miércoles, 21 de octubre de 2026

LA LOCOMOTORA QUE CRUZÓ EL OCÉANO…DOS VECES. O como se puede traficar una locomotora

 

1990, Desierto de Atacama

En el antiguo norte salitrero, donde el horizonte es una línea inmóvil y el agua vale más que el hierro, las locomotoras a vapor eran máquinas voraces. A fines de la década de 1920 consumían petróleo y enormes cantidades de agua, ambos bienes escasos y costosos en el desierto de Atacama. La solución parecía evidente: modernizar.

Así nació la Junín, la primera locomotora diésel encargada por Chile.

Fue construida por la empresa británica Hudswell Clarke & Company, en sus talleres de Leeds, Inglaterra, por encargo de la Compañía de Salitres y Ferrocarril de Junín, que desde 1896 operaba una línea de 54 kilómetros entre la Oficina Asturias y el puerto del Alto de Junín, en la actual Región de Tarapacá.  

El pedido se realizó en 1929 y la locomotora llegó a Chile en mayo de 1930.

La máquina costó 5.625 libras esterlinas —sin contar transporte— y representaba una apuesta decidida por el futuro. El sistema ferroviario había sido suficientemente exitoso como para justificar la inversión en una tecnología más eficiente

Pero la historia tenía otros planes.

Una máquina adelantada —y tardía

Su tecnología era excepcional para la época. Se la describe como una de las primeras locomotoras diésel comerciales, y posiblemente la primera de su clase concebida para ese tipo de explotación ferroviaria. Poseía un motor diésel McLaren de aproximadamente 300 caballos de fuerza, pesaba cerca de 33 toneladas y su diseño estaba adaptado a las pendientes pronunciadas y a las condiciones difíciles del ferrocarril salitrero. Con su potente motor, capaz de operar a mil revoluciones por minuto y con transmisión mecánica, era una rareza tecnológica no sólo en el país.

Diseñada para cruzar el desierto más árido del planeta con mayor eficiencia, simbolizaba la transición entre dos eras: desde la del vapor a la del petróleo.

Pero si en verdad la Junín era una máquina avanzada para la época, y pensada para el futuro, llegó tarde. En verdad lo hizo en plena Gran Depresión, que hundió  la demanda y los precios internacionales. Las exportaciones chilenas de salitre cayeron abruptamente y numerosas oficinas paralizaron sus faenas. El impacto se extendió a las finanzas públicas, el empleo y el conjunto de la economía nacional.

El auge del salitre natural ya estaba en su declive irreversible.

El esplendor que prometía nunca se consolidó plenamente. Con el cierre progresivo de oficinas y la contracción del comercio, el sistema ferroviario fue perdiendo sentido.

El ferrocarril dejó pronto de operar. La Junín quedó fuera de servicio y terminó abandonada en el desierto.

Monumento y despojo

Durante la dictadura, el sistema ferroviario que había de Santiago al norte fue suspendido y poco a poco todos sus elementos, locomotoras, carros, rieles, fueron asumidos como chatarra y vendidos a vil precio a amigos de la dictadura. También lo hicieron con las líneas y bienes que iban hacia el interior.

Fue a fines de los setenta o principio de los ochenta cuando aficionados e investigadores ferroviarios volvieron a localizarla y se interesaron por su conservación.

A mediados de los años 80 antiguos trabajadores ferroviarios, conocedores del valor patrimonial de la Junín, tomaron conocimiento que pronto empezaría su desmantelamiento, para separar hierro, bronce  y cualquier cosa que pudiera venderse por separado, y se comunicaron con la Asociación Chilena de Conservación del Patrimonio Ferroviario que había manifestado su intención de mantenerla.

Enterado su propietario, Isidoro Andía, que su valor podía ser mayor que el de sus diferentes componentes, pidió una elevada cifra como precio. Pocos meses después, cuando la Asociación había logrado conseguir ese dinero y quisieron concretar la venta, Andía pidió un nuevo precio, esta vez superior. Lo mismo ocurrió en una segunda oportunidad.

Mientras tanto y como una manera de protegerla, algunos miembros de la Asociación gestionaron ante amistades de la dictadura la posibilidad de que fuera declarada monumento nacional y así evitar su desmantelamiento, su alteración de cualquier naturaleza, y por cierto su cambio de lugar.

