.

Enterado su propietario, Isidoro Andía, que su valor podía ser mayor que el de sus diferentes componentes, pidió una elevada cifra como precio. Pocos meses después, cuando la Asociación había logrado conseguir ese dinero y quisieron concretar la venta, Andía pidió un nuevo precio, esta vez superior. Lo mismo ocurrió en una segunda oportunidad.

Mientras tanto y como una manera de protegerla, algunos miembros de la Asociación gestionaron ante amistades de la dictadura la posibilidad de que fuera declarada monumento nacional y así evitar su desmantelamiento, su alteración de cualquier naturaleza, y por cierto su cambio de lugar.

En 1989, la locomotora fue declarada monumento nacional en Chile, a solicitud de la Asociación Chilena de Conservación del Patrimonio Ferroviario, reconocimiento que la inscribía formalmente en el patrimonio industrial chileno.

El norte grande, con sus oficinas abandonadas y estructuras metálicas oxidadas, empezaba a ser comprendido no solo como paisaje de ruinas, sino como archivo material de la historia económica del país.

Nada de eso importó a Isidoro Andía. En 1990, vendió y embarcó desde el puerto de Antofagasta la locomotora "Junín.  Telenorte, red universitaria, grabó el traslado al barco y lo transmitió como noticia en la noche. ¡Ni una sola autoridad se opuso a ese despojo nacional!

Hoy la locomotora se encuentra en el Leeds Industrial Museum, en el Reino Unido. Allí es presentada como una pieza singular de ingeniería temprana, destacada por ser una de las primeras locomotoras diésel exportadas a Sudamérica.

Para Chile, en cambio, su partida fue una forma de amputación.

Patrimonio industrial en tránsito

El caso de la Junín no es aislado en la historia del patrimonio técnico latinoamericano. Durante décadas, máquinas, herramientas y artefactos industriales fueron considerados chatarra más que herencia cultural. La sensibilidad hacia el patrimonio industrial es relativamente reciente; en los años setenta y ochenta, el concepto apenas comenzaba a consolidarse en Europa y era casi inexistente en Chile.

En Leeds, la Junín es admirada como pionera tecnológica. En Chile, su ausencia es parte del paisaje invisible del norte salitrero.

El desierto y la memoria

La Junín reúne tres dimensiones históricas que rara vez coinciden en un solo objeto:

  1. Patrimonio industrial: representa una etapa temprana de la tecnología diésel ferroviaria.
  2. Historia económica y social: está vinculada al ciclo del salitre y al abandono de las oficinas que sostuvieron la economía del norte chileno. Las locomotoras no solo transportaban carga; articulaban un sistema económico global. La Junín representó la esperanza de prolongar ese ciclo mediante innovación técnica.
  3. Historia jurídica del patrimonio: su salida de Chile después de haber sido declarada monumento nacional plantea interrogantes sobre la eficacia de la protección legal y la capacidad del Estado para conservar bienes industriales excepcionales.

Su historia condensa tres momentos: el optimismo industrial de fines de los años veinte, la abrupta caída provocada por la crisis mundial y, finalmente, el exilio patrimonial en tiempos de dictadura.

La paradoja es elocuente: la primera locomotora diésel encargada por Chile, diseñada para vencer la aridez del desierto, terminó cruzando el Atlántico para convertirse en pieza museográfica extranjera.

¡Tráfico ilícito!

Que una locomotora declarada Monumento Nacional pudiera salir del país revela la fragilidad institucional de la época.

No fue un robo, fue técnicamente la más clara expresión de que el tráfico ilícito de bienes culturales podía realizarse aún sobre bienes de gran tamaño, a vista y paciencia de las autoridades; pero también, que grandes museos del mundo no tienen escrúpulos para violar la legislación de otros países. Y su no devolución por Gran Bretaña, en circunstancias que la ilegalidad de la salida es absolutamente clara, que un país famoso por saquear la cultura en todo el planeta, en muchos casos, puede seguir haciéndolo sin preocupaciones.

En el norte salitrero permanecen los rieles corroídos, las estaciones vacías y la memoria de una modernidad inconclusa. En Inglaterra, en cambio, una locomotora que nunca debió de haber salido de Chile, se exhibe sin escrúpulos.

Entre ambos paisajes media una pregunta incómoda sobre la gestión del patrimonio y sobre la responsabilidad histórica de los estados, ya sea para evitar su pérdida o ya para amparar el saqueo.

Epílogo

La Junín fue concebida para atravesar el desierto más árido del mundo. Lo logró. Lo que nadie previó es que también atravesaría el océano y quedaría, hasta hoy, lejos de la pampa que justificó su existencia.

