Un debate que va más allá del
clima
En Chile, como en otros
lugares del mundo, hemos conocido en los últimos años episodios de lluvias
intensas, inundaciones, aluviones, granizadas y otros fenómenos meteorológicos
que llaman la atención por su intensidad, su oportunidad o el lugar en que se
producen. Lo relevante es que el calentamiento global está modificando las
condiciones en que se producen numerosos fenómenos extremos y, en muchos casos,
aumenta su probabilidad o intensidad.
El fenómeno tiene una
dimensión mundial y consecuencias gravísimas.
Una investigación publicada
por Reuters el 20 de octubre de 2026 aporta una perspectiva especialmente
ilustrativa sobre la transformación de los episodios de calor extremo. Tras
analizar temperaturas horarias desde 1960 en más de 1,04 millones de
cuadrículas distribuidas por el planeta, el equipo periodístico identificó un
fenómeno que denominó heat
storms, o «tormentas de calor»: olas de calor que alcanzan una
extensión extraordinaria. Según el análisis, mientras en la década de 1960 se
registraban en promedio unas cinco tormentas de calor activas al año, en la
década actual la cifra alcanza aproximadamente 102. Además, estos episodios
pasaron de representar cerca del 3 % de los días inusualmente calurosos a casi
el 43 %.
Un estudio
realizado en 854 ciudades de Europa revela que el verano de 2026 fue el más
mortífero por calor, desde que existen registros comparables, con un estimado
de 50.391 fallecimientos. La cifra representa un
aumento de 71% respecto del récord anterior registrado en 2022, cuando se
estimaron 29.480 muertes por calor en las mismas ciudades analizadas.
En este contexto, adquieren
relevancia las declaraciones de autoridades y representantes políticos que
ponen en duda el cambio climático o su origen humano. El diputado Cristóbal Urruticoechea afirmó el 22 de
octubre de 2026 que se trataba de algo «en lo que nosotros no creemos»,
mientras que la ministra del Medio Ambiente, Francisca Toledo, había hablado en
mayo de una «divergencia» sobre el origen humano del fenómeno.
La ciencia cambia, pero no
todas las dudas son iguales
La historia de la ciencia
ofrece numerosos ejemplos de resistencia a nuevas ideas. La aceptación de la
circulación de la sangre, de la importancia de la higiene para prevenir
infecciones, de la deriva continental propuesta por Alfred Wegener y de la
evolución biológica encontró obstáculos de distinta naturaleza. Durante mucho
tiempo también se rechazó que ciertos meteoritos procedieran del espacio, y la
relación entre la bacteria *Helicobacter pylori* y muchas úlceras tardó en
imponerse frente a explicaciones centradas en el estrés y la acidez.
Estos episodios, sin embargo,
no son idénticos. En algunos casos faltaban instrumentos, pruebas o mecanismos
explicativos; en otros pesaban prejuicios, intereses profesionales o
concepciones arraigadas. Tampoco toda crítica formulada en una etapa temprana
de una investigación debe calificarse de negacionismo. La ciencia avanza
precisamente porque somete sus hipótesis a examen, debate y verificación.
El escepticismo científico es
indispensable: exige pruebas, compara explicaciones y acepta modificar las
conclusiones cuando la evidencia lo aconseja. El negacionismo es otra cosa.
Consiste en rechazar, minimizar o desacreditar de manera persistente
conocimientos sólidamente establecidos, incluso cuando convergen evidencias
independientes, mediante la selección sesgada de datos, exigencias de prueba imposibles
de satisfacer o argumentos que no resisten una evaluación rigurosa.
Que una idea haya sido
rechazada en el pasado y luego aceptada no demuestra que toda teoría
actualmente cuestionada sea correcta. El criterio decisivo no es la historia de
una controversia, sino la calidad de las pruebas disponibles. Aplicado al
cambio climático, este criterio permite distinguir una discusión legítima sobre
impactos, proyecciones o políticas públicas, de la negación de resultados
científicos bien establecidos.