En 1989, la locomotora fue declarada monumento nacional en Chile, a solicitud de la Asociación Chilena de Conservación del Patrimonio Ferroviario, reconocimiento que la inscribía formalmente en el patrimonio industrial chileno.

El norte grande, con sus oficinas abandonadas y estructuras metálicas oxidadas, empezaba a ser comprendido no solo como paisaje de ruinas, sino como archivo material de la historia económica del país.

Nada de eso importó a Isidoro Andía. En 1990, vendió y embarcó desde el puerto de Antofagasta la locomotora "Junín.  Telenorte, red universitaria, grabó el traslado al barco y lo transmitió como noticia en la noche. ¡Ni una sola autoridad se opuso a ese despojo nacional!

Hoy la locomotora se encuentra en el Leeds Industrial Museum, en el Reino Unido. Allí es presentada como una pieza singular de ingeniería temprana, destacada por ser una de las primeras locomotoras diésel exportadas a Sudamérica.

Para Chile, en cambio, su partida fue una forma de amputación.

Patrimonio industrial en tránsito

El caso de la Junín no es aislado en la historia del patrimonio técnico latinoamericano. Durante décadas, máquinas, herramientas y artefactos industriales fueron considerados chatarra más que herencia cultural. La sensibilidad hacia el patrimonio industrial es relativamente reciente; en los años setenta y ochenta, el concepto apenas comenzaba a consolidarse en Europa y era casi inexistente en Chile.

En Leeds, la Junín es admirada como pionera tecnológica. En Chile, su ausencia es parte del paisaje invisible del norte salitrero.

El desierto y la memoria

La Junín reúne tres dimensiones históricas que rara vez coinciden en un solo objeto:

  1. Patrimonio industrial: representa una etapa temprana de la tecnología diésel ferroviaria.
  2. Historia económica y social: está vinculada al ciclo del salitre y al abandono de las oficinas que sostuvieron la economía del norte chileno. Las locomotoras no solo transportaban carga; articulaban un sistema económico global. La Junín representó la esperanza de prolongar ese ciclo mediante innovación técnica.
  3. Historia jurídica del patrimonio: su salida de Chile después de haber sido declarada monumento nacional plantea interrogantes sobre la eficacia de la protección legal y la capacidad del Estado para conservar bienes industriales excepcionales.

Su historia condensa tres momentos: el optimismo industrial de fines de los años veinte, la abrupta caída provocada por la crisis mundial y, finalmente, el exilio patrimonial en tiempos de dictadura.

La paradoja es elocuente: la primera locomotora diésel encargada por Chile, diseñada para vencer la aridez del desierto, terminó cruzando el Atlántico para convertirse en pieza museográfica extranjera.

¡Tráfico ilícito!

Que una locomotora declarada Monumento Nacional pudiera salir del país revela la fragilidad institucional de la época.

No fue un robo, fue técnicamente la más clara expresión de que el tráfico ilícito de bienes culturales podía realizarse aún sobre bienes de gran tamaño, a vista y paciencia de las autoridades; pero también, que grandes museos del mundo no tienen escrúpulos para violar la legislación de otros países. Y su no devolución por Gran Bretaña, en circunstancias que la ilegalidad de la salida es absolutamente clara, que un país famoso por saquear la cultura en todo el planeta, en muchos casos, puede seguir haciéndolo sin preocupaciones.

En el norte salitrero permanecen los rieles corroídos, las estaciones vacías y la memoria de una modernidad inconclusa. En Inglaterra, en cambio, una locomotora que nunca debió de haber salido de Chile, se exhibe sin escrúpulos.

Entre ambos paisajes media una pregunta incómoda sobre la gestión del patrimonio y sobre la responsabilidad histórica de los estados, ya sea para evitar su pérdida o ya para amparar el saqueo.

Epílogo

La Junín fue concebida para atravesar el desierto más árido del mundo. Lo logró. Lo que nadie previó es que también atravesaría el océano y quedaría, hasta hoy, lejos de la pampa que justificó su existencia.

Como tantas otras piezas del pasado industrial chileno, su historia no es solo técnica: es también política. Y su ausencia sigue siendo un recordatorio de que el patrimonio no siempre se pierde por el paso del tiempo; más a menudo de lo que se quisiera, se pierde también por decisión humana.

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