Como tantas otras piezas del pasado industrial chileno, su historia no es solo técnica: es también política. Y su ausencia sigue siendo un recordatorio de que el patrimonio no siempre se pierde por el paso del tiempo; más a menudo de lo que se quisiera, se pierde también por decisión humana.

lunes, 12 de octubre de 2026

CRÓNICA DE UN ROBO EN PRIMAVERA. El robo de "El huaso y la lavandera"

 

CRÓNICA DE UN ROBO EN PRIMAVERA

 

Museo Nacional de Bellas Artes, 10 de octubre de 1981

 

Son cerca de las 13 horas en el Museo Nacional de Bellas Artes, el principal recinto del país dedicado a las artes visuales. En el segundo piso, allí donde de manera permanente se exponen obras de artistas “consagrados”, dos alumnas de un liceo recientemente municipalizado —un establecimiento con número, como tantos— observan con atención una pintura de tamaño reducido, (Alto 42.5 cm - Ancho 35 cm) con una escena costumbrista, y que a esas alturas, sábado 10 de octubre de 1981, ya es un verdadero ícono de la pintura nacional. Quieren una buena nota. Ya hicieron el mayor sacrificio escolar: ir al museo. La ficha en la sala es brevísima, la tarea exige más. Se alejan unas decenas de metros hasta encontrar a un guardia. Le piden más información sobre el autor y aunque no es esa su función, amablemente se ofrece para conseguirles lo que necesitan. El funcionario baja a buscar un folleto que sabe que existe y las puede ayudar.

Las escolares continúan recorriendo el museo mientras esperan. A las 13:04, con los mayores antecedentes aportados por el guardia, regresan nuevamente a la sala. Pero esta vez el muro está vacío, “El huaso y la lavandera”, de Mauricio Rugendas, ha desaparecido.

Mauricio Rugendas, había nacido en Bavaria, en 1802 y especialmente bajo la inspiración de Humbolt, cuyos textos sobre América habían circulado extensamente en el mundo cultural de Europa, y mostrado un continente en el que una naturaleza grandiosa, dinámica y viva se integra plenamente con las culturas originarias, decide venir a conocer el todavía “Nuevo Mundo”.

Viajero incansable, recorrió América durante dos décadas. Estuvo en Brasil, México, Perú, Bolivia, Argentina y Uruguay; en Chile permaneció entre 1834 y 1842 y luego entre 1845–1847

Mientras la aristocracia local miraba a Europa, y los escasos pintores que había en el país les hacían sus retratos, Rugendas miró a la calle y al campo: escenas costumbristas, personajes anónimos, oficios, fiestas populares, paisajes urbanos, temas históricos y patrióticos, entre otros. También colaboró con Claudio Gay en la ilustración de dibujos naturalistas, de tipos y costumbres, así como de paisajes del país, para el Atlas de la Historia Física y Política de Chile que este escribiera.

Dentro de sus paisajes campestres, El huaso y la lavandera —una escena íntima del mundo rural— se volvió emblema de esa sensibilidad, y una de las imágenes más reconocibles del arte del siglo XIX en Chile. Se trata de una obra de pequeño formato -fácil de retirar y ocultar-, rectangular y de orientación vertical, En ella, una mujer arrodillada está lavando ropa, a la orilla de un río rodeado de vegetación. Viste blusa blanca y falda roja. Sostiene una tela cuya parte inferior se sumerge en el agua. A su lado, un huaso montado sobre su caballo la observa, mientras éste bebe agua del río. Lleva chupalla de paja trenzada y un poncho rojo que contrasta con el verde del paisaje. Al fondo, un puente y árboles completan la escena.

La popularidad del cuadro es tal en esta época, que su utilización publicitaria alcanza dimensiones grotescas. Así, es la pintura que ilustra la portada del folleto “200 años de pintura chilena. Exposición itinerante”, de 1977, organizada por el Departamento de Extensión Cultural del Ministerio de Educación… y no está entre las 40 obras que constituyen dicha exposición.

La popularidad del cuadro, el lugar del robo, y las características de éste, -a plena luz del día, en momentos en que el museo está abierto al público- contribuyen de manera decisiva a que la conmoción por el robo sea enorme.

La noticia tuvo de inmediato categoría nacional.

Chile vivía bajo la sangrienta dictadura cívico militar encabezada por Augusto Pinochet Ugarte. De acuerdo al discurso oficial, ese año parecía uno de consolidación y éxito: en marzo se había promulgado la nueva Constitución aprobada en el fraudulento plebiscito de 1980; el 1 de mayo había entrado en vigencia el sistema de AFP; el 15 del mismo mes se municipalizó la enseñanza; en agosto se instauró el 11 de septiembre como “Día de la Liberación Nacional”.

El robo se producía en un país que vivía con toque de queda, centros de tortura clandestinos, y cientos de detenciones arbitrarias que llevan, siempre a la tortura, pero además pueden hacerlo a la muerte o a la desaparición forzada de personas, con una prensa y un poder judicial serviles hasta la grosería frente al dictador y sobre todo, un clima de terror que el propio tirano se encargaba de profundizar. Tres meses antes, en entrevista con la Revista Qué Pasa, el dictador había afirmado: “en este país no se mueve una hoja sin que yo lo sepa”.

Y ahora no se había movido una hoja, se había movido mucho más que eso, un cuadro, y no cualquiera, probablemente el más reconocible de la pinacoteca nacional por el público no erudito.

El Museo Nacional de Bellas Artes (MNBA) uno de los principales centros de difusión de las artes visuales en nuestro país ha estado siempre vinculado a la tradición republicana. Fue fundado precisamente un 18 de septiembre, del año de 1880, bajo el nombre de Museo Nacional de Pinturas, y es el primer museo de arte que se crea en América Latina.​ Desde 1910, ocupa un edificio ubicado en el Parque Forestal, el llamado Palacio de Bellas Artes, obra del arquitecto franco-chileno Emile Jéquier, construido en conmemoración del centenario de la nación. Fue declarado Monumento Histórico en 1976. Su diseño está inspirado en el famoso Petit Palais de París. ​

El museo posee un patrimonio artístico compuesto por más de 3.000 piezas, tiene la principal selección de escultura chilena y la segunda de pintura nacional más completa del país, adquiridas por medio de compras, donaciones y premios de salones oficiales. La pintura El Huaso y la lavandera fue comprada en 1939.

