lunes, 12 de octubre de 2026

CRÓNICA DE UN ROBO EN PRIMAVERA. El robo de "El huaso y la lavandera"

 

CRÓNICA DE UN ROBO EN PRIMAVERA

 

Museo Nacional de Bellas Artes, 10 de octubre de 1981

 

Son cerca de las 13 horas en el Museo Nacional de Bellas Artes, el principal recinto del país dedicado a las artes visuales. En el segundo piso, allí donde de manera permanente se exponen obras de artistas “consagrados”, dos alumnas de un liceo recientemente municipalizado —un establecimiento con número, como tantos— observan con atención una pintura de tamaño reducido, (Alto 42.5 cm - Ancho 35 cm) con una escena costumbrista, y que a esas alturas, sábado 10 de octubre de 1981, ya es un verdadero ícono de la pintura nacional. Quieren una buena nota. Ya hicieron el mayor sacrificio escolar: ir al museo. La ficha en la sala es brevísima, la tarea exige más. Se alejan unas decenas de metros hasta encontrar a un guardia. Le piden más información sobre el autor y aunque no es esa su función, amablemente se ofrece para conseguirles lo que necesitan. El funcionario baja a buscar un folleto que sabe que existe y las puede ayudar.

Las escolares continúan recorriendo el museo mientras esperan. A las 13:04, con los mayores antecedentes aportados por el guardia, regresan nuevamente a la sala. Pero esta vez el muro está vacío, “El huaso y la lavandera”, de Mauricio Rugendas, ha desaparecido.

Mauricio Rugendas, había nacido en Bavaria, en 1802 y especialmente bajo la inspiración de Humbolt, cuyos textos sobre América habían circulado extensamente en el mundo cultural de Europa, y mostrado un continente en el que una naturaleza grandiosa, dinámica y viva se integra plenamente con las culturas originarias, decide venir a conocer el todavía “Nuevo Mundo”.

Viajero incansable, recorrió América durante dos décadas. Estuvo en Brasil, México, Perú, Bolivia, Argentina y Uruguay; en Chile permaneció entre 1834 y 1842 y luego entre 1845–1847

Mientras la aristocracia local miraba a Europa, y los escasos pintores que había en el país les hacían sus retratos, Rugendas miró a la calle y al campo: escenas costumbristas, personajes anónimos, oficios, fiestas populares, paisajes urbanos, temas históricos y patrióticos, entre otros. También colaboró con Claudio Gay en la ilustración de dibujos naturalistas, de tipos y costumbres, así como de paisajes del país, para el Atlas de la Historia Física y Política de Chile que este escribiera.

Dentro de sus paisajes campestres, El huaso y la lavandera —una escena íntima del mundo rural— se volvió emblema de esa sensibilidad, y una de las imágenes más reconocibles del arte del siglo XIX en Chile. Se trata de una obra de pequeño formato -fácil de retirar y ocultar-, rectangular y de orientación vertical, En ella, una mujer arrodillada está lavando ropa, a la orilla de un río rodeado de vegetación. Viste blusa blanca y falda roja. Sostiene una tela cuya parte inferior se sumerge en el agua. A su lado, un huaso montado sobre su caballo la observa, mientras éste bebe agua del río. Lleva chupalla de paja trenzada y un poncho rojo que contrasta con el verde del paisaje. Al fondo, un puente y árboles completan la escena.

La popularidad del cuadro es tal en esta época, que su utilización publicitaria alcanza dimensiones grotescas. Así, es la pintura que ilustra la portada del folleto “200 años de pintura chilena. Exposición itinerante”, de 1977, organizada por el Departamento de Extensión Cultural del Ministerio de Educación… y no está entre las 40 obras que constituyen dicha exposición.

La popularidad del cuadro, el lugar del robo, y las características de éste, -a plena luz del día, en momentos en que el museo está abierto al público- contribuyen de manera decisiva a que la conmoción por el robo sea enorme.

La noticia tuvo de inmediato categoría nacional.

Chile vivía bajo la sangrienta dictadura cívico militar encabezada por Augusto Pinochet Ugarte. De acuerdo al discurso oficial, ese año parecía uno de consolidación y éxito: en marzo se había promulgado la nueva Constitución aprobada en el fraudulento plebiscito de 1980; el 1 de mayo había entrado en vigencia el sistema de AFP; el 15 del mismo mes se municipalizó la enseñanza; en agosto se instauró el 11 de septiembre como “Día de la Liberación Nacional”.

El robo se producía en un país que vivía con toque de queda, centros de tortura clandestinos, y cientos de detenciones arbitrarias que llevan, siempre a la tortura, pero además pueden hacerlo a la muerte o a la desaparición forzada de personas, con una prensa y un poder judicial serviles hasta la grosería frente al dictador y sobre todo, un clima de terror que el propio tirano se encargaba de profundizar. Tres meses antes, en entrevista con la Revista Qué Pasa, el dictador había afirmado: “en este país no se mueve una hoja sin que yo lo sepa”.

Y ahora no se había movido una hoja, se había movido mucho más que eso, un cuadro, y no cualquiera, probablemente el más reconocible de la pinacoteca nacional por el público no erudito.