¿Qué sabemos sobre el cambio
climático?
El Grupo Intergubernamental de
Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) fue creado en 1988 por la
Organización Meteorológica Mundial y el Programa de las Naciones Unidas para el
Medio Ambiente. Su función es evaluar la investigación científica disponible
sobre el cambio climático, sus impactos y las opciones de respuesta. No realiza
por sí mismo toda la investigación que examina: sintetiza y evalúa miles de
estudios elaborados por la comunidad científica.
El sexto informe de evaluación
del IPCC concluyó que la influencia humana ha calentado inequívocamente la
atmósfera, el océano y la tierra. Esta conclusión no depende de una sola
observación, sino de varias líneas de evidencia que coinciden.
En primer lugar, las
concentraciones de gases de efecto invernadero —entre ellos el dióxido de
carbono, el metano y el óxido nitroso— han aumentado debido principalmente a
actividades humanas. La quema de carbón, petróleo y gas, la deforestación, los
cambios en el uso del suelo, la agricultura, la ganadería y ciertos procesos
industriales contribuyen a ese aumento. El efecto invernadero es natural y hace
posible la vida; el problema es la intensificación de ese efecto por las
emisiones humanas.
En segundo lugar, la
temperatura media global ha aumentado desde la era preindustrial. Los
científicos comparan las observaciones con simulaciones que consideran
distintos factores. Las explicaciones basadas únicamente en variaciones
naturales, como los cambios en la actividad solar y las erupciones volcánicas,
no reproducen el calentamiento observado en las últimas décadas. Los modelos
que incorporan las influencias humanas explican mucho mejor su magnitud y su
patrón.
En tercer lugar, los océanos
han absorbido la mayor parte del exceso de energía acumulado en el sistema
climático. También se observa el retroceso de numerosos glaciares, la pérdida
de hielo en Groenlandia y la Antártida, la reducción del hielo marino ártico y
el aumento del nivel medio del mar, debido tanto a la expansión del agua al calentarse
como al aporte de hielo terrestre derretido.
Por último, existen patrones
atmosféricos coherentes con el aumento de los gases de efecto invernadero, como
el calentamiento de la troposfera junto con el enfriamiento de la estratosfera.
En conjunto, estas observaciones permiten identificar una huella del cambio
climático que no se explica adecuadamente por causas naturales por sí solas.
El clima siempre ha cambiado:
¿eso lo explica todo?
Es cierto que el clima
terrestre ha cambiado muchas veces. La actividad solar, las erupciones
volcánicas, las variaciones de la órbita terrestre y las dinámicas oceánicas
han influido en distintas épocas. La última glaciación terminó hace
aproximadamente 11.700 años. Reconocer estos hechos no contradice la ciencia climática
contemporánea.
La pregunta relevante es más
precisa: ¿pueden los factores naturales explicar por sí solos el calentamiento
global observado desde mediados del siglo XX? La evidencia evaluada por el IPCC
indica que no. La rapidez, la magnitud y el patrón del calentamiento reciente
requieren considerar la influencia humana, especialmente las emisiones de gases
de efecto invernadero.
Por eso, decir que «el clima
siempre ha cambiado» no responde a la cuestión central. Es como señalar que las
enfermedades existían antes de descubrirse sus causas: la existencia de cambios
naturales no impide identificar las causas predominantes de un cambio concreto.
La discusión científica no consiste en elegir entre un clima que cambia y otro
que permanece inmóvil, sino en determinar qué fuerzas explican el cambio que
estamos observando.
Intereses económicos y
consecuencias políticas
¿Por qué, entonces, algunas
personas rechazan o minimizan una conclusión respaldada por tantas pruebas? La
ignorancia, la desinformación y la dificultad para abandonar convicciones
arraigadas pueden influir. También puede haber razones ideológicas, sociales y
económicas. Pero sería un error atribuir automáticamente un motivo oculto a
cada persona que discrepa: las motivaciones deben examinarse a partir de sus
argumentos, sus actuaciones y el contexto.