De este modo, el museo de arte más importante del país—símbolo de continuidad republicana y cuya protección era (y es) obligación del estado— aparecía vulnerado a plena luz del día, a pocas cuadras del entonces edificio Diego Portales (hoy Centro Cultural Gabriela Mistral), epicentro del poder militar.

Las policías anunciaron que pondrían todos sus medios disponibles para identificar a los autores y recuperar la pintura, los tribunales iniciaron una causa y las autoridades administrativas del museo el correspondiente sumario.

El robo se tradujo en la mayor campaña de difusión sobre una obra de arte robada que había habido hasta ese entonces. La noticia y la imagen del cuadro apareció en toda la prensa de circulación nacional, y en todos los canales de televisión. La propia directora subrogante del Museo hizo llegar una carta a los directores solicitándoles “su colaboración en el sentido que a través de su medio de comunicación se publique la imagen completa del cuadro sustraído días atrás, a fin de que sepa reconocerlo la mayor cantidad de público posible”([1]).

La Nación, el diario de gobierno, tituló: “El robo del siglo: El huaso y la lavandera”, “Robo del cuadro de Rugendas afecta al patrimonio nacional”, “Control de aeropuerto por la policía para recuperar la obra”.

El Mercurio anunció: “Cuadro de Rugendas: Interviene INTERPOL”.

La Tercera informó: “Rugendas robado, vasta campaña para recuperarlo”.

Sin ninguna información concreta sobre cómo se efectuó el robo, quienes lo cometieron o cuales fueron los motivos, las hipótesis proliferan. La imaginación periodística compensa la ausencia de datos. En un país donde la información política se controla, un robo artístico permite desplegar fantasías sin riesgo.

·         “Extranjero en robo del Rugendas”.

·         “Conocedor del arte —y del Museo— es el ladrón del más famoso cuadro de Rugendas”;

·         “Autor del robo sería un sicópata”;

·         “¡Una mujer sería quien robó valioso cuadro del Museo! Se habría vestido de hombre para engañar a guardias”.

Esos fueron algunos de los titulares con que nuestra prensa, acostumbrada a esas alturas a inventar algo cuando no había información, fue haciendo más y más llamativo el caso.

Pero todo duró poco. Al cuarto día de perdido el cuadro, una llamada telefónica anónima señaló que la obra seguía en el edificio del museo, pero esta vez en una bodega.

La pintura fue recuperada en perfectas condiciones.

No hay detenciones. No hay responsables. No hay explicaciones.

La conmoción se tradujo en la mayor campaña de difusión sobre una obra de arte robada que había habido hasta ese entonces. La noticia y la imagen del cuadro apareció en toda la prensa de circulación nacional, y en todos los canales de televisión. La propia directora subrogante del Museo hizo llegar una carta a los directores solicitándoles “su colaboración en el sentido que a través de su medio de comunicación se publique la imagen completa del cuadro sustraído días atrás, a fin de que sepa reconocerlo la mayor cantidad de público posible”([2]).

El expediente quedó sin rostro y la prensa, sin material para seguir fabulando, pasa a otra noticia.

Hasta el día de hoy sólo hay interrogantes ¿Quién? ¿Cómo? ¿Por qué?

El robo de 1981 es, probablemente, uno de los episodios de mayor impacto público en la historia del museo (junto con el posterior robo de la escultura El dorso de Adela, de Rodin). Pero lo que distingue este caso no es solo el valor patrimonial de la pieza, es especialmente el clima de época: control absoluto proclamado desde el poder, reformas estructurales en marcha, optimismo oficial, y bajo todo ello, una vulnerabilidad silenciosa.

Desde entonces, El huaso y la lavandera ya no es únicamente una escena costumbrista del siglo XIX pintada por un bávaro fascinado con América, es también una escena del Chile de 1981.

Una obra que fue arrancada del muro en minutos y devuelta días después.

En la actualidad, se sigue exhibiendo en el mismo museo, con un poco más de seguridad adicional.

Un cuadro que, por un instante, dejó al descubierto que incluso en los regímenes que dicen saberlo todo, algo importante puede desaparecer, sin que nadie sepa quien lo hizo, por qué, o a donde fue.

 

 



[1] LA TERCERA, “En Santiago y Quinta Región rastrean el cuadro robado”, 22 de octubre de 1981.

[2] LA TERCERA, “En Santiago y Quinta Región rastrean el cuadro robado”, 22 de octubre de 1981.

miércoles, 30 de julio de 2025

¿POR QUÉ LA DERECHA CHILENA ES TAN CORRUPTA?

 


 

En los últimos años hemos estado plagados de casos de corrupción en los más diversos ámbitos y en especial el político. No puede llamar la atención entonces que muchos sostengan que todo el mundo político está en la misma situación, que todos son igual de corruptos. “Que se vayan todos” es un grito que de pronto se ha escuchado en alguna manifestación.

Pero nada más empezar a indagar sobre el fenómeno, se ve que esa no es la realidad.