El Museo Nacional de Bellas Artes (MNBA) uno de los principales centros de difusión de las artes visuales en nuestro país ha estado siempre vinculado a la tradición republicana. Fue fundado precisamente un 18 de septiembre, del año de 1880, bajo el nombre de Museo Nacional de Pinturas, y es el primer museo de arte que se crea en América Latina.​ Desde 1910, ocupa un edificio ubicado en el Parque Forestal, el llamado Palacio de Bellas Artes, obra del arquitecto franco-chileno Emile Jéquier, construido en conmemoración del centenario de la nación. Fue declarado Monumento Histórico en 1976. Su diseño está inspirado en el famoso Petit Palais de París. ​

El museo posee un patrimonio artístico compuesto por más de 3.000 piezas, tiene la principal selección de escultura chilena y la segunda de pintura nacional más completa del país, adquiridas por medio de compras, donaciones y premios de salones oficiales. La pintura El Huaso y la lavandera fue comprada en 1939.

De este modo, el museo de arte más importante del país—símbolo de continuidad republicana y cuya protección era (y es) obligación del estado— aparecía vulnerado a plena luz del día, a pocas cuadras del entonces edificio Diego Portales (hoy Centro Cultural Gabriela Mistral), epicentro del poder militar.

Las policías anunciaron que pondrían todos sus medios disponibles para identificar a los autores y recuperar la pintura, los tribunales iniciaron una causa y las autoridades administrativas del museo el correspondiente sumario.

El robo se tradujo en la mayor campaña de difusión sobre una obra de arte robada que había habido hasta ese entonces. La noticia y la imagen del cuadro apareció en toda la prensa de circulación nacional, y en todos los canales de televisión. La propia directora subrogante del Museo hizo llegar una carta a los directores solicitándoles “su colaboración en el sentido que a través de su medio de comunicación se publique la imagen completa del cuadro sustraído días atrás, a fin de que sepa reconocerlo la mayor cantidad de público posible”([1]).

La Nación, el diario de gobierno, tituló: “El robo del siglo: El huaso y la lavandera”, “Robo del cuadro de Rugendas afecta al patrimonio nacional”, “Control de aeropuerto por la policía para recuperar la obra”.

El Mercurio anunció: “Cuadro de Rugendas: Interviene INTERPOL”.

La Tercera informó: “Rugendas robado, vasta campaña para recuperarlo”.

Sin ninguna información concreta sobre cómo se efectuó el robo, quienes lo cometieron o cuales fueron los motivos, las hipótesis proliferan. La imaginación periodística compensa la ausencia de datos. En un país donde la información política se controla, un robo artístico permite desplegar fantasías sin riesgo.

·         “Extranjero en robo del Rugendas”.

·         “Conocedor del arte —y del Museo— es el ladrón del más famoso cuadro de Rugendas”;

·         “Autor del robo sería un sicópata”;

·         “¡Una mujer sería quien robó valioso cuadro del Museo! Se habría vestido de hombre para engañar a guardias”.

Esos fueron algunos de los titulares con que nuestra prensa, acostumbrada a esas alturas a inventar algo cuando no había información, fue haciendo más y más llamativo el caso.

Pero todo duró poco. Al cuarto día de perdido el cuadro, una llamada telefónica anónima señaló que la obra seguía en el edificio del museo, pero esta vez en una bodega.

La pintura fue recuperada en perfectas condiciones.

No hay detenciones. No hay responsables. No hay explicaciones.

La conmoción se tradujo en la mayor campaña de difusión sobre una obra de arte robada que había habido hasta ese entonces. La noticia y la imagen del cuadro apareció en toda la prensa de circulación nacional, y en todos los canales de televisión. La propia directora subrogante del Museo hizo llegar una carta a los directores solicitándoles “su colaboración en el sentido que a través de su medio de comunicación se publique la imagen completa del cuadro sustraído días atrás, a fin de que sepa reconocerlo la mayor cantidad de público posible”([2]).

El expediente quedó sin rostro y la prensa, sin material para seguir fabulando, pasa a otra noticia.

Hasta el día de hoy sólo hay interrogantes ¿Quién? ¿Cómo? ¿Por qué?

El robo de 1981 es, probablemente, uno de los episodios de mayor impacto público en la historia del museo (junto con el posterior robo de la escultura El dorso de Adela, de Rodin). Pero lo que distingue este caso no es solo el valor patrimonial de la pieza, es especialmente el clima de época: control absoluto proclamado desde el poder, reformas estructurales en marcha, optimismo oficial, y bajo todo ello, una vulnerabilidad silenciosa.

Desde entonces, El huaso y la lavandera ya no es únicamente una escena costumbrista del siglo XIX pintada por un bávaro fascinado con América, es también una escena del Chile de 1981.

Una obra que fue arrancada del muro en minutos y devuelta días después.

En la actualidad, se sigue exhibiendo en el mismo museo, con un poco más de seguridad adicional.

Un cuadro que, por un instante, dejó al descubierto que incluso en los regímenes que dicen saberlo todo, algo importante puede desaparecer, sin que nadie sepa quien lo hizo, por qué, o a donde fue.

 

 



[1] LA TERCERA, “En Santiago y Quinta Región rastrean el cuadro robado”, 22 de octubre de 1981.

[2] LA TERCERA, “En Santiago y Quinta Región rastrean el cuadro robado”, 22 de octubre de 1981.