Reconocer que el calentamiento
actual tiene principalmente un origen humano no es solo aceptar una conclusión
científica, también implica afrontar decisiones económicas, jurídicas y
políticas. La mitigación exige reducir emisiones; la adaptación requiere
preparar ciudades, infraestructura, agricultura y sistemas de salud para
riesgos que ya están cambiando. Ambas tareas demandan planificación, inversión
y decisiones sobre cómo distribuir sus costos.
En Chile, estas
transformaciones afectan a sectores diversos. La minería del cobre y del litio
necesita energía, agua e infraestructura, y debe responder a exigencias
ambientales cambiantes. La generación eléctrica debe gestionar la sustitución
de fuentes fósiles, la expansión de energías renovables y las inversiones en
transmisión y almacenamiento. La agricultura y la actividad forestal enfrentan
riesgos asociados a la disponibilidad de agua, los incendios y los cambios en
el uso del suelo. Los hogares y las pequeñas empresas, por su parte, pueden
verse afectados por los costos de la energía, el transporte y las medidas de
adaptación.
El asunto tampoco se reduce a
los intereses de una industria determinada. La acción climática requiere que el
Estado establezca reglas, coordine instituciones, promueva inversiones,
fortalezca la prevención y destine recursos a la adaptación. También exige
reconocer que los costos de la transición no se distribuyen por igual. Si se
dejan de lado los efectos sobre los trabajadores, las familias de menores
ingresos y las comunidades dependientes de actividades intensivas en carbono,
la transición puede perder legitimidad social.
Estas exigencias pueden entrar
en tensión con concepciones políticas que desconfían de la regulación estatal o
privilegian la reducción de obligaciones ambientales para determinados sectores
productivos. Esa tensión merece ser analizada con argumentos y ejemplos
concretos. No basta, sin embargo, con afirmar que toda posición contraria a una
política climática es negacionista: se puede aceptar la evidencia científica y
discutir legítimamente qué medidas adoptar, a qué ritmo y con qué distribución
de costos. La línea se cruza cuando se niegan o distorsionan deliberadamente
los conocimientos científicos para evitar el debate sobre sus consecuencias.
La pregunta que importa
Tal vez el negacionismo
climático no pueda explicarse mediante una sola causa. En algunos casos habrá
desconocimiento; en otros, identificación ideológica, desconfianza institucional,
intereses económicos o cálculo político. Esas razones pueden combinarse y no
siempre resultan fáciles de demostrar. Por eso, más que limitarse a calificar a
quienes discrepan, conviene examinar qué afirman, qué pruebas presentan y si
están dispuestos a revisar sus conclusiones.
La ciencia no es infalible ni
sus conclusiones son inmutables. Su fortaleza reside en los métodos con que
contrasta hipótesis, acumula evidencias y corrige errores. Precisamente por
eso, el consenso científico no debe aceptarse como un dogma, pero tampoco puede
descartarse mediante frases generales, sospechas o la selección interesada de
datos.
El cambio climático plantea
una cuestión científica y, al mismo tiempo, un problema colectivo de enorme
alcance. Aceptar la evidencia no determina automáticamente una única política
pública, pero sí establece el punto de partida del debate. Podemos discutir
cómo reducir las emisiones, cómo financiar la transición y cómo proteger a los
sectores vulnerables. Lo que no resulta razonable es fingir que esas decisiones
pueden tomarse como si el conocimiento científico acumulado no existiera.
La pregunta, entonces, no es
solo quién cree o deja de creer en el cambio climático. Es también quién se
beneficia de retrasar las respuestas, quién soporta sus consecuencias y qué
responsabilidades corresponden a quienes ejercen el poder. Para responderla con
seriedad, hacen falta pruebas, transparencia y discusión pública; no la
sustitución de la ciencia por una consigna, como lo hace el gobierno de J.A.
Kast.
25
de octubre de 2026