Si bien es cierto que la corrupción es un fenómeno complejo, que se presenta en diversos escenarios, con múltiples formas y niveles en una sociedad, que sus causas son claramente multifactoriales, y que hay políticos involucrados de diferentes partidos, lo también cierto es que cualquiera sea el indicador que se utilice, (políticos condenados, formalizados, investigados por los tribunales, montos involucrados, etc.,) lo primero que se descubre, es que los casos de corrupción no están repartidos proporcionalmente al azar, esto es, hay sectores políticos en donde dicha conducta es muchísimo más frecuente que en otros. Y lo segundo, que la derecha, con la UDI a la cabeza, seguida de cerca por RN y ahora por el Partido Republicano, es lejos, y desde hace ya mucho tiempo, el sector político con más casos de corrupción.

No se trata de defender a unos corruptos y condenar a otros. NO, Ni desconocer que también ha habido corrupción en otros sectores políticos. Todos merecen la mayor condena. Lo que aquí simplemente queremos abordar es por qué en la élite política de la derecha se dan los mayores niveles de corrupción conocidos hasta ahora.

Cathy Barriga, Virginia Reginato, Daniela Peñaloza, Raúl Torrealba, Rodrigo Delgado, Felipe Guevara, Miguel Ángel Aguilera, Joaquín Lavín, Luis Hermosilla, Marcela Cubillos, Andrés Chadwick, Andrea Molina, Angela Vivanco, Daniel Sauer, Felipe Ward, Pablo Longueira, Jovino Novoa, Cristián Leay, Pablo Wagner, Jaime Orpis, Marta Isasi, Karen Rojo, Cristian Labbé, Daniela Peñaloza, Carolina Silva, son algunos de los políticos de derecha más conocidos e involucrados en casos de corrupción. Hay decenas más solo en municipios menos relevantes, como Mario Meza, en Linares, José Luis Yáñez en Algarrobo,  Nora Cuevas, en San Bernardo. Fernando Paredes en Puerto Natales, etc. etc. A ellos podríamos agregar también a los más de 70 involucrados en el fraude con facturas falsas ligados al caso de la plataforma SocialTazk que controlaba Joaquín Lavín León.

Algunos de ellos ya han sido condenados, como Jovino Novoa, Jaime Orpis, Marta Isasi, Karen Rojo, Felipe Arenas, Iván Moreira, otros están ya formalizados, como Cathy Barriga, Joaquín Lavín León, Raúl Torrealba, o Mario Meza y los más, siguen siendo investigados.

Surge entonces legítimamente la pregunta ¿por qué la dirigencia de la derecha es tan corrupta?

Entendida la corrupción como el abuso de poder para obtener beneficios de interés personal, habitualmente económicos, pero no exclusivamente, cuando se trata de conductas individuales, éstas se pueden explicar a partir de dos condiciones, un espacio de poder desde donde actuar, y una voluntad de querer hacerlo. Pero para entender la situación de la derecha surge un tema adicional y es que para que muchos, dentro de un mismo sector político y social realicen conductas de corrupción, no basta con estar en un espacio de poder y “tener ganas de ser corrupto”, se necesita algo más. Y como la respuesta genética (“nacen corruptos” diría Lombroso) hoy carece de sentido, la respuesta debemos buscarla en el entorno social.

El primer sociólogo que estudió seriamente las conductas delictivas desarrolladas desde el poder fue el norteamericano E. Sutherland. En 1939 presentó ante la Asociación Americana de Sociología su artículo titulado “Criminalidad de Cuello Blanco”, en el que desafiaba la idea, generalizada hasta entonces, de que el delito estaba asociado prácticamente de manera exclusiva a los sectores más bajos de la sociedad (criminalidad de “cuello azul”, por los overoles de ese color que generalmente utilizaban los trabajadores manuales). Diez años más tarde, el mismo autor, ampliando la información, publicó el libro “Delito de Cuello Blanco”, consiguiendo verdaderamente revolucionar el mundo de los estudiosos del delito, al exponer decenas de casos en que personas de alta posición social cometían delitos en el ejercicio de su profesión o actividad. Delitos de cuello blanco, delitos económicos, delitos de los poderosos, son algunos de los nombres con que hoy se conoce este tipo de crímenes. Se trata, en términos generales, de delitos cometidos desde situaciones de poder, económico y/o político preferentemente, en el ejercicio mismo de ese poder y vinculados a temas relacionados mayoritariamente con dineros, es decir, aquellas conductas que hoy podemos agrupar en la expresión genérica “corrupción”.

Pero Sutherland no sólo puso de relieve la conducta delictiva de muchos poderosos, también hizo presente que hay situaciones en que los delitos cometidos desde las organizaciones pueden ser sistemáticos y permanecer en el tiempo, incluso después de cambiar todos los mandos de esas organizaciones. Esto significa que los delitos no son el resultado de individuos inmorales aislados, sino más bien que forman parte de un patrón de conducta que se perpetúa dentro de la organización, debido a normas, incentivos y estructuras que facilitan o permiten este comportamiento. Sutherland fue, en estas materias uno de los primeros que propuso una comprensión más estructural de cómo las presiones sociales afectan a las personas. Hoy innumerables teorías sociológicas tratan de explicar la incidencia del entorno social en las conductas desviadas. Muchas de ellas, de una u otra manera plantean la idea de una “subcultura”, que en este caso, es una “subcultura de la corrupción”.

En términos generales una subcultura es un conjunto de personas, que dentro de una cultura más amplia, mantienen cierta identidad propia, comparten valores, creencias, comportamientos, intereses o estilos de vida propios, y a menudo códigos lingüísticos, formas de consumo, redes cerradas, y estructuras de socialización particulares que los distinguen del grupo mayoritario.

La dirigencia política y económica (a menudo se confunden) de la derecha, como subcultura, se manifiesta de múltiples maneras. Barrios como Vitacura, Lo Barnechea, las Condes, Colegios como el Grange, el Verbo Divino, Villa María, SS.CC. de Manquehue, el Colegio Alemán, (Alguien cree que es casualidad que Kast y Mathei hallan estudiado en el colegio Alemán de Santiago y Kaiser en el colegio alemán de Temuco) son algunas de las muestras más visibles de la condición de sector social diferente al resto. A ello podemos agregar una fuerte endogamia social: los matrimonios, las amistades y las alianzas empresariales se forman dentro de un círculo restringido. La élite derechista se relaciona, se casa y hace negocios dentro del mismo círculo. Los apellidos, los contactos familiares y las redes sociales cerradas, clubes, empresas familiares, fundaciones, funcionan como filtros de exclusión. La élite derechista consume productos y experiencias (ropa, arte, viajes, restaurantes) que no son accesibles a la mayoría, marcando una diferencia, que claramente las distingue del común de los chilenos. En síntesis, en una sociedad fuertemente segmentada, como la nuestra, ellos constituyen un sub grupo social, económico y cultural, una subcultura en términos sociológicos.

Pero no se trata de una subcultura cualquiera, es una subcultura de la corrupción.

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Estar situado en un espacio de poder constituye un requisito esencial para realizar actos de corrupción. El otorgar conocimiento privilegiado, y/o control y autoridad sobre decisiones, y/o la capacidad de influir en ellas, afectando recursos y personas, en definitiva ejerciendo un espacio de poder, es no sólo tierra fértil para la corrupción, sino un requisito esencial para que ella se produzca.

Respecto de este primer requisito, no resulta difícil comprender que la derecha, tienen “ventajas comparativas” al respecto. Más allá de quien esté en el gobierno, la derecha sigue controlando los mayores espacios de poder en nuestro país. En primer lugar, y el más importante pues desde aquí se logra controlar muchos otros, el poder económico, en prácticamente todas sus áreas, pero además, el mundo militar y policial, el poder judicial, los municipios más ricos, las universidades privadas y muy especialmente los medios de comunicación.

Pero como hemos señalado, es necesario algo más.

Recordemos, para empezar que los dos partidos históricos de la derecha surgen desde la corrupción misma, durante el gobierno del dictador, genocida y ladrón Augusto Pinochet, para defender dicha dictadura, (ambos partidos, en el plebiscito del 5 de octubre de 1988, apoyaron la opción "Sí", es decir, que Pinochet siguiera asesinando y robando desde el poder por 8 años más), de la que muchos de sus fundadores fueron activos integrantes. No olvidemos que es durante esta dictadura que la corrupción alcanzó los mayores niveles de la historia en nuestro país. Sólo el propio dictador se robó más de 16 millones de dólares según lo ha dictaminado la justicia recientemente.

La UDI surge desde el llamado “movimiento gremialista”, cuyos máximos dirigentes estuvieron involucrados ya en la estafa que significó la “Cooperativa de Ahorro, Crédito y Servicios Financieros "La Familia" Ltda.”, en los años 1976 y 1977 y que significó la condena de varios en 1982.

Renovación Nacional surge de la fusión del Movimiento Unión Nacional, liderado por Andrés Allamand, el Frente Nacional del Trabajo, vinculado a Sergio Onofre Jarpa, ministro del interior del dictador y responsable directo de centenares de muertos en las protestas, el Partido Nacional Renovado, y otros grupos menores.

Pero recordemos también que no sólo surgen para apoyar a un gobierno corrupto del que formaban parte. Hasta hoy, sus principales exponentes en este momento, Matthey, Kast y Kaiser, siguen defendiendo el gobierno más criminal, corrupto y asesino que ha conocido nuestra historia.

Sin embargo el elemento que mejor ayuda a explicar una subcultura de la corrupción probablemente sea el mantenimiento de forma sostenida en el tiempo, de una ética carente de principios, que hace de la corrupción una práctica más, que en algunos casos se esconde, en otros se apoya y en algunos se condena de los dientes para afuera.

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Tener principios morales significa adherirse a un conjunto de normas y valores que guían el comportamiento de una persona, que funcionan como una verdadera “brújula” interna que lo orienta ayudándolo a diferenciar entre lo que considera correcto e incorrecto, justo e injusto. En resumen, tener principios es actuar de acuerdo con un conjunto de valores que guían el comportamiento hacia lo que se percibe como correcto, promoviendo el bienestar propio y el de los demás. Se tiene principios no cuando en el discurso público se anuncian, sino cuando éstos orientan las decisiones y las acciones en la vida diaria, cuando existe una consecuencia entre el decir y el actuar.

Con la élite derechista pasa todo lo contrario. Por un lado presentan un discurso valórico muy rígido, en algunas materias con apego irrestricto al discurso católico conservador, en materia de corrupción a veces con un discurso vociferante, pero un gran número de sus más altos dirigentes hacen exactamente lo contrario, y ello con la condescendencia de sus organizaciones.

Sabido es que en materia sexual y matrimonial su discurso suele ser de una pacatería propia de Edad Media, pero defendieron a pedófilos como Paul Shafer, Karadima o Macaya. Marcela Cubillos, como muchos de su sector votó en contra del divorcio, pero nada más aprobada la ley, se divorció para casarse con Andrés Allamand. Kathy Barriga, alcaldesa de la UDI, el partido más conservador en su discurso moralizante, terminó haciendo pornografía y vendiéndola.

Jovino Novoa condenado como delincuente a una pena remitida de 3 años el 2015, continuó en el partido hasta su muerte, seis años después, el 2021.

Joaquín Lavin Infante reconoció en un programa de televisión haber lucrado con su inversión en la Universidad Del Desarrollo, lo que era, y es, absolutamente ilegal, pues por ley las universidades no pueden tener fines de lucro, y sin embargo siguió siendo militante de la UDi sin problema alguno por sus declaraciones.

Un caso paradigmático de este doble discurso es el caso del diputado Marcelo Ojeda, diputado del Partido Republicano, cuyo encendido discurso anticorrupción en el parlamento sigue circulando en las redes sociales. Hoy está preso por fraude al Fisco reiterado y fraude frustrado y la Fiscalía pide una condena a 19 años.

En donde sin embargo el cinismo, el doble estándar y la falta de principios alcanza niveles inconmensurables es en materia económica.

Toda la derecha dice defender el libre mercado, pero defendieron y representan a aquellos empresarios que no tuvieron escrúpulos para robar a todos los chilenos con la colusión de los pollos y del papel tisú (papel higiénico, servilletas, toallas de papel, pañuelos desechables, a los enfermos con la colusión de las farmacias, a los compradores de autos con la colusión de las navieras que los traían, a los jugadores con la colusión de los casinos, o a las empresas naviera comprando parlamentarios que aprueban leyes cuyos textos son redactados por las mismas navieras que se benefician con ellos. (Hoy deberíamos hablar del “ Tren de los Pollos” o el “Tren de las Farmacias”, aunque el daño económico causado a los chilenos por estos delincuentes es mayor, en monto y número de personas afectadas, que el ocasionando por los otros delincuentes a quienes si llamamos “Tren de Aragua”).

La corrupción en la derecha no es por cierto un tema individual, y no comprende sectores aislados de las esferas de poder en el país. El caso Hermosilla por ejemplo, permitió develar una compleja telaraña, en la que las redes de corrupción comprendían, entre otros a abogados, (Luis Hermosilla, María Leonarda Villalobos), empresarios (Daniel Sauer),  políticos (Andrés Chadwick, Marcela Cubillos), fiscales del Ministerio Público (Manuel Guerra), Ministros de Corte Suprema (Ángela Vivanco), Director General de la PDI (Sergio Muñoz Yáñez), y con la Escuela de Derecho de la Universidad San Sebastián como caja pagadora de favores políticos, financiada entre un 57 y un 60% con recursos públicos, (Aporte Fiscal Directo AFD, Aporte Fiscal Indirecto, AFI, fondos de gratuidad, becas, etc.), es decir de todos los chilenos.

Pero no sólo eso, incluso premian a los corruptos, conociéndose públicamente que son corruptos.

La médico María Luisa Cordero, cuya concepción política es pre revolución francesa, pre democracia, en donde el voto de las personas vale lo mismo para todos, (el voto de ella debiera valer 10 veces el de nana, dice ella ) fue sorprendida por un equipo de televisión vendiendo licencias, sin que existiera enfermedad, y luego fue premiada por la derecha con una candidatura a diputada, que le permite hoy ocupar un escaño como parlamentaria de la nación. Y no olvidemos que cuando estalló el escándalo de los viajes al extranjero estando con licencia médica, destapado por la Contraloría, salieron rasgando vestiduras y desprestigiando -una vez más- a todos los funcionarios públicos.

Hace unas semanas José Antonio Kast presentó con mucho orgullo a su “coordinador de toda la propuesta económica”, el “destacado economista” Jorge Quirós, quien fue la persona que diseñó el modelo económico que permitió que las principales empresas avícolas se repartieran el mercado mediante cuotas de producción, la colusión de los pollos,  coordinador de la colusión de los pollos, y más tarde el que defendiera a SalcoBrand, negando la colusión de las farmacias.

Como alcaldesa de Providencia, Matthey contrató a Manuel Guerra como “asesor de probidad” en la municipalidad, más tarde lo hizo Rodolfo Carter en la municipalidad de La Florida, para ejercer el rol de "defensor de la gente", hoy implicado en el caso Hermosilla.

Matthei contempla en su equipo de “expertos en seguridad” a Christian Alveal, ex funcionario de gendarmería, condenado por acoso laboral en 2023, y sancionado por la Contraloría por dejar sin efecto un sumario que lo involucraba a el mismo, por pago de doble remuneración.

Pues bien, no puede extrañar entonces que una historia de corrupción, y una práctica que lejos de condenarla, (más allá de los discursos), terminan minimizándola, o aún premiándola, generan una subcultura en que el soborno, el cohecho y en general la corrupción, se presentan como una realidad cotidiana, que no merece sanción social alguna entre los pares, o cuando estalla por la prensa, muy baja, (¿clases de ética?) pues al tener capturada buena parte de la institucionalidad, y ser dueños de los medios de comunicación, la impunidad es la regla.

Edwin Sutherland, el mismo autor que citamos al comienzo, plantea, en su teoría de la asociación diferencial, que el comportamiento delictivo se adquiere mediante contacto frecuente con personas que aprueban o practican el delito. Tal vez sea tiempo de tenerlo presente para entender la corrupción en la derecha.

Fernando García Díaz

Julio de 2025

miércoles, 7 de mayo de 2025

OCHENTA AÑOS DESPUÉS. A seguir luchando contra el fascismo

 

"¿Qué nos enseña el pasado para entender lo que está sucediendo ante nuestros ojos? 

No todo, pero tal vez algo".

“Fascismos”,

Enzo Traverso

 

La II Guerra Mundial empezó, en Europa, en 1939, cuando Alemania invadió Polonia. Y terminó, también en Europa, cuando el calendario marcaba el 8 mayo de 1945, en países como Francia, Reino Unido y Estados Unidos, o el 9 de mayo en la URSS, cuando en Berlín el mariscal alemán Wilhelm Keitel, firmaba la rendición incondicional ante las tropas soviéticas. Hace de esto, ochenta años.

En esos casi seis años de guerra, la humanidad entera pudo conocer el fascismo en su expresión más brutal. Una Europa destruida, decenas de millones de heridos y mutilados, y sobre todo, entre 70 y 85 millones de muertos, dejó el conflicto en todo el mundo. Pero los heridos y muertos no se repartieron al azar. Tratándose de muertos, Francia tuvo uno 600 mil, Reino Unido unos 450 mil y Estados Unidos unos 420 mil. Entre 24 y 27 millones corrieron por cuenta de la Unión Soviética. Y ello no fue casualidad.

El 22 de junio de 1941 (pleno verano), comenzó la invasión de la Alemania nazi a la Unión Soviética. Se trató de la acción militar más grande en la historia de la humanidad, en soldados y maquinaria bélica. Más de 3,5 millones de soldados alemanes y unos 600 mil de países aliados (Rumania, Finlandia, Hungría Eslovaquia, …), más de 600 mil vehículos motorizados, entre 3.500 y 4.000 tanques y entre 2.700 y 3.000 aviones operativos para el ataque inicial. Los objetivos eran claros, derrotar a la Unión Soviética en pocas semanas, capturar Moscú, Leningrado y los campos de petroleros del Cáucaso, adquiriendo recursos naturales, especialmente petróleo y tierras agrícolas para el Tercer Reich, exterminar o esclavizar a la población eslava, considerada racialmente inferior por la ideología nazi y destruir la capacidad militar y el sistema comunista soviético. 

Y  había antecedentes para que los nazis soñaran con una rápida victoria sobre la URSS, Dinamarca se rindió en 6 horas, los Países Bajos (Holanda) en 5 días, Bélgica en 18, y el país mejor armado de esa ápoca, Francia, en 42 días.

Pero los objetivos nazis no se cumplieron.

La historia es conocida.  La Unión Soviética no sólo no se rindió, su resistencia fue heroica en prácticamente todo el territorio, alcanzando niveles épicos inimaginables en algunos lugares, como en Leningrado por ejemplo y en definitiva el rol de la Unión Soviética y el fracaso del Plan Barbarroja, fueron decisivos en la derrota del nazismo. Esta verdad es de tal envergadura que, en términos militares, algunos historiadores describen la guerra en dos capítulos, “De Berlín a Stalingrado” y “De Stalingrado a Berlín”.  

Hoy día, en una conducta que debiera avergonzar a sus responsables, políticos de occidentes, especialmente europeos, quieren olvidar precisamente esta verdad y para ello destruyen esculturas y homenajes a los soviéticos caídos y exageran el rol de acciones como el día en que los aliados lanzaron la invasión de Normandía, día D, que si bien constituyó un importante hecho bélico al abrir el segundo frente a Alemania, tuvo lugar el  6 de junio de 1944, esto es, cuando ya había empezado la derrota de Alemania más de un año y medio antes, con la derrota de Stalingrado (agosto del 42 a febrero del 43) y se había profundizado con la derrota en Kursk (junio del 43), esta última, la mayor batalla de tanques de la historia.

A ochenta años de la derrota del nazismo, una modalidad particular del fascismo, y conociendo las barbaridades que trajo a la humanidad, cuesta entender que movimientos de esta naturaleza, con las particularidades propias de los nuevos tiempos, vuelvan a crecer y a poner en riesgo la paz y la libertad en muchos países. Pero lo cierto es que, desde hace varios años, esto está ocurriendo. No es casualidad que la expresión fascismo, para referirse a determinados grupos políticos sea hoy de uso frecuente en el mundo del análisis político Ya sea sólo, fascismo, como parte de un neologismo, neofascismo, post-fascismo, o como expresión complementada “fascismos del siglo XXI”, lo cierto es que una ideología que muchos ingenuamente creyeron derrotada al final de la II Guerra Mundial, con la aniquilación de los gobiernos de Hitler y Mussolini, resurge con nuevas caras.

Si bien el fascismo clásico fue derrotado en 1945, importantes elementos de su ideología continuaron con los gobiernos de Franco en España y Salazar en Portugal. Y ya en los años 50 movimientos políticos con nombres como “nacionalismo identitario”, “derecha radical” o “populismo autoritario” presentaban claros rasgos fascistas. Por supuesto que si alguien busca hoy una copia, más o menos exacta de lo que fue el gobierno de Mussolini, o el de Hitler, claramente no la encontrará en ninguna de las propuestas signadas como “fascistas”. Tampoco encontrará grandes concentraciones de masas, marchas, uniformes y todo presidido por esos gigantescos estandartes que tan claramente hablaban de la estética fascista de los años 30. Lo que hoy encontramos son a sus continuadores.

Ahora si en los años 50 grupos de esa naturaleza resultaban en ese momento políticamente marginales, es especialmente desde el 2010 en adelante, luego de la crisis financiera del 2008, cuando el populismo neofascista empieza a tener fuerza. Lo verdaderamente peligroso de hoy, es que han adquirido un peso político e ideológico tal que pone en serio peligro todo lo alcanzado con la lucha de millones de seres humanos durante décadas y aún siglos, como el derecho a vivir en paz, la democracia, la libertad y los derechos adquiridos por los trabajadores. Centrados en provocar miedo, postulados como un nacionalismo excluyente, el rechazo a las minorías y los inmigrantes, un autoritarismo disfrazado de “defensa de la tradición y sus valores”, y aún el rechazo a la democracia liberal, se empiezan a constituir en elementos esenciales de un discurso político dirigido especialmente a sectores populares carentes de formación y experiencia política. A menudo los discursos contra la inmigración y con cierta frecuencia también contra la diversidad sexual y el feminismo, o los musulmanes, y hoy en Estados Unidos contra los latinos especialmente, constituyen temas esenciales en los planteamientos neofascista. El miedo al otro, que en la Alemania nazi se centró en el judío y en las supuestas “razas inferiores”, hoy se ha desplazado hacia nuevos actores.

Las últimas década  han conocido figuras como Bolsonaro, Bukele, Trump, Milei, Abascal y partidos y movimientos políticos como VOX, AfD, Demócrata de Suecia (hoy también una parte importante del Partido Republicano de EE.UU.) y otras organizaciones o movimientos de ultraderecha, como Oath Keepers, Proud Boys, Reichsbürger o Selbstverwalter, que están, definitivamente emparentados con el fascismo tradicional. Por supuesto que ninguno de ellos, ni las personas, ni los movimientos o partidos políticos se llaman fascistas, ni se reconocen como tales, por la carga negativa de la expresión. En nuestro país ocurre lo mismo. Ni Kaiser ni Kast, ni sus respectivos partidos se reconocen como fascistas, pero en política, como en todo, las cosas son lo que son, y no necesariamente lo que de ellas dicen sus propios partidarios.

El fascismo, hoy como ayer, aunque se presenta como ni de derecha ni de izquierda, es por definición una corriente política de la extrema derecha, una de cuyas características más visibles es precisamente su fuerte anticomunismo, militante, violentísimo en el pasado, (Alemania, Italia, España, Portugal), hoy menos significativo en los lugares donde las ideas marxistas tienen menos fuerza, pero igual de agresivo en países como Chile, en donde el PC es un partido relevante en la política nacional.

El fascismo, por supuesto no surge de la nada, sino al contrario, lo hace siempre bajo determinadas circunstancias, dos de las cuales se repiten en todos los escenarios. La primera, una crisis económica y/o política aguda, que muestra una realidad aparentemente sin salida. La segunda, una incapacidad de la izquierda para ponerle freno al fascismo.

Estas dos circunstancias hacen aún más peligrosa nuestra realidad.

Aquí, nadie seriamente duda de la existencia de una crisis política, social y económica. Los partidos políticos y las instituciones han perdido toda credibilidad. La corrupción, el incumplimiento de las promesas de campaña, han dado lugar a una falta de confianza como no habíamos conocido otra en décadas. Las pensiones miserables, una salud cada vez más cara, sueldos que no permiten llegar a fin de mes, configuran un panorama más que complejo. El estallido social de 2019, cuyas peticiones aún están sin ser satisfechas en su mayoría, es un buen ejemplo de todo ello.

La incapacidad de la izquierda, que permitió el ascenso del fascismo histórico se caracterizó a su vez por dos elementos esenciales. Por un lado, una fuerte división, que abarcaba partidos y agrupaciones sindicales y por otro, una izquierda, política y orgánicamente desarmada, sin un discurso común que le hiciera ver los peligros que presentaba el fascismo, y las medidas a asumir para enfrentarlo.

A ochenta años desde el triunfo de los aliados sobre el nazismo, prodigar honor y gloria a quienes lo combatieron y lo derrotaron en 1945, constituye un imperativo moral y un deber histórico y especial atención nos deben merecer los soldados y el pueblo soviético, que fueron, sin duda, quienes más aportaron, en sacrificio y en vidas humanas para permitir que el mundo se viera libre de la bestia fascista.,

Y la mejor manera de hacerlo, es siguiendo su ejemplo y luchando contra él. La unidad de la izquierda, y de las más amplias fuerzas democráticas y populares en torno a un programa transformador, que consagre el derecho de cada país a la libre determinación, que profundice la democracia y los derechos humanos, que haga frente a los problemas provocados por el neoliberalismo, como la crisis alimentaria y sanitaria, las migraciones forzadas, las zonas de sacrificio provocadas por el extractivismo y la destrucción ambiental, se presentan como elementos esenciales en lo que debe ser hoy, ochenta años después, nuestra lucha contra el fascismo.

Fernando García Díaz

8 de mayo de 2025